Un muchacho de provincia
Una de las excusas que frecuentemente he oído de ciertas personas para ciertas actitudes o fracasos es que "soy un muchacho de provincia y no soportan mi éxito". Son los casos de algunas figuras célebres y de otras que no los son tanto. En el primer caso tenemos al científico Manuel E. Patarroyo, quien nos mantuvo en vilo durante muchos años con el desarrollo de una vacuna contra la malaria y en el segundo caso tenemos a David Murcia y su abogado Abelardo de la Espriella. Estas personas con obvios y opuestos intereses, egos encumbrados, discursos estudiados y predecibles tienen en común el síndrome de "soy de provincia y me envidian".
Patarroyo es un hombre diligente, no cabe duda, pero cuando la comunidad científica internacional desestimó la efectividad de la vacuna sintética contra la malaria, con experimentos juiciosos y resultados empíricos contundentes y la comunidad científica nacional se preguntó por los miles de millones de recursos invertidos en su proyecto, argumentó que los científicos locales y los colegas transnacionales no soportaban que un hombre del tercer mundo (además de provincia) pudiera tener su genio y talento. De hecho, expreso con suficiencia y desparpajo "si yo fuera norteamericano o europeo ya me habrían dado el Premio Nobel".
El caso de Murcia, ex propietario de DMG, es bien distinto al de Patarroyo pero más cercano a la opinión pública. David Murcia, que se creía El todo poderoso, o al menos su enviado para sacar a la gente de la pobreza, expresó que el Gobierno y colegas enemigos no soportaban que un muchacho de provincia (pero muy de provincia, más exactamente de La Hormiga, Putumayo) pudiera tener el éxito que tuvo. Nadie sabe aún de dónde salió el capital semilla (100 millones de pesos) en una provincia perdida, y que no brilla precisamente por ser una región de negocios financieros, y convirtió DMG, presuntamente, en una emporio internacional de lavado.
El abogado de DMG, de la Espriella, es otro caso digno de mención, aunque de la Espriella no ha cometido ningún delito y renunció cuando supo que DMG tenía doble contabilidad (ingenuo de su parte creer otra cosa), en su momento respondió a los cuestionamientos de los que fue objeto, por ser un abogado preparado e inteligente, que nadie soportaba que un muchacho de la costa atlántica, otra provincia olvidada, tuviera éxito profesional sin pertenecer a un gran buffet de abogados de la capital.
A estos personajes se les olvida que es precisamente la gente de provincia (y anónima) quienes han enriquecido la academia, la cultura, la gastronomía y muchas veces, qué ironía, desde la capital. Lo que para ellos es el centralismo capitalino es, a mi modo de ver, solo ultrarregionalismo o una excusa en el mejor de los casos. El regionalismo no sólo es una manera burda de justificar comportamientos propios o críticas ajenas, es una manera de despertar odios innecesarios e histeria colectiva en un pueblo que sólo necesita un empujón para encender la llama.