Un teatro donde no hay diferencia
En El grupo actúan jóvenes en situación de discapacidad. Un teatro que Beatriz soñó para ellos.
Estaba tirado en el piso, muerto porque el libreto decía que se moría. Las luces estaban apagadas, pero él seguían en el piso. Beatriz le dijo suavecito, que se parara, que ya terminó, y él, en el piso, le contestó: "No. Estoy muerto".
Sus muchachos se entregan a sus personajes y han entendido que en el escenario dejan de ser Natalia y empiezan a ser Alicia. "Cuando eso pasa, es una ganancia", dice Beatriz Duque, la profesora. El teatro les ha dado una posibilidad que no sabían muchos, incluso ellos: "somos capaces de hacer muchas cosas", dice Paulina Zapata, la actriz. Por ejemplo, hacer teatro.
La historia tiene su tiempo, desde 2003. Incluso desde antes, cuando Beatriz estudiaba Educación especial y entendió que el arte es la mejor manera de desarrollar habilidades en personas en situación de discapacidad. Se acercó desde la danza y el teatro, estudió, y luego llegó al Centro de servicios pedagógicos de la U. de A. y empezó a trabajar con un grupo de adolescentes. Montaron su primera obra de teatro, Sueños de colores. "Fue espectacular ver como personas capaces, que pueden desarrollar habilidades. No se pensaba que era posible. Nos falta confiar".
Ya estaba la primera idea, exitosa, pero cerraron el centro y ella, con esa emoción del público de pie en el teatro Camilo Torres, no se imaginaba dejarlos tirados. Agarró el teléfono y de 18, 9 le dijeron sí: el grupo lo llamó Teatro El Grupo y ya tienen cuatro obras en repertorio, están montando la quinta y han ido hasta Chile a presentarse.
"Han encontrado una posibilidad de ser y tienen un agradecimiento con el teatro. Reconocen que les ha abierto puertas para entender la vida y relacionarse con el mundo".
Lo más emocionante, cuenta ella, y lo repite Mónica López, la mamá de Juan José López, quien tiene retardo metal, es verlos llegar como niños, aunque tengan 20 o 25 años, y verlos crecer a adultos responsables. "Les desarrolla la autonomía y la confianza -dice Mónica- y esa experiencia les permite expresar sus pensamientos. Esto le ha servido para madurar aspectos".
Lo que hacen es creer. Ahora son 16, la mayoría con síndrome de Down. Otros con algún retraso cognitivo. Todos tienen, señala la profesora, habilidades cognitivas y físicas,
Mónica entró a Juan José al grupo, aunque fuera para que lo pusieran de árbol. Él no sabe leer, pero se las ingeniaron para grabarle los textos. "Él escucha y se lo memoriza. Actúan divino. Yo veo el proceso y ver lo que es hoy, eso es una cosa hasta rara".
Son capaces de estar en el montaje de la obra, tener en temporada una anterior y acordarse de la primera que hicieron, sabiendo que se aprenden su personaje y el de otro, por si las moscas. Se saben el contexto, porque estudian los autores y los textos. Aprenden a moverse porque las clases incluyen expresión corporal y danza. Actúan, porque como dice Claudia Chávez, otra actriz, "no es difícil, es muy fácil" y, termina Paulina, "es muy fácil de hacer, si uno lee el texto, le pone amor, pasión. El disfrute es el teatro".
Con ellos todo es posible. Beatriz tiene un papel en la obra, según la obra, pero además es la que se acerca cuando al conejo de Alicia se le queda el reloj y le pregunta al público dónde está. Ella lo lleva. "Lo que no puede pasar en otro grupo -dice Beatriz- aquí es de aplauso".
Alicia está en el escenario de un Pablo Tobón lleno. No se acuerda del texto y todos empiezan a reír y ella alza las manos y no entiende aunque Beatriz le sopla al frente, hasta cuando, por gracia y obra de su memoria, calla al público con su mano, y sigue, como si nada.