Histórico

Yo también leí el libro de Íngrid

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02 de octubre de 2010

Tal vez fui uno de los pocos colombianos que conoció el libro antes de ser entregado a su editora. Ocurrió en Fort Lauderdale, Estados Unidos, cuando nos encontramos por primera vez, después de innumerables correos electrónicos cruzados entre ambos.

Me leyó emocionada, en español, apartes de esta obra escrita en francés. Ella ya había leído mi libro Años en silencio . Le aconsejé que la mejor manera de conseguir un buen título era buscándolo en los versos de grandes poetas como Miguel Hernández o Neruda.

Luego, Íngrid Betancourt presentó su libro No hay silencio que no termine . El bellísimo título hace parte del poema "Para todos", de Pablo Neruda: Si me buscas en esta calle me encontrarás con mi violín. / No dudes que soy el que fui / no hay silencio que no termine, / cuando llegue espérame, / y que sepan todos que llego / a la calle, con mi verdad.

En estas páginas está retratada Íngrid. Regresó con su violín para convertir, como señaló Héctor Abad: "un tratado de la maldad en un clásico de la historia y de la literatura colombiana". El mismo Héctor se refirió a Íngrid como una "persona dulce y serena, inteligente y adolorida con las heridas curadas. Ya no es la política activa e incluso antipática de antes de su secuestro, sino una mujer llena de compasión humana".

Ella cambió la acción por la reflexión, y así se refleja en su escrito. La periodista María Isabel Rueda, en la columna " Yo sí leeré a Íngrid ", dijo: "el propósito de no leerlo también es un acto de estupidez, habla muy mal de los colombianos".

Su última salida en falso hace varios meses, cuando demandó al Estado colombiano, fue recibida como una muestra de ingratitud. Ahora bien, se puede juzgar la actitud de Íngrid y hacer pública la decepción. Pero es penoso vociferar odio de la manera más cruel -que no la recibió el más grande de los capos, Pablo Escobar, ni los corruptos que se roban 4 billones de pesos al año-. Los comentarios de muchos colombianos, luego del lanzamiento de su libro, son muestra de nuestra sociedad intolerante.

A mi juicio, Íngrid retrata su mundo, el mundo del autor, ese mundo inmenso que convierte su escrito en profundas y fantásticas reflexiones sobre la dignidad que hay que tener cuando se lucha con una guerrilla desalmada, que permanentemente quiere doblegar nuestro espíritu.

Su capacidad narrativa nos lleva a esa tremenda adversidad que vivió durante tanto tiempo. Cuando empecé a leer sentí que estaba en la selva: veía, oía, sentía, tenía la temperatura del sitio, la humedad, los olores, los colores, la luz, las voces desalmadas y de desprecio de sus verdugos, que también son las de mis verdugos.

Menciona dos reflexiones hermosas: "a lo largo de mi soledad encadenada, aprendí que en la comprensión está la clave del perdón; y hay que orar, no por lo que nos espera sino porque haya pasado un día más de nuestras vidas".

Muchas obras cumbres de la literatura hubiesen sido sepultadas en la nebulosa del olvido porque sus creadores eran talentosamente detestables. He leído el libro de Íngrid porque está escrito con habilidad. Es un libro humano, sorprendente, que nos enseña que "no hay silencio que no termine".