Mugs y gorras: así se vende hoy un escritor en Medellín
Lecturas corales, bandas de salsa, comediantes y mercancía oficial en las presentaciones de libros. Este análisis crítico sostiene que el diálogo sobre la obra pierde espacio frente a la historia personal del autor.
(Medellín, 1985) es profesor universitario de literatura, crítico y ensayista.
Me gustaría pintar un tríptico con escenas del ambiente literario local de este último lustro, una de ellas bastante reciente.
El cuadro de la izquierda tiene como paisaje el Teatro al Aire Libre Carlos Vieco. Sábado 23 de octubre de 2021. De esas noches sabrosas y frescas que tanto nos regala la ciudad. Allí, la agrupación Alcolirykoz, durante dos funciones consecutivas con boleta paga, presenta su disco Aranjuez. En un momento, entre aplausos, el escritor Gilmer Mesa (Medellín, 1978), vestido de negro, se trepa al escenario. La luz blanquecina del reflector lo circunda, como si estuviera al borde de una abducción alienígena. Con las manos temblorosas, Mesa sostiene una hoja que brilla con puntas aceradas. Durante los tres minutos siguientes, lee un texto de su autoría, a medio camino entre la crónica urbana y el manifiesto poético, con el que rinde tributo al barrio. El texto, en muchos sentidos, prefigura ya el ethos y el pathos de esa materia narrativa que, dos años más tarde, habría de tomar forma de novela bajo el mismo nombre.
En el de la mitad aparece el Teatro Metropolitano de Medellín. Martes 3 de diciembre de 2024. Bajo el lema “Letras vivas en escena”, se conmemoran, con amplio despliegue publicitario, los cinco años de la publicación de Cómo maté a mi padre (Angosta Editores; Lumen), de Sara Jaramillo Klinkert (Medellín, 1979). A la íntima puesta en escena, que incluye una lectura coral de la novela a cargo de los también escritores medellinenses Dany Alejandro Hoyos (1982), Lorena Salazar Masso (1991) y Juan Mosquera Restrepo (1973), por citar solo algunos, se suma un performance interartístico que combina las artes escénicas, la música y las palabras de la autora. El propósito, según se anuncia en la página del TMM, es acercarnos a la manera en que el libro (convertido ya también, y esto resulta sintomático, en audiolibro) se propone configurarse como “un lugar en el tiempo, un dolor en el cuerpo y una herida en el alma”.
A la derecha vemos el Teatro Camilo Torres de la UdeA. Es 12 de septiembre de 2026. Acompañado por Mesa, Dany Alejandro Hoyos presenta su segunda novela, Primavera (Penguin). Al igual que en el caso de Jaramillo Klinkert, el espectáculo, de ingreso gratuito hasta completar el aforo, incorpora momentos de marcado biografismo sentimental y cuenta, además, con la participación del improvisador y comediante Juan Pablo Martínez Toro, conocido por Perros Criollos y Los Parceritos, así como de una agrupación musical encargada de acompañar el diálogo con temas salseros, acaso uno de los principales nodos temáticos sobre los que se articula la novela.
***
Me gustaría pintar una escena más, una que entrelaza a Hoyos y a Mesa y que nos remonta al 24 de septiembre pasado. Hablo de la presentación en el teatrino del centro cultural y librería Te Creo, propiedad de Hoyos, de la “merch oficial” del autor de La cuadra, compuesta por camisetas, chompas y gorras estampadas, pero también de postales, “mugs” (nada de pocillos) y separadores con frases o motivos pictóricos alusivos a su obra. Se trata, sin duda, de un fenómeno que, en sintonía con lo ocurrido con Stephen King en los Estados Unidos hacia mediados de los años ochenta, permite asir las formas en que el campo de la producción publicitaria y el de la recepción del lector-consumidor se entrelazan para estabilizar, reproducir y modificar la imagen pública del autor con el propósito de alcanzar nuevos públicos.
