¡Viva la siesta!
"Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso...". Así describe García Márquez, en Los funerales de Mamá Grande , ese sopor producido por el calor húmedo del trópico, mezclado con la somnolencia que sigue a un almuerzo copioso y que ha creado esa importantísima institución social llamada siesta.
Considerada como una costumbre inventada por los españoles para sobrevivir en sus colonias del trópico, los anglosajones la han mirado siempre con cierto desprecio. Sin embargo Winston Churchill, quien adquirió la costumbre en Cuba, era un fervoroso defensor de ella y en sus memorias de la II Guerra Mundial, dice que a no ser por la siesta no habría podido resistir las tensiones y larguísimas jornadas que le imponía el conflicto. Hay que anotar que Churchill no menciona el litro de whisky que se dice consumía diariamente y que sin duda debía inducir sus siestas como momento reparador.
El término siesta se origina en la costumbre latina de contar las horas a partir del amanecer. La hora sexta corresponde al período entre las 12 del día y las tres de la tarde.
Tradicionalmente se ha pensado que la siesta era un hábito obligado por el sopor de mediodía en los países cálidos del trópico, y también en España que, por su posición geográfica, tiene veranos más calurosos que el resto de Europa. Pero ahora se sabe que el hábito también existe en China, Filipinas, India, Grecia, Oriente Medio y África del Norte y en varios países europeos. Y, según estudios recientes del Centro Pew, entre los laboriosos norteamericanos, una tercera parte (38% de los hombres y 31% de las mujeres) se echan una siestica regularmente y aunque el hábito es más frecuente entre los de origen afronorteamericano y latino, y entre los mayores de 50, está presente en todas las edades y estratos sociales de Estados Unidos.
La siesta tiene una base fisiológica por cuanto después de una comida copiosa, el flujo sanguíneo disminuye en el cerebro y se concentra al rededor del sistema digestivo produciendo una natural somnolencia. Quizás por eso los viejos decían: Después de comer, ni un sobre leer.
Según estudios del laboratorio del sueño de la Universidad de Montreal y de investigadores de las universidades de Haifa y Liverpool, la siesta tiene grandes efectos benéficos sobre la salud. Por un lado, sobre el sistema cardiovascular ya que la presión arterial disminuye durante el sueño, cosa que puede explicar la menor frecuencia de problemas cardíacos entre quienes duermen siesta regularmente. Igualmente, al disminuir el estrés, baja los niveles de las hormonas suprarrenales, lo cual a su vez, disminuye el riesgo de diabetes tipo II.
Por otro lado, aunque se sabe desde hace algún tiempo que el sueño es indispensable para fijar los recuerdos en la memoria, se ha visto recientemente que las personas que toman una siesta después de haber aprendido a realizar una secuencia de actividades la recuerdan mejor que quienes han permanecido despiertas. También mejora el humor y disminuye la tendencia a la depresión al aumentar los niveles de serotonina en el cerebro.
La siesta debe ser breve, de 10 a 20 minutos, porque hacerla por más de media hora puede afectar el ritmo circadiano del sueño y causar insomnio. Por tanto no se deben seguir los consejos del premio Nobel, Camilo José Cela, quien decía que hay que "dormir la siesta con pijama, Padrenuestro y orinal".