América Latina

La confusión reina en Argentina

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20 de enero de 2015

La Argentina se siente como si la bomba de la AMIA hubiese vuelto a explotar veintiún años después. La muerte del fiscal especial del caso, Natalio Alberto Nisman, hundió al país en la confusión y promete alterar dramáticamente el futuro político inmediato.

En la última década, Nisman pasó de ser el hombre de confianza del kircherismo, nombrado justamente para investigar ese atentado, a acusar a la presidenta Cristina Kirchner, a su canciller Héctor Timerman y a otras personas de haber montado una conspiración para desligar al régimen de Irán de cualquier responsabilidad en el peor acto terrorista de la historia nacional.

Las hipótesis abundan y se ventilan con temeridad. ¿Asesinato y “quema de archivo” por orden de alguno de sus acusados recientes? ¿Homicidio, por el contrario, para perjudicar al Gobierno, para “arrojarle un cadáver” y precipitar su caída? Las investigaciones parecen (todo “parece” en un país poco acostumbrado a las certezas) apuntar al suicidio. ¿Inducido tal vez? En ese caso, ¿por quién?

Especulaciones aparte, lo que sí puede afirmarse es que el costo político será enorme para Cristina Kirchner y los precandidatos presidenciales oficialistas. La Argentina es un país dramáticamente polarizado, por lo que será imposible convencer a la legión de opositores más duros que el Gobierno que había sido acusado de encubrimiento no tuvo nada que ver en la muerte del denunciante.

En todo caso, sí hay un reproche que se le puede hacer a Néstor y Cristina Kirchner. Durante largos once años nunca atinaron a poner bajo el debido control democrático a un aparato de inteligencia en el que se desarrolló una brutal guerra de facciones, de la que Nisman fue parte.

Según algunos, el oficialismo intentó usarlo con fines políticos ilegales en su beneficio. Pero ese genio se salió definitivamente de la lámpara y ya no hay cómo volverlo a meter allí.