Viabilidad del Estado palestino
Muchos criticaron el periplo del presidente Santos por Japón, Corea y Canadá, como también su intervención en la ONU expresando su opinión sobre la inclusión de Palestina como miembro 194, activo y con plenos derechos. Me parecieron críticas infundadas y carentes de visión de país.
El viaje a Asia resultó importante para consolidar relaciones y lograr alianzas estratégicas con países ubicados en el área que promete liderar el mañana. En un mundo cada vez más globalizado, ninguna nación puede aislarse de lo que sucede en el resto del mundo, so pretexto de sus propias realidades, menos cuando ellas tienen fuerte interrelación con su entorno. Es importante que tengamos un presidente que sabe que las acciones de hoy deben corresponder a la visión que tengamos del futuro.
En cuanto al discurso en Naciones Unidas, pienso que se ajustó a la tradición diplomática colombiana y al imperativo de expresarse, como jefe de gobierno de uno de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad, sobre uno de los problemas geopolíticos críticos dentro del actual orden mundial. El conflicto entre Israel y Palestina, valga decir, entre judíos y árabes, ha sido considerado por la mayoría de los analistas estratégicos militares como uno de los checkpoints cruciales en el ajedrez del orden mundial, y por lo tanto debe estar en la agenda diplomática de los países miembros del Consejo de Seguridad.
Algunos comentaristas de prensa y radio expresaron su desacuerdo con los conceptos emitidos por el presidente Santos en la ONU, manifestando que debería concentrar su atención en resolver los problemas de seguridad nuestros y no los de países distantes en geografía, religión y cultura.
Expresaban igualmente que sonaba ridículo que tratáramos de resolver las dificultades de seguridad ajena, cuando no hemos podido resolver las nuestras. Expreso mi desacuerdo con tales opiniones.
Precisamente, por la interdependencia creciente de las naciones, por las afectaciones que un conflicto mayor puede tener en toda la humanidad y porque tenemos un historial largo de violencia y fallidos intentos por lograr la reconciliación, aún con la vocación de paz que nos asiste. Tenemos conocimiento y autoridad para opinar sobre aspectos, que sin ser similares, revisten rasgos que les son comunes.
El problema viene desde la Primera Guerra Mundial y se acentuó después de la segunda. Adquirió las connotaciones actuales desde mayo de 1948, con el Plan de Partición de Palestina, que proponía la división del territorio en dos Estados, uno árabe y otro judío.
Ninguna de las partes quedó satisfecha y se crearon las circunstancias para sucesivos conflictos. Las guerras, de los Seis Días, en 1967, y la del Yom Kipur (día del perdón) en 1973, redujeron a Palestina a su mínima expresión, hasta el surgimiento de la OLP, bajo la dirección de Yasser Arafat y los acuerdos de Oslo de 1993.
Ahora, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbas, aspira a que su país sea reconocido como Estado de Pleno Derecho y regresar a las viejas fronteras de 1967, mientras el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, aboga por el diálogo directo entre las partes.
Palestina declaró su independencia en 1988 y, a la fecha, 114 Estados la han reconocido como Estado soberano.
Colombia no lo ha hecho (el único país de Suramérica) pero ha apoyado su justa aspiración de coexistencia con Israel y la negociación directa.
Si no existiese el juego de intereses que orienta el comportamiento de los Estados, lo obvio sería la solución política que permitiera la plena aceptación del Estado Palestino, sin menoscabo de las condiciones de seguridad de Israel.
Lo más probable es que la ONU y su Consejo de Seguridad no sean el escenario para lograr tales objetivos. Me parece meritorio resaltar la coherencia en el pensamiento y la acción de gobierno. El énfasis en la solución pacífica, el equilibrio entre política y fortalecimiento de la capacidad militar disuasiva, son fórmulas que correctamente conjugadas aseguran el logro de los objetivos.