Son los amargados
Hay gente peleada consigo misma. Seres que riñen con el espejo, con el mundo y con el futuro. Ladran sobre los demás, escupen a propósito de los acontecimientos, estrechan el espacio entre sus dos ojos. Son los amargados.
Para ellos escribió Fenelon esta verdad: "el más desgraciado de todos los hombres es el que cree serlo".
En efecto, quien rebosa hiel es porque de sus fuentes no mana miel. El azufre le viene de adentro, así su entorno sea de primavera y encanto.
La sustancia segregada desde el hígado de los amargados tiende a derramarse sobre los circunstantes, de modo que estos sufren su embate como si se tratara de un contagio. La amargura es pegajosa. Vivir en medio de personas opacas engendra el emborronamiento del horizonte cotidiano.
Las gafas del triste suelen ser negras, no solo para hurtar los ojos a la mirada ajena sino sobre todo para nublar la realidad. Por más pájaros y mariposas que floten, el acongojado solo percibirá murciélagos que vampirizan sus escasos gramos de luz.
Es preciso entonces armar una barrera frente a los perpetuos descontentos, pues de lo contrario se corre el riesgo de asimilarse a su tranco mortecino. Una barrera de conmiseración, en primer lugar. Son osos mal lamidos, estas personas sombrías y abrumadas. En sus leches de origen debieron sorber la aflicción.
En segundo término, la muralla ha de ser de autoprotección. Entre menos tiempo se exponga alguien a aquella untuosa influencia gris, más probabilidad tendrá de salir indemne del trance. Acorazarse contra las huestes de la pestilencia es imperioso en estos tiempos de desastre, incrustado en las fibras íntimas del prójimo.
Es que no se trata de negar el desastre. No. Es más bien la perspicacia de impedir que el resquebrajamiento penetre más allá de la despreciable epidermis personal. Es la hazaña de ser más fuertes que el ogro y menos vulnerables que sus acólitos.
Entre pares conviene colaborarse. Una persona limpia de cenizas internas ha de tomar la mano de otro inocente para caminar en medio de los escombros del día. Entre ellos es sencillo identificarse por la punzada en el ojo, por la inteligencia en la sonrisa. De este modo, el escuadrón de los poetas vivos alumbrará otra vía. Y detrás de esta luminaria marcharán los pobres.