Un cambio grave y serio
Es fuerte lo que se ha hecho con Colombia en los últimos tiempos. Fuerte y grave, grave y serio, como pocas cosas en la historia de este país donde si algo era grave no era serio, y si era serio no era grave. Tan serio y tan grave es lo de ahora que hay quienes piensan que afectará por lo menos a dos generaciones y que por tanto se necesitarán un par de hornadas humanas para repararlo. Si es que se deja reparar, claro.
¿En qué consiste, pues, el daño? En la entronización de una cultura que no pertenece a todos, pero que se hace pasar como de todos. Es una cultura que se ha tomado los órganos mediante los que se modifican, fabrican, refuerzan y consolidan los modos generales de vivir la vida.
El principal de esos órganos es el lenguaje. Nos han puesto a conversar rugiendo, a insultarnos con palabras provenientes de espionajes telefónicos, a llamar a los sagrados muertos con el despectivo 'muñecos' y al delito con el verbo magnificador 'coronar'.
Nos han cargado de tigre el castellano, nos parten la cara con términos enfáticos tomados de la patología venérea, y todo nos lo esconden detrás de diminutivos y de invocaciones a santísimas potencias femeninas. Nos ocultan el sol con una mano y por esa mano nos ofrecen recompensas con nueve ceros a la derecha.
El órgano de la lengua es potenciado, obviamente, por los medios de comunicación, y en especial por aquellos que ofrecen como entretenimiento un arsenal de antivalores. Con anestesia y miel nos hacen ingerir la hiel del triunfo sin importar los medios para conseguir ese triunfo. Y eso va calando, va calando, hasta hacerse sangre de nuestra sangre y carne de la carne.
De esta artera manera se ha oficializado una sola de las múltiples formas de ser colombiano. Por supuesto, esta forma vencedora existía en semilla desde antes, agazapada vigilaba el momento de saltar y devorar a las demás. Pero alguien ordenó este salto, y este salto tuvo lugar en los más recientes años.
Ahora somos el país isla en América, el Tíbet regional anunciado hace decenios, el Caín presagiado. Lo somos oficialmente, lo somos en los medios. Pero no lo somos en la realidad anónima, no lo somos de verdad, verdad. Nos han vendido esa imagen, se la han vendido al mundo y a las encuestas. Pero el sol sigue saliendo y las flores se abren, debajo de la polución.