Verdad de a puño
El éxito electoral de Santos fue la confirmación en las urnas del prestigio del gobierno Uribe. Este, con su avasalladora política de seguridad democrática -que contrarrestó por sus efectos positivos, frustraciones en algunos frentes del desarrollo social- fue el gran ganador de la jornada dominical. Es una verdad de a puño. Uribe Vélez arranca a ejercer un liderazgo, para reivindicar el protagonismo de la expresidencia decorosa, que han despilfarrado algunos de sus antecesores.
Dentro del balance de aciertos que recibirá Santos de Álvaro Uribe -para cuidar y acrecentar- hay también desafíos insoslayables, que aun cuando encarados en estos ocho años de intensa labor, no se pudieron solucionar como aspiraba una opinión exigente y expectante.
Los índices de inequidad social del país siguen siendo preocupantes. Si bien es cierto que en la era Uribe se redujeron, aun estamos lejos de las metas que han alcanzado en este esfuerzo Chile, Brasil y México. Por supuesto que estas naciones no experimentan en carne propia el maldito conflicto interno armado que se absorbe grandes recursos económicos, para mantener la Seguridad Democrática, restándolos a la inversión social.
La corrupción es otro gran desafío colombiano. Muchos billones anuales van a través de las coimas a los bolsillos de quienes vegetan en los terrenos de lo mal habido, con el agravante de que el manto cómplice de la impunidad los cubre de los códigos penales. Buena parte de los colombianos se enseñaron a vivir con jugosos sobresueldos tramposos, sumas que constituyen un obstáculo para incorporar la ética pública, la transparencia y la eficiencia, en la gestión del Estado.
El desempleo agobia. Fue tema que sin mucho seso se abordó en el debate presidencial. Se les veía a los candidatos la impotencia y la esterilidad estratégica para acertar en los modelos necesarios, encaminados a aumentar los índices de empleo. Es una asignatura que sigue pendiente en el ejercicio de los últimos gobiernos.
Hay otros asuntos no menos importantes que harán parte de la agenda de Santos. El déficit fiscal, calculado en 20 billones de pesos. Enfrentarlo con la sola mejora de los recaudos y la administración de los actuales tributos, nos parece una quimera. Ignoramos cómo podrá cumplir su promesa de no imponer una reforma tributaria estructural, para taponar tan inmensa tronera. De lograrlo, al final del mandato los ministros de Hacienda latinoamericanos, seguramente pedirían el Nobel de Economía para semejante hazaña.
El darle vigencia y credibilidad a la justicia, es un desafío inaplazable. Desmontar el dúo de impunidad y corrupción que crea desconfianza en la operatividad y en el imperio de la ley, es tarea ardua y compleja, pero que no debe congelarse más. Deberá mirar -para ampliar y solidificar una política internacional como contrapeso a la de los malos vecinos- a Chile, México y Perú, tres miembros del foro económico Asia/pacífico, para formar una alianza respetable y productiva.
El país abre desde este momento un gran paréntesis para saber si todas las expectativas santistas que se crearon alrededor de sus programas electorales, se van a ir cumpliendo. Cuenta con mayorías absolutas en el Congreso para hacerlas efectivas, antes de que las transacciones de la gobernabilidad burocrática empiecen a producir efectos contraproducentes. Tiene un reto político, cual es el de dejar una popularidad y un prestigio nacional interno y externo, comparable siquiera al que deja Álvaro Uribe, gobernante que a pesar de los problemas que quedan, su balance es ampliamente favorable. Y que le permitirá entrar a la historia como mandatario que se entregó por completo al servicio del país, con la devoción, la tenacidad y la sagacidad -y aún con sus excesos temperamentales-, difícilmente logradas por antecesor alguno.