Tractomulas del mundo, desuníos
Amo las tractomulas. Sobre todo de lejitos. Y una por una. En rebaño, son insoportables.
Emperadoras absolutas del camino, nacieron grandes, convertidas en rascacielos de las carreteras. Como las prepago glamorosas, miran despectivamente a sus colegas los vehiculitos de cuatro ruedas. Se mofan de esos cachivaches Tres y medio a los que nos les alcanzó la ropita para movilizar cuatro toneladas.
Se tutean con el satélite que las rastrea día y nochemente. En este sentido, las tractomulas viven chuzadas. A todas partes llevan la ternura y la torpeza de lo monumental.
Van por esas autopistas de mi Dios, juntas, cual testigos de Jehová. O como católicos cargando devotamente el palio. Se parecen a esos niños de kínder que se toman de la mano para no perderse, bajo la mirada de la estresada maestra que hace permanente conteo de cráneos de bajitos para evitar fugas.
Este aperitivo para implorar a los conductores de tractomulas que tengan piedad y no anden encaravanados en las carreteras. Retrasan tanto la marcha de los demás vehículos, que las madrecitas de árbitros y tractomuleros se han convertido en los personajes más mentados de la tierra firme colombiana.
Cuando proyectamos hacer patria viajando por ella, no pensamos tanto en el general invierno, en el popurrí de huecos, ni en las huestes de los alebrestados en armas, mantenidos a raya. Nos desvelan las tractomulas. Imaginamos anticipadamente cuántas enfrentaremos durante la andadura.
Ni siquiera el Mintransporte, san Andrés Uriel, que se tutea con la mitad más uno del santoral, ha sido capaz de obligarlas a ir separadas una de otra, una cuadrita o dos.
Esa tierra de nadie que se puede crear entre un camión y otro, permitirá que los demás impacientes conductores puedan avanzar a paso de tortuga. Pero avanzar. Como decimos Perogrullo y yo, las cosas simples son las que más lidia dan.
Las tractomulas, sus dueños y conductores, merecen todos los homenajes. El senador Manuel Ramiro Velásquez, quien no va más como congresista para cederle los trastos a su segundo, Gustavo Bustamante, debería condecorarlas a todas en el Congreso antes de tirar la toalla.
De acuerdo: el tractomulero está capando estatua. Renuncia a la caricia de mujer, hijos y perro, para movilizar la economía. Transporta en el buche de su cachivache el pachulí que hará más tentador el cuerpo femenino. O la champaña importada para celebrar encuentros. O algún chanchullo.
Nada menos erótico que pasar horas y horas mirándole el exosto a una tractomula, moderna encarnación de la tortuga. Y cuando se accidentan -o las accidentan- en plena carretera, parecen notificar: aquí estoy y aquí me quedo.
Restringirles el libre desarrollo de su personalidad-locomoción, sería pecaminoso. Pero que le pongan seriedad al asunto y no anden unas encima de las otras, en extrañas orgías de fierros y placas. Que dejen esas intimidades para las carreras en autódromos.