Un mundo impredecible
Vivimos en uno de los países más extraordinarios y dinámicos del planeta, un país lleno de potencialidades y a la vez enormes desafíos. Un país de marcados contrastes. Un país que nos sorprende diariamente y donde es difícil aburrirse.
Todos los días nos levantamos con noticias que llenan de optimismo, otras que generan profunda pena y gran tristeza. No hay día que no pase algo nuevo.
Y si bien el nuevo gobierno, ad portas de cumplir un año al mando, ha sorprendido de manera positiva a propios y extraños con una agenda progresista y liberal, en la cual se destaca el reconocimiento a las víctimas y al conflicto interno; la restitución de tierras como mecanismo de mínima justicia con los cientos de miles de compatriotas que fueron desposeídos a la fuerza de sus bienes; la lucha frontal contra la corrupción, que en buen momento encuentra en cabeza de los entes de control a funcionarios honestos y comprometidos con su mandato; entre muchos otros temas fundamentales para la democracia del país, también es cierto que aún es mucho el camino que está por recorrerse.
En contraste con las noticias positivas todos los días se destapan nuevas ollas podridas las cuales han estado dedicadas al saqueo sistemático de las arcas del Estado para demostrarnos que la corrupción se ha enquistado en todos los niveles de la sociedad.
Otras noticias que entristecen son los asesinatos y amenaza de líderes campesinos e indígenas y los atroces ataques indiscriminados a las poblaciones en el Cauca por parte de la guerrilla, así como la creciente sensación de inseguridad en las calles de las ciudades y el resurgimiento de grupos armados amparados por las mafias del narcotráfico.
Todo esto sin dejar de lado que seguimos siendo uno de los países más inequitativos del planeta con un alto índice de pobreza a pesar de las buenas cifras económicas y el positivo desempeño de las empresas.
Son hechos que avergüenzan, generan pesimismo y no dejan de preocupar. Como tampoco deja de preocupar el conflicto aún no resuelto entre crecimiento económico y sus impactos en el medio ambiente, una discusión que solo ahora empieza a darse a pesar de los llamados y advertencias que de tiempo atrás hemos venido haciendo y que fueron constatados con dolor durante la tragedia invernal.
Pero al igual que Colombia, el mundo está también lleno de sorpresas y contradicciones. Cómo interpretar la horrible y dolorosa tragedia que acaba de suceder en Noruega o el espectáculo que nos da la enconada disputa entre el partido del presidente Obama y los republicanos que de no resolverse puede afectar la recuperación de la economía mundial. Esto se suma a la crisis económica de varios países en Europa y el alzamiento político de los países árabes y algo aún más preocupante: la hambruna que mata a miles de somalíes ante la mirada indiferente y la opulencia de multimillonarias empresas.
La incertidumbre está al orden del día y tal como están las cosas se hace difícil predecir el futuro.
Parecería que la ética por la vida y el cuidado del mundo natural se alejara cada día más. Son todos estos los temas que los columnistas debemos abordar para comunicarnos con nuestros lectores.
Y es por esto mismo que tengo que confesar que no me resulta fácil despedirme de mis lectores luego de tantos años de compartir con ustedes quincenalmente, en estas páginas editoriales, reflexiones y opiniones sobre tantos temas de la realidad nacional como mundial.
Además no podría dejar de agradecerles sus comentarios y críticas a mis escritos los cuales me han enriquecido de manera extraordinaria.
Hoy, al emprender un nuevo desafío como embajador designado de Colombia en Alemania no tengo sino palabras de gratitud para con todos ustedes y especialmente para las directivas de EL COLOMBIANO, y su directora en especial, por haberme abierto las páginas de este importante medio de comunicación.