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El predicador musulmán a quien acusan de golpista

Fethullah Gülen expandió desde Turquía un movimiento que reconcilia al Islam. Erdogan lo llama “terrorista”.

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19 de julio de 2016

Las relaciones de Turquía y su eterno socio en Occidente, Estados Unidos, pasan por un momento intenso. Con mesura, el secretario de Estado de EE. UU., John Kerry, le ha pedido a su aliado presentar “pruebas, y no acusaciones”, de que el clérigo islamista Fethullah Gülen, asilado en Pensilvania, está detrás del fallido golpe de Estado.

Aunque el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha manifestado en los últimos días que su hipótesis sobre la asonada golpista amerita la extradición del intelectual, Kerry dijo durante una rueda de prensa en la Unión Europea que no ha recibido ninguna solicitud formal, y que para ese fin hay unos estándares jurídicos, entre los que está presentar “pruebas reales”.

De haberlas, continuó el diplomático, Estados Unidos “no tiene ningún interés” en impedir un proceso de extradición, pero advirtió su preocupación de que entre las más de 7.500 detenciones que ha habido desde la noche del viernes se cometan violaciones, la misma inquietud que expresó el portavoz de la Cancillería alemana, Steffen Seibert, para quien la pena de muerte “supondría el fin de las negociaciones para la adhesión” a la UE.

No obstante, la figura de un predicador musulmán de 75 años podría estar en el medio. La posible responsabilidad del golpe pesa por lo pronto sobre Gülen, un personaje influyente, que encarna la Turquía islámica moderna y cuyo movimiento social, que lleva su nombre, se ha expandido a través de escuelas, empresas, centros de pensamientos y medios de comunicación por 140 países.

De todas formas, la idea de que un hombre haya logrado desde el extranjero conseguir el peso político suficiente para mover a las fuerzas militares turcas y provocar desórdenes como los del viernes y el sábado, que dejaron 290 muertos, le resulta descabellado a Mauricio Jaramillo, internacionalista de la Universidad del Rosario.

Lo cierto es que de una u otra forma, las masas del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo líder es Erdogan, superaron con creces cualquier intención golpista.

Una ruptura con Erdogan

Es inédito que un movimiento, que brotó del Islam en los años 70, haya salido de las fronteras turcas, permeado la política de ese país y sea salvaguardado por Estados Unidos, donde grupos que causan terror en nombre de esa religión son perseguidos.

Pero es que el mismo Gülen es inédito. Considerado un moderado entre los musulmanes, “logró construir una línea que pregona buenas relaciones entre distintos credos del mundo”, destaca Carlos Humberto Cascante, director del Centro de Estudios de Medio Oriente y África del Norte, y añade que su visión transnacional consiguió aliados y se hizo fuerte en todo el mundo, “desde África, hasta América Latina, Medio Oriente, Europa y Estados Unidos”.

Sin embargo, aclara el experto, su uso de la educación como forma de adoctrinamiento de un Islam abierto a Occidente y de la religión como caballo de batalla han generado sospechas.

Según explica Cascante, aunque el clérigo obró bien entendiendo que los vacíos en el saber daban lugar a “atrasos en la forma como se vive el Islam”, e incluso permitió que esa religión conviviera sin obstáculos con la democracia y el libre mercado, sus tratos con el gobierno turco despertaron dudas sobre cuál era la misión de la corriente.

Los gülinistas, como se llama a sus seguidores, se aliaron con el AKP, teniendo en cuenta que tenían visiones cercanas sobre la religión. Allí, cuenta Paul Levin, director del Instituto Turquía de la Universidad de Estocolmo, adquirieron posiciones importantes y se convirtieron en una suerte de “mentores, cerebros y guías espirituales de las decisiones que tomaba el Gobierno”.

Así fue hasta 2013, cuando múltiples casos de corrupción salpicaron a las fuerzas oficiales y fueron publicadas a través de medios de comunicación del movimiento Gülen. Desde entonces, Erdogan cerró más de 20 medios, clausuró las escuelas fundadas por el clérigo y lo acusó de “terrorista”.

La reacción de los nuevos perseguidos, de acuerdo con Levin, fue “levantar un Estado paralelo, ingresar a las estructuras de la Judicatura, la Corte Suprema y el Ejército, que eran los únicos que faltaban por sentir el control de Erdogan”.

Así las cosas, el Gobierno intensificó una cacería de brujas contra cualquiera que pareciera seguidor del líder, cacería que se agravó después del golpe fallido y que de acuerdo con Levin, “podría llevar a muchas muertes de inocentes y a que muchos pierdan sus trabajos en los próximos días, si la comunidad internacional no vigila”.

Al experto le preocupa de todas formas que “cada vez los objetivos de Gülen se hacen más difusos y con mayor frecuencia al intelectual le preguntan: ¿Cómo hace usted para ser un educador, un político, un perseguido y un líder religioso y no haber tenido nada que ver con un golpe en su país?”.