UN LUGAR PARA NADINE
El lunes en la noche me enteré de la muerte de Nadine Gordimer, escritora sudafricana y premio Nobel de Literatura en 1991. ¿Tenía 90 años?, me pregunté, mientras contemplaba el rostro de esa mujer en aquel libro que saqué de mi biblioteca y repasé: "Escribir y ser", resultado de las conferencias Charles Eliot Norton que dio en 1994 en Harvard.
Gordimer, quien se comprometió firmemente contra el apartheid, aunque, como ella misma dijo, de haber vivido en otras circunstancias "la política no habría sido precisamente una de mis actividades favoritas", creció en un territorio que había sido dominado por el Imperio Británico hasta principios del siglo XX, esto hizo que no supiera muy bien cuál era su patria, si era ese hemisferio norte lejano llamado Inglaterra que estudiaban en el colegio, en la clase de geografía, o si era parte de ese país que, así hubiera sido liberado del imperialismo británico, distaba mucho de ser un país libre porque era un estado policial basado en la afirmación de que la piel blanca de los colonos era superior a la piel negra.
Desde una edad precoz tuvo la sensación de que su patria apenas podía ser encontrada en los libros. Luego, al hacerse escritora, comprendió mejor lo siguiente: "Solo a través de las exploraciones del escritor podría haber empezado a descubrir el dinamismo humano del lugar donde nací y el tiempo durante el cual iba a actuar. Solo a través de la imaginación podía unir lo que había sido roto y fragmentado de manera deliberada".
Y este cambio fue importante en su vida porque es a través del arte, de las palabras en este caso, que ella reconoce lo que ha estado debajo de la superficie, lo que no puede seguir siendo desconocido: un mundo injusto y racista que les prohibía la entrada a la biblioteca a los negros, donde las relaciones sexuales entre negros y blancos eran delito, los partidos políticos no podían tener miembros de razas distintas, las ambulancias dependían del color de la piel, las leyes proporcionaban más dinero para la educación del niño blanco que para el niño negro, se estipulaba un salario más alto para el trabajador blanco que el negro y permitía que los negros fueran transportados como ganado a lugares decretados por los blancos.
Nadine entendió que la mejor manera de ayudar era dejarle todo a la fuerza de sus palabras. Las entregó como si fueran la mayor esperanza para erradicar la estupidez de los hombres que condenaron a un pueblo. Sus novelas dan testimonio de eso, estas también le permitieron encontrar un lugar que al fin pudo nombrar como propio.