Suelos envenenados por la minería cobran vida en Cuturú
Con una suma de $4755 millones, la Reforestadora Industrial de Antioquia y el gobierno de Estados Unidos buscan sanar las heridas ambientales que deja la minería en el Bajo Cauca.
La Madre Tierra es tan agradecida, que incluso luego de exprimirle todo, de sacarle hasta su sangre fértil e inundarla de químicos perjudiciales, ella vuelve a renacer. Y a dar frutos. A florecer.
Así pasa en el Bajo Cauca antioqueño, en donde grandes extensiones que han sufrido el impacto de la minería a cielo abierto, en tierras arrasadas, contaminadas con mercurio y convertidas en arenales, ahora crecen árboles. Y fluye la vida. El mejor ejemplo está en el corregimiento Cuturú, a una hora y media del casco urbano de Caucasia, donde en un predio por años exprimido y exigido por la minería, se levantan acacias, la llamada Teca Australiana, una especie arbórea que produce madera de alta calificación, ideal para la construcción de viviendas.
Allí se ve el contraste, pues no toda la finca minera, de nombre Buena Suerte, está sembrada. Mientras en una parte las acacias crecen verdes y ondeando al viento, al lado y al fondo se ve la sequía, el desierto. También la maquinaria minera, con la que se escarba y se escarba hasta extraer el último granito de oro. Es lo que se ha hecho por años y años en esta región y también en su vecina, el Nordeste.
-En el Bajo Cauca son 45.000 las hectáreas degradadas por la minería, es un desastre ambiental de incalculable magnitud-, comenta Sergio Trujillo Turizo, gerente de RIA, la Reforestadora Industrial de la Gobernación de Antioquia, y que asociada con Bioredd Usaid, emprendió la tarea de devolverles la vida a estos territorios. En Buena Suerte se sembraron 100 hectáreas de acacias. No fue fácil lograr que crecieran los árboles, pero en solo cuatro meses ya tienen el tamaño de una persona.
-Nos cayó una plaga al principio, pero ya quedó solucionado y se ve cómo florecen las especies-, subraya Trujillo Turizo.
Juan Diego Roldán, coordinador del núcleo RIA en el Bajo Cauca, recalca que no fue fácil convencer a los primeros mineros para aceptar la propuesta de recuperar las tierras. Reinaba el escepticismo.
-Antes de sembrar fue necesario hacer doce reuniones. La cultura del minero es inmediatista y no le interesan los proyectos a largo plazo. Y las utilidades de este negocio sólo se empezarán a ver en unos diez años-, precisa el funcionario, quien a pesar de llevar varios años en la zona, aún se asombra del daño causado por la minería a las tierras bajocaucanas.
Darío Garcés Díaz, dueño del predio en Cuturú, admite que la minería sí le hace grandes daños a la tierra y que en muchos mineros hay poca conciencia de reparar los males. Él, sin embargo, se dejó tentar por RIA y le apostó a reforestar.
-Es que la idea no es sacarle y sacarle a la tierra y no devolverle nada. Como dice el dicho, tanto le dan y le dan a uno hasta que le entran las cosas, y acá estamos esperando los mejores resultados.
Por la salud ambiental
Según lo estipulado en el convenio entre RIA y los mineros, la siembra de árboles se constituye en una empresa encaminada a la explotación de maderas. El 90 por ciento de lo sembrado son acacias y el 10 por ciento especies nativas. Del 100 por ciento de los frutos, el 20 por ciento le corresponde al minero o dueño del predio y el 80 por ciento a RIA. El convenio es a treinta años y en diez años ya se estará explotando la madera. Es un negocio rentable, aunque aún no hay cifras de las utilidades.
-Esto también tiene un componente social, en la siembra de las especies participó el grupo de mujeres cabezas de hogar de Cuturú. En la zona, el promedio por jornal es de 25.000 pesos, pero en este proyecto fue de 50.000, se beneficiaron unas 29 madres.
La Junta de Acción Comunal del corregimiento también le entregó a RIA un lote de 10 hectáreas en el cual se desarrollará un proyecto de vivienda.
En Caucasia se está montando un centro de transformación maderera que traerá grandes beneficios para la región, especialmente en el área de la construcción de vivienda.
-Incluso ya en RIA tenemos mil hectáreas de maderas listas para explotar-, anota Juan Diego Roldán.
El alcalde de Caucasia, José Nadín Arabia, está satisfecho con la manera como avanza el proyecto. Y se fija metas:
-Creo que vamos por muy buen camino. La proyección es llegar a las 200 hectáreas. Esto me parece algo mágico, porque donde usted veía un desierto ahora ve crecer las acacias. Va a ser la salvación de estas tierras, que prácticamente no servían para nada.
El mandatario destaca que con lo visto en Cuturú, al minero le está entrando otra cultura, la del respeto por el medio ambiente.
-Al Gobierno le ha faltado apoyo en la capacitación del minero, de cómo debe hacer la explotación, pero las cosas están cambiando y ya muchos están metidos en el cuento del medio ambiente.
En Nechí, con Bioredd
Pero Cuturú fue solo el experimento. En este primer convenio no estuvo Bioredd. Sólo cuando visitó las tierras del corregimiento, que tiene más de 127 años de existencia, y vio las acacias creciendo, dijo sí a la propuesta de RIA de acompañar el proceso.
-Cuturú nos motivó y ahora iniciamos un proceso de siembra en 600 hectáreas en Nechí, allí son más mineros beneficiarios, pues no es un lote de un solo minero sino de pequeños grupos asociativos-, aclaró Víctor Cangrejo, especialista en comunicaciones y apoyo social del programa.
Bioredd, que es el agente del gobierno americano a través de Usaid, le apostó al proyecto con una suma un poco superior a los 1.000 millones de pesos. El total del proyecto tiene un costo de $4.755 millones, según cifras suministradas por el gerente de RIA.
De estos, la Secretaría de Minas aporta $2.000 millones, los mineros 1.500 millones (los lotes) y el resto es inversión de RIA.
-Este es un proyecto que cumple una doble función: una económica con la explotación de la Teca y la más importante, la reforestación, la recuperación de las áreas degradadas, a las que se les restablece el entorno ambiental.
Óscar Hoyos Miranda, secretario de Gobierno de Nechí, elogia la buena disposición que han mostrado los mineros de su localidad.
-Somos un pueblo netamente minero y los daños a la tierra son incalculables. Este proyecto se inició en las veredas Trinidad, San Pedro y San Pablo y hay muchas expectativas. Esperamos elevar las hectáreas a 2.000 en zonas como La Concha y El Bijagual.
La reforestación de zonas mineras, un convenio en el que todos ganan, incluso hasta los que no han nacido:
-Tenemos que pensar en nuestros hijos y nietos. Algo tenemos que dejarles de la Madre Tierra-, dice Darío Garcés, en las tierras de Cuturú, un poblado donde el olor a químicos impacta de golpe, pero donde, las acacias ya se mecen al viento y la vida crece...