Histórico

Un testarudo de la vida

07 de febrero de 2009

Cirrosis criptogénica. Ese fue el diagnóstico que los hepatólogos le hicieron saber a Ernesto Montoya. Es decir, sabían qué le pasaba al hígado, pero no por qué razón.

La opción que le dieron fue un trasplante... o muerte.

"Ni lo uno ni lo otro estaba dentro de mis planes, aunque mis cartas no eran las mejores: edad avanzada (70 años), intervención coronaria, diabetes mellitus, hipertensión, todo estaba en contra mía cuando la intervención", recuerda este abogado y asesor.

Ese fue el principio de una pelea de dos años que le agregaron a su condición inicial, un colapso en el riñón. El resultado fue que, para su caso, la única opción era un trasplante doble de riñón e hígado.

"Cuando me encontré con el primer trasplantado y me contó el proceso, yo me llené de pánico".

Aún así, firmó la autorización para el procedimiento. Era como un tiro al cara o sello, asegura. Por fortuna para él, le apostó al lado ganador.

Un asunto legal
Dos son las dificultades para quien requiere un trasplante. La primera, claro, la propia enfermedad. La segunda: las trabas legales para la operación.

"Nada más angustiante para un paciente que enfrentarse a las aseguradoras de salud. Cuando más se necesitan se convierte uno de paciente en cliente, malo y costoso".

Le tocó poner tutelas, derechos de petición y órdenes de desacato para lograr, primero, el trasplante de hígado, pues su prepagada aseguraba que su enfermedad era fruto del alcoholismo.

Y luego una pelea más larga para hacerles entender que, debido a la espera, también era necesario uno de riñón. Batallas que, por lo demás, ganó, como la de la cirrosis también.

El 26 de agosto del año paso lo llamaron. "En media hora tenés que estar aquí", recuerda que le dijo el hepatólogo Gonzalo Correa.

Estuvo 13 horas en un quirófano y luego un mes en recuperación antes de abandonar el hospital Pablo Tobón Uribe, donde lo trasplantaron.

Hoy hace lo que le gusta. "No tengo limitaciones de ninguna clase. ¡Hombre!, ser más cuidado con todo, más disciplinado. La droga sí es un poquitico fastidiosa".

Y eso que no son tantas pastillas, cuatro en total, para las que tuvo que poner tutela, también, para que se las dieran.

Se levanta a las seis de la mañana, va a la oficina, sale a caminar, se va para la finca... o de viaje largo, como el que tiene planeado a España o al Caribe.

También le molesta cierto trato que recibe cuando la gente se entera de que es trasplantado.

"Me emberraca que me traten como enfermo. Yo estoy bien".

Eso sí, asegura que aún falta información, entre las personas, sobre trasplantes. "Yo no tenía como opción donar, pero mis hijos ahí mismo firmaron y a todo el que conozco, le echo el cuento".