Una escuela asediada por las Farc
La bandera blanca ondea en el colegio de Toribío, pero a los criminales de las Farc no les importa nada. Ni siquiera llevarse por delante la vida de los 800 niños que acuden regularmente a clase.
En esta humilde escuela de este pequeño municipio del Cauca llueven las balas a diario. Algunas incluso se cuelan por las ventanas poniendo en peligro la vida de niños acostumbrados a convivir con el terror. Tanto que los pequeños tienen una asignatura extra que están obligados a aprobar pues en ello va su propia vida. La vital materia tiene un nombre ligado a la muerte: simulacro de ataque guerrillero.
En el excelente reportaje de Gloria Edith Gómez, emitido en Caracol TV el pasado sábado, veo los rostros de miedo en las caras de los niños mientras se tumban en el piso entre los gritos de sus maestros. Se llevan las manos a la cabeza y salen en orden para buscar refugio en el comedor del centro.
Críos que apenas saben hablar son educados en una guerra que no es suya pero de la que son víctimas colaterales. Aunque las balas de la guerrilla buscan la comisaría del pueblito, su colegio se encuentra en la línea de fuego de los terroristas.
Toribío ha sufrido unos 500 ataques desde los años 80 y en los muros de su escuela se reflejan las cicatrices de un conflicto de otro siglo, anacrónico como una máquina de escribir o una cinta de cassette. Tan fuera de lugar como la violencia, el recurso de los débiles. Varias generaciones han crecido allá, como en otras muchas partes de Colombia, tratando de esquivar el delirio de quienes les consideran enemigos por el simple hecho de soñar con una vida en paz.
Veo otra vez el reportaje y pienso que por muchos toribíos que haya todavía, el Gobierno del presidente Santos no puede ni por un segundo más permitir que 800 niños sigan sorteando balas para aprender a leer y escribir.
Para aprender la historia de su pueblo, de su gran nación. Para aprender los errores de lustros de violencia sin sentido. Para convertirse en los hombres y las mujeres de la futura Colombia, esa que escribirá algún día en el epílogo de la guerra la palabra "PAZ". Así, en grandes letras trazadas con el sufrimiento propio y ajeno.
Piensen por un momento en los padres de esos críos, que se debaten entre enviarlos a las trincheras de una escuela asediada por el mal o dejarlos en sus casas, hurtándoles la posibilidad de progresar para salvar sus vidas.
Háganse también niños por un instante e imaginen la angustia de un domingo por la noche, cuando en la cama, sueñan con un lunes de colegio. Yo no podría dormir, se los aseguro.
No soy quien para pedirle nada al Presidente Santos, ni tan siquiera soy ciudadano colombiano como bien saben, pero les ruego a ustedes que exhorten a su Gobierno para que envíe con la urgencia que genera la cruenta realidad más efectivos policiales o militares a Toribío y que nunca se marchen de allá hasta que esta locura acabe.
Les ruego que escriban a su Presidente para que proteja a esos 800 chavales que son héroes aunque no levanten un palmo del suelo. Héroes que no podemos permitirnos perder por culpa de las Farc o de cualquier otra banda de descerebrados. Sé que los efectivos están justos y son necesarios en muchas otras partes del país, pero Toribío necesita refuerzos, señor Presidente. Eso o algún día una de esas balas perdidas se llevará por delante a otro héroe de seis años.