Histórico

TIEMPO DE CAUDILLOS

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09 de marzo de 2013

En la novela "El recurso del método", de Alejo Carpentier, un funcionario consular de Estados Unidos le pregunta al personaje principal –un dictador latinoamericano– si su nombre figura en el Pequeño Larousse Ilustrado.

Entonces toman un ejemplar del diccionario que reposa sobre la mesa, y lo inspeccionan. Cuando el dictador descubre que no aparece en sus páginas, rompe a llorar.

En la novela "El otoño del patriarca", de Gabriel García Márquez, el personaje principal –otro dictador latinoamericano– ejecuta tareas tan absurdas como visitar los ranchos más míseros para explicarle a la gente cómo es que deben echarse las gallinas en sus nidos.

Ningún latinoamericano se escandaliza ante estas hipérboles de la ficción relacionadas con nuestros gobernantes, porque todos sabemos que, tarde o temprano, se convertirán en realidad.

A esta región jamás le han faltado caudillos. En una época se tomaban el poder casi exclusivamente a las malas. Después aprendieron a ganar elecciones y a mantener una cierta popularidad que les sirva como renta política.

La estrategia preferida de los presidentes populistas de estos tiempos consiste en organizar reuniones de gobierno televisadas, durante las cuales interactúan con algunos miembros de sus comunidades. En esas reuniones regañan histriónicamente a sus ministros, anuncian procesos judiciales -como si fueran jueces-, preguntan por qué en la casa de la ancianita que se encuentra allá atrás no hay agua, prometen dos bolsas de cemento y un tarro de pintura.

Es la modalidad que el periodista español Miguel Ángel Bastenier define brillantemente como "reality agropecuario". Los académicos le llaman "micro-gerencia": obsesión desmedida por el detalle minúsculo.

Al atender lo pequeño los caudillos se dan ínfulas de grandes, sin sacrificar lo único que en estos tiempos les importa: su índice de aceptación.

Antes los presidentes se esforzaban por ser simpáticos durante las campañas electorales. Después, cuando llegaban al gobierno, asumían la impopularidad inherente al cargo como un precio que debían pagar.

Ahora no: ahora quieren seguir siendo simpáticos y populares mientras gobiernan, y tienen el ojo puesto en las encuestas y no en los problemas de fondo.

Así como el caudillo inverosímil de la ficción nos resulta cada vez más verosímil, el caudillo verosímil de la realidad nos parece cada vez más inverosímil, más extravagante.

Los latinoamericanos ya hemos visto a un presidente que se divorció sin tener problemas con su esposa, solo para que ella aspirara también a la Presidencia; a otro que despotricó contra los pollos de engorde porque supuestamente vuelven homosexuales a los hombres, y a otro que perdió una pierna y la mandó sepultar con honores.

A la gente le gustan estos caudillos por la misma razón que le fascinan las telenovelas, ese producto genuinamente latinoamericano: porque son tipos dramáticos, porque cuando llegan al poder siguen vendiendo ilusiones.

La masa que los elige no quiere gobernantes sino héroes que puedan hacer el tránsito de la política a la mitología popular.

Por eso no es extraño que cuando mueren, tanto en la ficción como en la realidad, terminen embalsamados y, finalmente, deificados.