UNA LLAMITA DE SILENCIO
El martes estuve en la carrera séptima de Bogotá viendo los diferentes gremios que decidieron salir a marchar. Al escuchar las arengas de siempre, la voz desgarrada de unas cuantas personas a través del megáfono, lo único que sentí fue un profundo deseo de que se callaran, que marcharan en silencio, sin pitos, sin voz, sólo con la presencia indignada.
Ni siquiera esa canción de Inti-Illimani, que antes enardecía, justificaba la bulla. "El pueblo, unido, jamás será vencido…", parecía más una triste muestra de la desunión, un empalagoso grito que apenas unos cuantos repetían sin erizar la piel. Me dio tanto pesar todo este ruido desperdiciado que incluso preferí escuchar las "voces de protesta" que hablaban de amores o de lo que hicieron el fin de semana.
Traté de imaginar cómo habría sido esa monumental Marcha del Silencio que convocó Gaitán el 7 de febrero de 1948 para protestar por todos los crímenes políticos. Me imaginé a los miles de colombianos que sin pronunciar palabra recorrieron las calles, se hicieron sentir sin gritar. De sólo suponer lo que implicaría asomarse por la ventana y escuchar la pisada fuerte de cada uno de los manifestantes, me lleno de emoción y de tristeza porque algo semejante no creo que vuelva a repetirse.
Somos una sociedad bullosa que le encanta la guachafita, el tablado, el remate con orquesta; así, poco a poco, nos vamos olvidando de las penas. El problema es que entre bulla y bulla no nos damos cuenta de que no nos tomamos nada en serio. El martes, por ejemplo, este diario publicó una fotografía de un grupo de líderes campesinos que bloquearon una de las carreteras del país. Casi todos sonríen y posan para la foto con palos en alto. Parecen, más que indignados, celebrar un triunfo de la Selección Colombia.
Nada más triste en una marcha que escuchar a un puñado de estudiantes, no todos, por supuesto, gritándole a la Policía: "¡Tombos hijueputas… ¡Estudien…". Y uno por dentro se pregunta ¿si estos son los que estudian qué se puede esperar de los demás? ¡Que se callen…, por favor ¡que se callen…
El ruido nos ha hecho tanto daño que tememos el silencio. Si uno se monta en un bus o en un taxi tiene que soportar los gritos de los locutores, los voces enardecidas de quienes creen que en un debate gana quien más grita, el pito insoportable de quienes viven con afán. Cuánto daría para que a esos personajes les amarraran la bocina a una huevita para que así, cada que decidieran pitar, o gritar, al menos les doliera algo. Definitivamente a un montón de colombianos les sobran palabras.
¿Cuánto tiempo sería capaz de guardar silencio? Creo que es una pregunta que todos deberíamos hacernos; tal vez por eso en esta columna ofrezco una llamita de silencio para protestar con toda mi energía por el ruido terrible e insulso que hoy generamos.