***
El políptico -que ya no tríptico- que acabo de pintar ofrece una idea bastante nítida de cómo funcionan hoy, en la escena literaria de Medellín, tanto las formas de presentación pública de los libros como los modos en que los escritores construyen, negocian y ponen en venta su propia imagen.
A riesgo de pasar por nostálgico reaccionario y torremarfilista trasnochado, creo que atrás han quedado aquellos tiempos en los que la presentación pública de una novela, un poemario o una colección de cuentos consistía en asistir a un diálogo que, sin dejar de ser íntimo, propiciaba un acercamiento tanto intelectual como sensible (no sensiblero) a ese momento en que el libro, como diría don José Lezama Lima, había adquirido su “definición mejor”. En cambio, basta con ir hoy a uno de estos “eventos de ciudad” para advertir que ya no es cuestión de sentarse a escuchar una conversación sobre el libro, sus motivaciones, sus preocupaciones estéticas, sus vínculos con otros libros. Al diálogo se suman músicos, actores, comediantes, generadores de contenido, amigos del autor y, cada vez con mayor frecuencia, una larga incursión en eso que se ha dado en llamar el “espacio biográfico”, que no es otra cosa que un repertorio narcisista de historias personales, confesiones, episodios de infancia, dificultades, aprendizajes y toda suerte de revelaciones que terminan por acercar el encuentro literario al formato del podcast de superación personal masculina.
¿Y el libro? Bien, gracias. Al fondo a la derecha.
Lo que tenemos, entonces, es toda una puesta en escena que, bajo el pretexto de presentar una obra, introduce al público en la dinámica de una “economía de la experiencia” (extensiva a la gastronomía, el turismo, el deporte y la educación misma) donde la identidad del autor, su historia y su presencia escénica terminan convirtiéndose en el verdadero objeto de consumo.
***
Podría alegarse, con algo de razón, que nada de esto es nuevo; que el llamado “Boom”, con la feroz estrategia publicitaria desplegada por la Agencia Literaria Carmen Balcells, ya había recurrido a estrategias de construcción y promoción de la figura autoral, que en el caso colombiano condujeron al acuñamiento de expresiones tales como la de “García Marketing”. Pero lo que es cierto es que las dinámicas contemporáneas parecen estar llevando este proceso hacia nuevas formas de exposición pública y autoconstrucción mediática a las que el escenario literario de la Capital Mundial del Libro 2027 no ha sido inmune.
Todo esto apunta también, dicho sea de paso, a unas prácticas de sociabilidad literaria que, salvando las distancias, evocan el tufillo de las dinámicas de admiración mutua de jóvenes escritores románticos como Hugo, Lamartine, Gautier, Musset y otros, al tiempo que permiten observar las transformaciones que estas mismas han experimentado en el marco de una cultura de la celebridad, donde la explotación psicologista del espacio biográfico se articula de manera cada vez más estrecha con la mercantilización y la performatividad de la imagen autoral en tanto extensiones hipermediáticas de las obras literarias.
***
Por el alto nivel de exposición que ha tenido en las últimas tres o cuatro versiones de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, la Feria Internacional del Libro de Cali (FIL Cali) y la Feria del Libro de Bucaramanga (Ulibro) (por solo citar las de mayor envergadura), pero también por las comunidades lectoras que ha construido a lo largo y ancho de la Colombia urbana y andina, el fenómeno “Gilmer Mesa” (ya hoy convertido en trademark™, porque hasta logo tiene) es, tal vez, el más llamativo.
Y lo es porque constata la importancia de aquello que el sociólogo suizo Jérôme Meizoz denomina “postura literaria”, es decir, el mecanismo mediante el cual un escritor o escritora construye y proyecta una determinada imagen pública a través de sus modos de presentarse, hablar y narrarse, con el propósito de potenciar los alcances mediáticos y, por ende, comerciales de su obra.
