Histórico

Una marioneta es el alter ego de Gibson

A Mi otro yo, que dirige Jodie Foster y protagoniza Mel Gibson, le falta fuerza argumental, pero se la juega con el disparate y la imaginación, para salir airosa.

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06 de junio de 2011

Hay papeles para los que un actor parece llevar años preparándose y Mel Gibson lava sus trapos sucios con ayuda de su amiga Jodie Foster en Mi otro yo , fábula espinosa sobre un perdedor, en el que la superdotada oficial de Hollywood convierte en compatible la amargura y el optimismo.

La cinta es en realidad un ejercicio de contorsionismo de la Foster directora, para dar solidez a un argumento inasible y, de paso, echarle un capote a un desorientado Mel Gibson, que salta al vacío con este personaje torturado que se entrega al ridículo sin pudor.

La película es lo suficientemente osada como para sobreponerse a su premisa argumental: la terapia a la que se somete un hombre de negocios deprimido para salir de su agujero no es otra que hablar solo a través de una marioneta que encuentra en la basura: el castor.

Si Mickey Rourke desnudó sus cicatrices en El luchador( The wrestler) y Gloria Swanson exhibió su decadencia en El ocaso de una vida (Sunset Boulevard) , Gibson exorciza su tendencia a la autodestrucción de la mano de una Foster que demuestra que su nivel intelectual no le despega de la sensibilidad.

El milagro se hace a través del disparate, y entonces se acaricia la emoción directa y auténtica, se contagia el dolor y la desorientación y se huele la catástrofe humana.

Foster, para ello, juega con la imaginación del espectador y le hace comulgar con esa inquietante marioneta, casi como cuando Robert Zemeckis arrancó las lágrimas a la platea con Tom Hanks, que perdía en el Naúfrago a una pelota llamada Wilson.

Y experta en dar un matiz a las relaciones personales en películas como El pequeño Tate , la realizadora -en la película también actriz secundaria- da la vuelta a la crónica familiar y la condena a buscar apoyo emocional se acaba teniendo el efecto liberador de un grito de socorro.

Afortunadamente, en su argumentación evita el manual de autoayuda para forzar al espectador a tragarse las espinas de la depresión endógena, porque Mi otro yo camina hacia atrás en la construcción del hombre perfecto y coherente para llegar a la aceptación de la vida tal cual es. Con marionetas o sin ellas.

Y ese sentimiento crece gracias a una historia secundaria, la del hijo de Gibson que intenta alejarse del patrón que ha creado su padre, en la que se hace especialmente trágica la falta de referentes de los jóvenes que interpretan Cherry Jones y la estupenda Jennifer Lawrence.

Todos esos actores sometidos al poder de una marioneta que cataliza sus emociones acaban consiguiendo que, efectivamente, la cinta cobre vida y Foster, con sus dos Oscar y su carrera modélica, acabe revisando con brío y melancolía los fracasos que conlleva el triunfo y las victoria de asumir una derrota.