Una lombriz entre pavos reales
Varias cosas en la vida me causan aversión. Los gimnasios estaban en la lista. Me cerraban la tráquea y a veces me acercaban a la náusea, hasta que acepté el Reto de la Media Maratón de Medellín y caí de bruces en uno de ellos.
Presionada por este compromiso, poco convencida y con una pereza indescriptible, dirigí mis pasos al que, creía yo, era otro de esos templos ostentosos donde vanidad y banalidad se exponen a la máxima potencia: siliconas por doquier, cuerpos perfectos forrados en la más mínima cantidad de licra posible y abdómenes tan planos como las hojas de un cuaderno.
Me aplastaba el choque entre esta realidad y mi creencia de que la fachada hay que cuidarla, pero no hacer de ella un eje de adoración.
Recordé el devastador "¡coooomoestaaaaás degorda!". O gordo, da lo mismo, que tirado en dos tiempos y con toda la intención de fastidiar al otro es un ladrillo infame que antepone la apariencia por delante del espíritu.
Igual sucede con los flacos. ¡"Coooomoestaaaaás deacabado!". Ni siquiera tienen la decencia de decirles flacos. ¡Acabados, enfermizos, demacrados!
He visto la herida que este golpe causa en ellos y quisiera pagar por defenderlos: ¿Y a usted qué le importa? ¿Quién le preguntó? ¿Sabe que existen los problemas metabólicos? ¿Puede ver un poco más allá? ¿Percibe que ese ser humano tal vez está sufriendo? ¡Respete!
Llegué al gimnasio acobardada, con la dignidad amenazada y la capacidad en entredicho, dispuesta a enfrentarme a ese mundo frívolo, cruel y despiadado donde la sola mención de un chicharrón es un crimen de lesa humanidad.
Pero? ¡aleluya! Lo primero que vieron mis ojos fue una piscina llena de señoras que hacían hidroaeróbicos. Había gordas, flacas, arrugadas, flácidas, con problemas de movilidad y sin ellos. Allí la competencia era a otro nivel: ejercicio saludable.
Me alentó la gente común y silvestre, pero aún me faltaba la sala de máquinas. Subí las escalas en reversa y con los ojos cerrados para no verme a mí misma como una lombriz en el corral de los pavos reales. Era el santuario de las reinas, los modelos, los bellos y los que se creen, ¡pero allí tampoco estaban!
Diez minutos después sudaba a mares en compañía de amas de casa, jubilados, deportistas, en fin, gente normal con hábitos de vida sin excesos, que aprendieron a vivir con sus imperfecciones y son felices sin la presión de ese déspota prepotente que es el espejo en nuestra sociedad. Otra vez reconfirmé que valemos por lo que somos, no por la envoltura.
Tan distinto el ejercicio saludable al que sólo pretende la perfección del cuerpo, aún a costa de inyectarse sustancias y de someterse a cirugías innecesarias que pueden ser mortales.
El Reto me acercó a la actividad física sana. Segura de que no voy a ganarlo, aspiro por lo menos a salir viva de esta prueba y con algo de decoro después de correr cinco kilómetros. ¡Aunque no quede ni de volver!