VÍCTIMAS FELICES
En Colombia, de cuando en cuando, algo nos dibuja la realidad: una cifra, un caso insólito, un brote de corrupción, un atraco, un exceso, lo que sea. Sin embargo, se nos va del radar. Ese don mágico de que pase hasta lo inverosímil para que la gente levante su ánimo, nos abstrae de la realidad. No en vano hacemos fiesta cuando se aparece Diomedes Díaz en una tostada o cuando invitan a Sofía Vergara a un talk show en los Estados unidos, así sea emitido a las tres de la mañana.
En todos los sondeos y encuestas que se hacen para medir la felicidad, la tierra del Sagrado Corazón aparece en el curubito. Nuestra tierra es el súmmum de la alegría, el colombiano se goza sus penurias así haya bala de por medio. ¡Cómo no, si aquí estamos llenos de reinados, fiestas populares y días festivos… En Barranquilla hay precarnaval, carnaval y postcarnaval. ¡Felicidad garantizada y redondita… ¿Resilientes? (Resiliencia es la capacidad de sobreponerse al dolor), probablemente sí, pero detrás hay un costo muy, pero muy alto.
Costo alto. Quiero que les quede sonando esa pequeña frase, porque a pesar de esa felicidad esencial que supuestamente tenemos, que nace en nuestras entrañas de mapalé y bullarengue, ha corrido mucha sangre debajo del puente. Hemos sido un país en el que la sociedad en todos sus aspectos y elementos constitutivos ha permitido que muchas generaciones no sepan vivir un solo día sin violencia.
Los baldados de agua fría nos aterrizan a la realidad y nos quitan ese sabor dulzón de la felicidad. Esta vez, el punto se lo lleva una escalofriante estadística de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, del Gobierno Nacional: en los últimos 30 años, más de seis millones de personas han sido víctimas del conflicto. Miren este sencillo pero muy diciente ejercicio matemático: el país tiene 6.342 kilómetros de fronteras terrestres. Si todos los afectados por la violencia -desplazados, secuestrados, torturados, asesinados, cercenados por minas antipersonal, reclutados forzosamente, violados o abusados sexualmente, entre otros- fueran puestos en fila (considerando que cada uno mide 1.60 metros en promedio), tendríamos más kilómetros que nuestras fronteras (9,670 kilómetros). Qué dolor y qué angustia tan grande, saber que el 12 % de la población nacional ha estado tocada por la violencia y que año tras año esa fila crece.
Un compañero del colegio, quien periódicamente lee esta columna, me escribió alguna vez diciendo que siempre encontraba un dejo de pesimismo en mi forma de escribir. No quisiera que fuera así, pero qué le hacemos pues. Nuestra realidad es bastante completa y ser felices se me antoja que es algo un poco bizarro, cuando hay tanto dolor suelto.
Pero aún tengo algo de esperanza y soy consciente de que tanto pesimismo es dañino. Y como el avestruz, nos hace clavar la cabeza en la tierra. Como colombiano, tengo la fe del carbonero en que podemos lograr la paz y a regañadientes, esperaría que los Diálogos de La Habana sean el culmen. Sin embargo, siempre me da cosa saber que a esas conversaciones las rodea el manto de la impunidad. Ojalá que los lobos disfrazados de ovejas que están allá sean capaces de sacar el lado noble del animal, ese que le mostraron a san Francisco de Asís cuando amansó al lobo de Gubbio.
Si eso pasa, la impunidad se quedará en solo un temor mortal y podremos seguir reparando a las víctimas para "reconstruir los daños provocados por el conflicto y contribuir a la reparación de profundas cicatrices" (así se lo prometió este gobierno). Ojalá que cumpla. Por lo menos el dolor de la violencia se sustituirá por la esperanza de tener de nuevo la tierra quitada y la dignidad arrebatada. Así, por un momento, el dolor de tanta violencia podría suplirse por esa felicidad que nos caracteriza en las encuestas.