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Cada 20 horas un menor es reclutado en Colombia por grupos armados ilegales

El Centro Nacional de Memoria Histórica documentó 16.879 casos entre 1960 y 2016.

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Comunicadora social y periodista de la Universidad del Quindío, con más de 13 años de experiencia en cubrimientos judiciales y de orden público. Trabajó en Colmundo Radio, Colprensa y Caracol Radio Bogotá, cubriendo la Procuraduría, Altas Cortes, juzgados y la Defensoría, entre otros temas. También trabajó en Caracol Radio Medellín y como coordinadora de comunicaciones en la Alcaldía de Medellín (2021-2023). Actualmente hace parte del equipo de periodistas en la sección de actualidad de El Colombiano.

15 de febrero de 2026

Era septiembre de 1998. Recuerdo a mi madre separando mi cabello para hacerme unas trenzas que yo no quería. Hice berrinche. Aún puedo verme protestando frente al espejo, convencida de que ese era un problema. Cumplía diez años y mis papás habían organizado una fiesta de princesas para celebrarlo.

Ese mismo año, a miles de kilómetros de mi casa, Tatiana* también cumplía diez. Para ella no hubo fiesta, ni vestidos. A Tatiana, la guerrilla la reclutó en 1998. Los que debían ser jalones para trenzar su cabello, terminaron convirtiéndose en abusos sexuales y en violencias que ninguna niña debería conocer.

El contraste entre ambas vidas expone la dualidad de la niñez en Colombia. Hoy, cuando pienso en mis primeros diez años, me zambullo en recuerdos convertidos en privilegio. Para Tatiana, en cambio, esa primera década no es refugio, sino el inicio de una pesadilla. Fue rescatada años después por el Ejército, tras quedar en medio de un combate. Cuando la encontraron, no recordaba a su familia. Tampoco su vida antes del fusil. La guerra le arrebató incluso la memoria.

Los testimonios de reclutamiento son retazos de una colcha mal hecha sobre lo que es este delito en Colombia, y que en los últimos cinco años ha aumentado de manera grave. Organizaciones sociales documentan casos, pero advierten que el subregistro crece con la misma rapidez que el delito.

Los grupos armados son cada vez más violentos en sus métodos de intimidación. Amenazan a las familias para que no denuncien, para que no busquen, para que acepten el silencio. Se llevan a los niños y, con ellos, su historia.

“Yo quería entrar a ese grupo porque me sentía muy sola”

El testimonio hace parte de un compilado de casos documentados por la organización no gubernamental International Crisis Group.

Este es el de una menor de 14 años. Cuenta su historia como cualquier evento o episodio de su vida, no tiene rabia, miedo o remordimientos. Al final se salvó. Lo dice como quien recuerda una puerta que estuvo a punto de cruzar.

En su colegio era común ver hombres armados pasar frente a los salones. Fusiles terciados, botas enlodadas, miradas duras. “A mí se me hacía chévere”, admite. A la idea de pertenecer a algo, de tener poder, de dejar atrás los problemas de la casa, empezó a parecerle una salida.

Sabía que no era un juego, que allá pagaban y también sabía que mataban. Aun así, se contactó con uno de ellos. Se estaba yendo.

“Me contacté con uno de esos miembros del grupo. Él me dejó muy claras las cosas, que allá, como a muchos les endulzan el oído, les dicen que allá les dan plata, que allá es bueno. Él a mí fue muy claro. Me dijo que allá nos pagaban y que era muy duro [...] Yo le dije que sí, que yo quería entrar a ese grupo porque yo me sentía muy sola; tenía muchos problemas familiares. Y pues, que yo quería tomar esa decisión para supuestamente para librarme de los problemas”, contó la menor.

No se fue porque uno de sus familiares leyó sus mensajes a tiempo. Esa es la delgada línea que separa una estadística de una historia que todavía puede contarse en presente.

En Colombia, cada 20 horas un menor es reclutado o utilizado por grupos armados. En los últimos cinco años, este crimen creció un 300%, dejando a más de 1.200 niños, niñas y adolescentes arrancados de sus entornos entre 2019 y 2024.

Durante el primer semestre de 2025, según un informe de NiñezYa, 362.243 menores resultaron afectados directamente por hechos relacionados con la confrontación armada.

Lo grave es el subregistro. En muchos territorios denunciar es un riesgo y el silencio se impone. Detrás de cada número hay decisiones que se toman en la adolescencia, cuando la soledad pesa más que el miedo.

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“A los jóvenes les gusta experimentar”, dice un muchacho que aún no logra hablar de su hermana sin que se le quiebre la voz. En su vereda todo era tranquilo hasta que un grupo armado empezó a merodear. No se mostraban abiertamente, pero estaban. Siempre había un joven rondando. Conversando. Acercándose.

Su hermana cambió. Se volvió distante, callada y más pegada al celular. Un día no regresó. “Encendimos la moto y salimos a buscarla carretera abajo. Preguntamos en todas partes. Nadie sabía nada”. Lo que más le duele no es la incertidumbre, sino haber visto a su mamá llorar. “Ver llorar a mi mamá fue lo más duro que me ha pasado”.

Más del 60 % de las víctimas reportadas en 2025 son niños y adolescentes varones; cerca del 40 % son niñas. Los principales responsables, según la Defensoría, son estructuras armadas que hoy disputan territorios: el Estado Mayor Central concentra el 47,1 % de los casos; le siguen otras disidencias (15,6 %), el ELN (11,7 %) y el Ejército Gaitanista de Colombia (8,2 %), entre otros.

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Pero el reclutamiento no empieza con un combate. Empieza cuando alguien escucha a un adolescente que en su casa casi no habla con nadie. Cuando le prometen dinero, respeto o una familia que lo respalde.

“Vivo sola prácticamente”, cuenta otra niña que decidió vincularse a una iniciativa de prevención. “Hablé con mi papá le dije que yo iba a estar ahí, y me dijo: ‘Es su decisión’. Yo le dije pues voy a estar ahí porque me está gustando lo que están haciendo y porque ustedes también me dejan sola mucho tiempo, no conviven conmigo”.

Desde 1990, al menos 40.000 menores han sido reclutados en Colombia.

El Centro Nacional de Memoria Histórica documentó 16.879 casos entre 1960 y 2016. La Jurisdicción Especial para la Paz estableció que las antiguas FARC-EP reclutaron por lo menos 18.677 niños y niñas. La Comisión de la Verdad recogió más de 27.000 testimonios entre 1990 y 2017, aunque las estimaciones superan los 40.000.

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Cauca, Antioquia, Nariño, Arauca y Norte de Santander siguen siendo focos críticos. También Chocó, Huila, Valle del Cauca, Bolívar y Guaviare. Desde 2017, el Sistema de Alertas Tempranas ha emitido 349 alertas; 299 advierten riesgo de reclutamiento.

En promedio, cerca de 1.000 niños y adolescentes son vinculados cada año a grupos armados, según organizaciones.

El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar ha atendido a 8.232 menores desvinculados desde 1999 hasta octubre de 2025. Son víctimas que regresan con cicatrices invisibles. Órdenes que no querían cumplir, armas que no sabían cargar, decisiones que no debieron tomar.

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El reclutamiento forzado no es solo una cifra anual ni un delito tipificado. Es una ausencia múltiple, la del Estado que no llega, la de la familia que no logra sostener y la escuela que no alcanza a salvar.