Histórico

Un pueblo al que no le amaga la tragedia

HUÉRFANOS, VIUDAS Y mutilados han dejado las minas de carbón a lo largo de casi cien años de historia en Amagá. Aunque la mayoría de sus habitantes sobrevive de esta actividad económica, muchos la culpan de sus desgracias.

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18 de junio de 2010

Fabio Montaño se considera un héroe porque es uno de los pocos mineros que ha quedado viudo. A casi todos sus compañeros les sucedió lo contrario, dejaron casi un centenar de mujeres con hijos recién nacidos.

No perdió su vida, aunque le amputaron cuatro dedos del pie cuando un peñasco le cayó encima sobre su pierna zurda. Y aunque una explosión casi le devora su cuerpo y le dejó cicatrices hasta en la memoria, después de 50 años de trabajar adentro de la montaña, aún puede contar que se salvó del turno de la muerte que dejaría 86 historias atrapadas en un socavón 33 años atrás.

Según los registros históricos de Amagá, la primera mina se llamó La Trinidad y fue inaugurada en 1913 aunque el auge del carbón empezara en 1920 con la construcción del Ferrocarril de Antioquia.

Don Manuel Salvador, quien fue maquinista y estuvo a cargo del mantenimiento de las cuatro estaciones del pueblo, aún recuerda que en los primeros años el carbón era transportado en mulas por un camino de herraduras y luego, salía en los vagones del tren hacia las fábricas de Medellín.

A sus 91 años recuerda la cantidad de turistas que llegaban de paso y contemplaban el valle y no tantos socorristas a rescatar cuerpos ni periodistas a cubrir las tragedias aunque desde esa época a varios les daba por tirársele al tren. En 1939 nació la primera empresa minera que fundaron Cervecería Unión, Coltejer, Cementos El Cairo y Fabricato: Industrial Hullera S.A.

Luz Ángela le echa la culpa a esa compañía, odia a las montañas que circundan su municipio y le tiene rencor al carbón. Ayer, mientras observaba las noticias, creyó que revivía la pesadilla del peor día de su vida.

"Dios mío, otra vez la misma historia", exclamó al escuchar la cifra de víctimas y se veía reflejada en las decenas de viudas y huérfanos que dejaba esta desgracia.

Cuando le abrieron la bolsa donde estaba su marido, solo tuvo que mirarle el dedo gordo del pie para reconocerlo. Antes de volverse minero le ponía herraduras a los caballos y el único riesgo que corría era que alguno lo pateara.

Supo que ese cuerpo era de su esposo porque nunca perdió el morado en la uña que le dejó la pisada de una yegua. "Para qué te vas a meter a una mina, no te enterrés en vida", le dijo cuando decidió cambiar de trabajo. "Era menos peligroso estar cerca de un caballo que adentro de la montaña".

Darío es el presidente del Sindicato de Mineros. Calcula que alrededor de 5.250 hombres del casco urbano, tres corregimientos y 18 veredas se dedican a la minería.

Recuerda que la primera huelga fue en 1969 cuando reclamaron seguridad y condiciones dignas que pocos patrones se han preocupado por garantizarles en casi un siglo de historia. Si los epitafios de las tumbas de su tierra tuvieran escritas las causas o los culpables de la muerte, en casi todo el cementerio se leerían las tres palabras que a todos les dio vida por un rato y la muerte por una eternidad: minas de carbón.

Jaime es un minero retirado que como pocos tuvo la suerte de llegar a viejo. Cuando era niño, recuerda que la maestra preguntó en clase: "¿Qué quieren ser cuando sean grandes?". Todos querían ser mineros como sus padres pero Jaime sorprendió con su respuesta: "cleptómano". En realidad, no sabía qué significaba pero desde que la escuchó le pareció una palabra bonita y por eso la dijo.

Después de tantos años comprendió que sí se convirtió en cleptómano cuando decidió ser minero. Porque sin quererlo y sin darse cuenta, con ese oficio le fue robando vida a sus años.