Histórico

Una aventura hacia la cima del Quehuisha

Una estudiante del Inem José Félix de Restrepo nos narra su experiencia en la ruta Quetzal Perú 2014, en julio.

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13 de septiembre de 2014

"Pepito conejo al bosque salió, corre, corre, corre… desapareció".

Con esta frase empezó la jornada más larga, difícil y satisfactoria de toda mi vida. Fue el día de la subida al Quehuisha en busca de las fuentes del Río Amazonas, visitamos la quebrada Apacheta y realizamos la aventura más grande de toda nuestra excursión a Perú.

Eran las dos y media de la mañana cuando escuchamos la canción llamada "Pepito conejo", cantada por el jefe de campamento, Jesús Luna, y a diferencia de lo que muchos creerían, nos despertamos sin duda alguna, dispuestas a lanzarnos a la gran aventura de nuestras vidas.

Poco a poco nos fuimos despertando, pero no lo suficientemente rápido, ya que los monitores entraron bruscamente en nuestra tienda solicitando la salida, y nosotras, somnolientas pero emocionadas, intentábamos movernos rápido, aunque tropezando entre sí.

Finalmente logramos salir de nuestras respectivas tiendas y debido al itinerario tan ajustado, no tuvimos tiempo para terminar de arreglar las maletas, así que corrimos con lo poco que teníamos en ellas. En mi caso, llevaba solo mi cantimplora, mi diario, mi cortaviento, buff, bloqueador solar y gorra. No llevaba nada más, y lo agradezco, ya que en esta clase de subidas era mejor ir lo más liviano posible, cualquier peso extra lo único que lograría sería cansarme.

Comienzo del viaje
Alrededor de las seis de la mañana tomamos unos pequeños buses, que nos acercaron al inicio de la caminata. Las primeras dos horas del camino nos sirvieron a todos para recargar energías y descansar, pero luego, la emoción empezó.

Nos bajamos de los buses y empezamos la caminata. Los primeros momentos fueron maravillosos, el mal de altura no me afectaba para nada y en lo único en que pensaba era en subir esa gigantesca montaña. Incluso algunos de mis compañeros empezaron a quejarse, a sentir mareo, vómitos, y otros síntomas, hasta el punto de que los médicos empezaron a suministrarles hojas de coca. Pero en mi caso, estaba plena.

La primera parte de la caminata, es decir las primeras dos horas fueron de bajada, así que todo era maravilloso, paso a paso lograba imaginarme llegando a la cima, batiendo la bandera de Colombia y sintiéndome plena, como si hubiera llegado a la meta más grande hasta ahora en mi vida, ¡subir el Quehuisha… Esto logró impulsarme hora tras hora, minuto a minuto, respiración tras respiración; haciendo que los primeros kilómetros fueran como un flote, un vuelo magnífico sobre las montañas peruanas.

Al mediodía terminamos la bajada, y lo verdaderamente exigente comenzó. Nos recibió una colina de unos 200 metros de altura que tuvimos que subir de un tirón, ya que no iba creciendo progresivamente, sino que era casi perpendicular. Mis piernas empezaron a encalambrarse, mis rodillas rechinaban y mis tobillos sentían la presión, incluso mis pulmones sintieron cómo la dificultad se fue incrementando, llegando al punto de olvidar cómo respirar, tuve que parar unos minutos para recordar cómo hacer lo que antes para mí había sido automático.

Decidí guardar fuerzas y sola, agarrando fuertemente mi bandera y mis ilusiones empecé a abrirme camino entre la multitud. Las ampollas en mis pies empezaron a salir más y a volverse más y más prominentes, hasta el punto en que cada paso hacía que un dolor agudo recorriese todo mi cuerpo. Pero aún así, casi arrastrando los pies y respirando lentamente llegué a los 5.000 metros donde hicimos un pequeño receso para la reagrupación.

¡Faltaba poco…
Treinta minutos después, nuestro guía nos dijo que faltaban cerca de 170 metros, que estos últimos eran de subida inclinada, y que los compañeros que estaban enfermos no podrían hacer esa última etapa; en ese momento pensé seriamente en volver, mis pies no podían soportar más mi peso y todo mi cuerpo gritaba por la necesidad de volver al campamento.

Había llegado tan lejos, me había arrastrado hasta los 5.000 metros, ¿cómo no subir unos 170 más? Además, no estaba allí solo por mí misma, estaba por mi grupo, por mi familia, por mí misma y por Madalena, una brasilera que estaba enferma en esos momentos en el campamento y no había logrado hacer parte de este grupo de ruteros que se enfrentaban al Quehuisha, ella era la única de su país y me había dado su bandera buscando que la llevase hasta el nacimiento del Río Amazonas; ¿cómo defraudarla?

Efectivamente los últimos metros fueron de pendientes, y mi cuerpo no estaba para nada preparado, mi respiración se aceleró completamente y luego me tiré en la mitad del camino. Una monitora me tomó de la mano y me alzó del piso y poco a poco me impulsó hasta los treinta metros faltantes. Con falta de respiración y agotada, llegué a las fuentes del Río Amazonas. Visualicé a unas compañeras de mi grupo y corrí hacia ellas, gritando y llorando de la alegría; la falta de oxígeno desapareció completamente y la excitación del momento se tomó todo mi ser.

Me reuní con otras dos colombianas que habían logrado completar esta odisea, cansadas y extasiadas tomamos la bandera y capturamos el momento. Nos situamos cerca de un hilito de agua, de una ternura infinita, de un color cristalino que no me permitía dudar de su pureza extrema, tome un poco de su agua fría que me llegó hasta el alma y me dije para mis adentros, ahí nace el majestuoso Río Amazonas. Lloré porque Colombia había llegado al Quehuisha