Histórico

UN FANTASMA FELIZ EN LA FERIA

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22 de mayo de 2013

Era un libro siempre abierto en todas sus páginas para su constelación de amigos. En su condición de "fantasma feliz", expresión que acuñó para referirse a los muertos, se gozó la última feria del libro bogotana de la mano de Pessoa y de otros "mentirosos que siempre dicen la verdad".

Era el primero en llegar a la feria. Se iba cuando se apagaba la luz de la última metáfora. Lo mismo pasaba en los festivales de teatro o de cine. En todos lo extrañan.

El eterno enamorado levantaba un libro y allí había un amigo. Levantaba un amigo y encontraba diez libros. Su casa estaba cortazarianamente tomada por la literatura.

Si uno es de donde lo quieren, al decir de Alejo Durán, el trotamundos Nacho Ramírez Pinzón, uno de los mejores amigos que me deparó Bogotá, fue un rolo de nariz quevedesca nacido en todas partes. El Cronopio era tan buen amigo que a quienes le fallábamos nos otorgaba el perdón y nos encimaba el olvido.

Fue inmortal mientras estuvo vivo, como diría cualquier Nobel. Fue de los privilegiados que vivió de una vez todas sus vidas.

Como escogió el escepticismo como religión, los dioses le regalaron el don de la palabra y de la escritura. Enemigo personal de la envidia, aprovechó esos dones para promover nuevos talentos. Pensaba con Tagore que el bosque sería muy triste si solo cantaran los pájaros que lo hacen bien.

Cuidaba su prosa como su tío Miguelito mimaba su jardín. En su lento ocaso, le preocupaba no encontrar el sustantivo o el adjetivo correctos. Eran su ética y su estética de hombre de palabra.

Si no hay trenes en el Walhalla donde esté, para Nacho no valió la pena morir. Pocos como él viajaron felices en ese cachivache mágico. "El tren éramos él (su padre) y yo", escribió a la muerte de su padre. Se le daban tan bien los obituarios que provocaba morir para aspirar a uno.

Sus prolongados achaques de los últimos años lo llevaron a decir: "No clasifico para muerto". Si hubiera creído en Dios le habría pedido la limosnita de una eutanasia, opción que defendía cuando no hay posibilidad de vida decente.

Su "cómplice solidaria" Teresa Montealegre editó su último libro: "Los fantasmas felices". Cómprelo, consígalo prestado, róbeselo.

Hace rato se fue a vivir en sus páginas después de vivir varias muertes hechizas. Como la del otoño del 2000, en Italia, cuando estuvo varios días en el famoso túnel. No le había llegado el turno de recitar con su memoria del borgiano Funes: "Polvo seré, mas polvo enamorado".

Donde haya una feria del libro volverá a merodear en compañía de otros dos fantasmas felices: La "amada vieja" Felisa, su madre, que le regaló la palabra; Ignacio, su taita, que le deparó la fantasía montando en tren.