Una marea de triunfos de derecha sacude América Latina rumbo a las elecciones colombianas del 21 de junio: Trump no inventó al outsider, lo potenció.
Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).
Los estadounidenses tienen el don de nombrar las cosas, o de mostrar pioneros. Ahora, cuando los outsiders políticos —aquellos que reniegan de los políticos y se paran en los debates públicos como una nueva clase que juega a sus propias reglas— se señala como pionero a Donald Trump. La figura se ha vendido como nuevos en América Latina —con sus aranceles, deportaciones y lanchas hundidas en el Caribe—. Sí es cierto que, dado el poder de Estados Unidos, muchos nuevos líderes se alinean con el magnate. Pero el outsider, del que hoy se habla en Colombia por cuenta de Abelardo de la Espriella, es un viejo conocido de la región.
Según decenas de editoriales de los principales medios —críticos— de Estados Unidos, la segunda presidencia de Trump es más confrontativa que la primera y combina guerra arancelaria, ofensiva migratoria, despliegue militar y, en ciertos casos, injerencia electoral directa. Sin embargo, lo que realmente está reconfigurando el mapa es un contagio ideológico: la región vive una marea de triunfos de derecha que se reclaman afines al trumpismo. Ahora bien, también son triunfos que llegan después de fracasos de gobiernos de izquierda en la región.
Conviene recordar esa genealogía, porque relativiza la idea de un fenómeno “nuevo”. El arquetipo del antipolítico —el antisistema que se presenta contra la “partidocracia”— tiene en América Latina casos fundacionales: Alberto Fujimori, que en 1990 ganó en Perú como el desconocido que derrotó a Vargas Llosa; Fernando Collor de Mello, en Brasil; Abdalá Bucaram, en Ecuador; e incluso, desde la otra orilla ideológica, el Hugo Chávez de 1998. Y fuera de la región, el verdadero precursor del molde Trump —el empresario-celebridad que entra a la política por la puerta de atrás— fue Silvio Berlusconi en la Italia de los noventa.
Veamos el panorama actual. Nasry Asfura ganó en Honduras con un respaldo explícito de Trump dos días antes de los comicios; el oficialismo aliado de EE.UU. retuvo el poder en Costa Rica; y el ultraderechista José Antonio Kast venció a la izquierda en Chile. Ahora siguen Perú, que define este domingo en segunda vuelta entre la derechista Keiko Fujimori y el izquierdista Roberto Sánchez, y Colombia, que el 21 de junio elige al sucesor de Gustavo Petro. Hacia fin de año, Brasil podría sellar el giro si Lula da Silva no logra reelegirse frente a Flavio Bolsonaro, lo que dejaría a la mexicana Claudia Sheinbaum casi sola en la orilla progresista.
El terreno es fértil porque el multilateralismo está en crisis. La cumbre CELAC-UE celebrada en Colombia en noviembre del año pasado reunió apenas a nueve jefes de Estado de sesenta invitados, mientras el bloque que sí se consolidó nació en Washington: el Escudo de las Américas, alianza de seguridad cuyo primer foro, celebrado en el pasado marzo en Miami, sumó a Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay y República Dominicana. En ese vacío de marcos colectivos, cada líder negocia solo. “El MAGA se mueve por impulsos”, resume Mónica Hirst, profesora de la Universidad del Estado de Río de Janeiro: cada vínculo es único y, de impulso en impulso, se va construyendo un nuevo orden.
El caso más puro es Javier Milei. El presidente argentino es el alfil ideológico por excelencia: su ministro Luis Caputo lo describió como “el fan número uno” del republicano, y Trump le devolvió el gesto llamándolo su “presidente favorito” y respaldándolo de forma inédita durante la campaña de medio término, que ganó el oficialismo. Ese apoyo se tradujo en hechos: un rescate financiero con el Tesoro de EE.UU. comprando moneda argentina, un acuerdo de comercio e inversión recíproca y un patrullaje conjunto del Atlántico Sur. La factura, eso sí, llega después: Washington exige limitar la presencia de China en el sur del continente.
Kast, en Chile, llegó al poder en marzo reivindicando el manual completo —control migratorio, mano dura, achicamiento del Estado, rechazo a las agendas progresistas— y posó con líderes afines en la cumbre del Escudo de las Américas antes incluso de asumir.
Nayib Bukele, en El Salvador, encarna la misma estética antiestablishment: convirtió su megacárcel CECOT en pieza clave de la agenda migratoria de EE.UU. y fue el primer mandatario latinoamericano recibido en el Salón Oval. A ellos se suman aliados más pragmáticos que ideológicos: Daniel Noboa en Ecuador, que viajó a Mar-a-Lago y abrió operativos antidrogas conjuntos; Santiago Peña en Paraguay, que firmó un acuerdo de “tercer país seguro” y mayor presencia militar estadounidense; y Asfura en Honduras, que viró la política exterior de su país apenas asumió.
No todos se contagian. Sheinbaum es la gran equilibrista: con cerca del 80 % de las exportaciones mexicanas dependiendo de EE.UU., elige mantener la “cabeza fría”, pausó los aranceles más altos a cambio de cooperación fronteriza y extradiciones de narcos, pero no aceptó el ingreso de soldados estadounidenses ni cedió en soberanía, pese a episodios tensos como la muerte de dos agentes en Chihuahua.
Lula da Silva juega al pragmatismo: respondió a los aranceles del 50 % recordándole a Trump que “no fue elegido para ser emperador del mundo”, y demostró que se puede negociar sin adular, aunque el republicano terminó recibiendo a Flavio Bolsonaro. Más discretos, José Raúl Mulino defiende la soberanía del Canal de Panamá sin romper con su principal socio comercial, y el uruguayo Yamandú Orsi cultiva el perfil bajo mientras estrecha lazos con China.
Entre los adversarios siguen Cuba y Nicaragua. Con Marco Rubio —hijo de exiliados cubanos— como una de sus caras, la administración llevó la presión sobre La Habana a niveles no vistos desde la Guerra Fría: embargo endurecido, bloqueo petrolero en 2026 y cargos contra Raúl Castro.
Daniel Ortega y Rosario Murillo, en Nicaragua, mantienen un discurso abiertamente antiestadounidense y cercanía con Beijing. La excepción es Venezuela: tras la captura de Nicolás Maduro, la presidenta encargada Delcy Rodríguez transita un inédito deshielo bajo condiciones impuestas por Washington.
Colombia elegirá el 21 de junio al sucesor de Petro, que tuvo varios choques abiertos con Washington: desde la arengas en contra de Trump en pleno Nueva York hasta los trinos salidos de cualquier dignidad de mandatario. Iván Cepeda parece que mantendrá esa línea; el derechista Abelardo de la Espriella ofrece un giro de 180 grados. De la Espriella no es un invento de Washington. Su irrupción es el ejemplo colombiano de cómo el estilo Trump —el outsider de discurso provocador— prende sin necesidad de que nadie lo importe formalmente.
El antipolítico latinoamericano no nació con Trump ni desaparece con él; es una figura cíclica que reaparece cuando la política tradicional se desprestigia y un sector del electorado busca a alguien de afuera que prometa barrer con todo.
El aporte verdadero de Trump quizá sea como acelerador y aval. Su éxito desde la mayor potencia del mundo volvió respetable un estilo que la corrección política mantenía a raya.
Toda esta teoría se confimará en pocas semanas en Perú y Colombia, donde dos figuras cercanas al modelo outsider parecen tener un apoyo mayoritario.