Histórico

Violencia y violentos tozudos

Con hundir el dedo en la llaga que dejan nuestros brotes urbanos de violencia se gana poco. Para qué lapidar a Medellín y el Valle de Aburrá con la exaltación del dolor que trae que algunos irrespeten la vida y la convivencia. En el análisis de la inseguridad y la delincuencia la histeria aporta poco. Pero hay que decirlo: preocupan los homicidios numerosos y sus métodos en el Área Metropolitana.

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03 de julio de 2010

La manera frenética como un grupo de sicarios disparó pistolas de alto poder para asesinar a ocho personas y herir a otras doce, la madrugada del viernes pasado, en una discoteca al sur del Valle de Aburrá, además de pasmosa, no deja de ser reveladora de la brutalidad y de la sangre fría con que se ha formado una generación de personas, especialmente jóvenes, bajo el auspicio y el ejemplo perverso del narcotráfico y de los narcotraficantes, en su desprecio por la vida y, en consecuencia, en su manía de hacer justicia por manos propias.

Desde las dolorosas bombas de Pablo Escobar, pasando por la maquinaria de terror y ajustes de cuentas de los paramilitares y de la mal llamada "Oficina", hasta hoy que campea la guerra entre quienes el presidente Álvaro Uribe llamó "los terroristas alias 'Valenciano' y alias 'Sebastián'", nos desvela el paradigma de muchachos, de ciudadanos, a los que el crimen organizado de las drogas despoja de cualquier valor, a los que vacia de cualquier reserva de humanismo y a los que instrumentaliza para ejecutar las tareas criminales de sus estructuras dedicadas a producir dinero fácil y subculturas de corrupción, vicio y muerte.

Lo hemos dicho con el actual Gobierno y en ello coincidimos con los discursos preliminares del presidente electo Juan Manuel Santos: ¡qué daño terrible y qué engendro monstruoso es para el país la -si así se puede llamar- cultura mafiosa. Gasolina de nuestro conflicto armado interno que en el terreno rural lumpenizó a guerrilla y autodefensas y que en los escenarios urbanos degenera día tras día a camadas enteras de jóvenes, también acosados por el desempleo y la violencia intrafamiliar.

En esa proyección, puntualizamos en nuestra geografía inmediata: Medellín y el Valle de Aburrá. La ciudad tiene, a cifras y fechas actuales (1 de enero a 30 de junio), 1.040 homicidios, según reporte de un organismo de investigación judicial consultado. Ello significa que solo en el primer semestre de 2010 casi igualamos la cifra total de homicidios de 2008, que fue de 1.044 y que se mantiene una estadística muy pareja en relación con el total de 2009, año en el que ocurrieron en Medellín 2.176 homicidios.

Las indagaciones señalan que el elemento agitador principal de esa violencia es el narcotráfico, con sus reacomodamientos e influjo sobre las bandas delincuenciales y los combos de los barrios de la periferia. En esos vecindarios la Policía Metropolitana adelanta campañas paralelas de educación ciudadana (contra la cultura de la ilegalidad) y de acción vertical operativa contra los grupos armados al margen de la ley. Es pertinente decir que esos esfuerzos siguen requiriendo mayor apoyo logístico y en número de hombres, por parte de los mandos centrales de las Fuerzas Armadas, con el ánimo de mantener una persecución sostenida en procura de reducir y someter al crimen organizado que alimentan los narcotraficantes y otros capos delincuenciales.

Y hay que señalar también la importancia de que se afinen los mecanismos legales-judiciales para que no aten las manos de los jueces, quienes, actuando de acuerdo con los códigos de procedimiento vigentes, tienen que dejar en libertad a peligrosísimos criminales. La tipología y la persistencia del sicariato asociado al narcotráfico y sus guerras intestinas obligan a una respuesta penal ajustada a tales dinámicas.

La seguridad de Medellín y el Valle de Aburrá, el modelo de convivencia que gestionan sus gobiernos, nos ponen ante el reto de actitudes y acciones firmes de ciudadanos y autoridades contra una violencia que, aunque parece no ceder, está más cerca de ser reducida que de mantener su tozudez y su caos.