Crece violencia policial contra afroamericanos en Estados Unidos
La muerte de dos afroamericanos a manos de uniformados lleva a cuestionar cómo es su entrenamiento y cómo opera la justicia cuando su actuar se basa en prejuicios.
Alton Sterling, de 37 años y vendedor de discos en Baton Rouge, Luisiana, y Philando Castile, un joven cocinero de una escuela primaria en Minnesota, son los afroamericanos número 122 y 123 asesinados por policías blancos en Estados Unidos.
Sus muertes violentas, entre el martes y el miércoles, tienen elementos comunes. Sucedieron en circunstancias de aparente indefensión: Sterling se encontraba en su puesto de trabajo, tirado en el piso, boca arriba y sometido por dos agentes cuando fue impactado, mientras Castile estaba dentro de su automóvil con su esposa y su hijo de 4 años.
Sus decesos, sin causa confirmada, fueron registrados en video, publicados en redes sociales y decantaron multitudinarias protestas que, a propósito, reabrieron la herida de la violencia policial y el racismo.
Y es que aunque en 2015, 346 personas de color fallecieron en ese país a manos de oficiales, según el Mapeo de Violencia Policial hay inequidades poco discutidas.
Los afro no solo tienen tres veces más posibilidades de ser asesinados que los blancos en Estados Unidos, sino que el 97 % de sus muertes no resultan en condenas, y cada vez es más cuestionada la idea de que los hechos suceden por actitudes violentas.
En su informe de 2015, el Mapeo revela que en los últimos años los departamentos de policía en ciudades de alta criminalidad, como Detroit y Newark, han asesinado consistentemente un menor número de personas respecto a los departamentos de policía de ciudades con tasas de criminalidad más bajas, como Austin, Bakersfield, y Long Beach.
“En lugar de estar determinada por los índices de criminalidad, la violencia policial refleja una falta de rendición de cuentas en la cultura, las políticas y las prácticas de las instituciones de vigilancia, como las investigaciones sobre algunos de los departamentos de policía más violentos”, dice Samuel Sinyangwe, activista afroamericano y analista de la iniciativa Zero, que busca acabar con el problema en Estados Unidos.
Para Emilio Viano, catedrático de la American University, si bien detrás de ese fenómeno de violencia está el racismo, también es claro que el entrenamiento para los policías no es el apropiado.
“Los educan en la agresividad, les dicen que tienen que tomar el control, demostrar autoridad, y que si el ciudadano muestra resistencia, hagan uso de la fuerza”, explica Viano, para quien lo que transmite esa pedagogía es que el uniformado debe acercarse al ciudadano como un enemigo.
A eso se suma que ni siquiera Estados Unidos está suficientemente desarrollada una estrategia para excluir del servicio de policía a personas con problemas mentales o con tendencia a la violencia. “Por eso, estas personas, que tienen la facultad de decidir la vida o la muerte, actúan cegados con sus propios prejuicios”, advierte.
Pese a estas falencias, Falcon Heights, uno de los representantes de la Unión Americana de Libertades Civiles, insiste en que debe haber mejores vías para la policía, “un enfoque no nos deje con un número tan desproporcionado de personas de color heridas y muertas”, y sugiere que, por ahora, estos hechos sean asumidos por entidades independientes, ya que “se ha demostrado que nuestra justicia es incapaz de llevar una investigación exhaustiva y objetiva de estos trágicos sucesos”.