En el caso del autor de Las travesías, creo que estamos ante una postura literaria que encuentra en las prendas y los lentes oscuros, la jerga coloquial, la explotación del libreto psicotrópico y/o etílico y las memorias barriales unos ejes más que idóneos para la configuración de una suerte de “neomalditismo literario”, à la Arturo Belano de Los detectives salvajes (1998). Una construcción de esta naturaleza, al tiempo que le asegura una mayor exposición mediática, confirma que esa mitología, como bien ha señalado Pascal Brissette en relación con los poetas decadentistas de fines del siglo XIX, cumple una función hermenéutica, toda vez que induce al público lector a vincular esos rasgos de la figura autoral con la calidad estética de la obra.
El éxito de este neomalditismo literario es tal que, al día siguiente del lanzamiento de su “merch oficial” (y acá va un panel más para el políptico), Mesa participó, en el Teatro del Bloque 14 de la Institución Universitaria de Envigado, junto con los también escritores Luis Miguel Rivas (Cartago/Envigado, 1969) y David Betancourt (Medellín, 1982), en un diálogo literario intitulado “Vivir, beber y escribir: una conversación no tan seria entre tres escritores”. Baste señalar lo eficaz que resulta ser, a ojos de este nuevo público consumidor de experiencias, la triangulación entre existencialismo, dipsomanía y creación literaria, cuando se le añade un interés por hacer del antiintelectualismo una estrategia de distinción.
***
Ligado a todo esto, aparece, ya para terminar, otra arista que toca nervios más delicados y que nos devuelve a ciertas discusiones de “ciudad”. Basta ponerle ojo a aquello que estas narrativas ponen en escena para darnos cuenta de la forma en que el delito, la periferia, la violencia y el significante “barrio” han ido ocupando un lugar cada vez más visible en la literatura latinoamericana de las últimas décadas.
Josefina Ludmer ya había llamado la atención sobre esta vuelta en su libro El cuerpo del delito (1999), donde examina la manera en que estos materiales ingresan en las llamadas “literaturas posautónomas”, esto es, escrituras que desdibujan las fronteras entre ficción y no ficción y que, por esa misma vía, ponen en cuestión los criterios con los que durante mucho tiempo hemos leído y juzgado la literatura. Ahí bien pueden caber la autoficción, las escrituras del yo y buena parte de las propuestas literarias actuales en Medellín, que, a decir verdad, parecen no tener horizonte espacial más que el del “barrio”.
No en balde advierte la crítica argentina que el mercado demanda “realidad brutal”, y con ella llegan los testimonios, la violencia barrial y las historias del llamado “margen”. El resultado, creo, es evidente, toda vez que el barrio, sus violencias y memorias dejan de ser motivos de búsquedas estéticas y se vuelven “merch oficial” y forma de consumo.
Si menciono todo esto es porque entre este nuevo libreto que hoy nos ofrece quienes son, tal vez, los escritores con mayor visibilidad en la ciudad y la triste realidad que, a través de la “mercantilización” de sus experiencias, viven desde hace varios años muchos de nuestros barrios, violencias y memorias (siendo “la 13” el caso paradigmático) existe un nexo indisoluble que da pie a una discusión que, al parecer, aún no queremos tener como ciudad y como lectores.
***
CODA: Hace dos años, por esta misma época, moría en Cali Umberto Valverde. Pienso en su Bomba Camará (Editorial Diógenes, 1972), en la elegante virulencia con la que Ricardo, en “La calle mocha”, se contonea por el barrio y despelleja esas mitologías hoy tan rentables. Pienso en el negro Losada, en Martica, en Ricardo, y me pregunto, ya no con perspectiva sociológica como se ha venido haciendo aquí, sino literaria, qué hay, pues, detrás de las obras de todas estas nuevas voces; en qué tradición se inscriben, cómo la tuercen; y en qué consiste, en síntesis, su valor estético. Pero me temo que eso, hoy, ya no amerita pagar boleta.
Juan Esteban Villegas Restrepo (Medellín, 1985) es profesor universitario de literatura, crítico y ensayista.