Generación

La vida sensible de Angélica Teuta, la artista que ganó el Premio Luis Caballero

Arquitectura emocional: Cobijos y moradas, obra ganadora del decimotercer Premio Luis Caballero, condensa más de veinte años de trabajo de la artista Angélica Teuta. Lejos de proponer una huida del mundo, la obra invita a habitarlo de otro modo: desde el cuerpo, la escucha, el juego y la construcción colectiva de refugios posibles.

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Periodista. Interesada en la historia de la ciudad, la vida cotidiana y el arte.

hace 2 horas

Volver blando un cubo geométrico —la Galería Santa Fe— hasta convertirlo en un refugio fue lo que logró la artista Angélica Teuta con Arquitectura emocional: cobijos y moradas, obra ganadora en 2025 del reconocimiento más importante del arte contemporáneo en Colombia: el Premio Luis Caballero.

Otorgado desde 1996 por el Instituto Distrital de las Artes (Idartes), en Bogotá, el premio convoca a artistas mayores de 35 años y con más de diez años de trayectoria a desarrollar un proyecto nuevo, ambicioso e inédito. El proceso dura casi un año y se evalúa en tiempo real.

Angélica nació en Medellín, estudió Artes en la Universidad Nacional de Colombia y pronto entró al circuito de las galerías de arte de la capital, adonde llegó cuando tenía doce años. Comenzó su carrera con instalaciones hechas a partir de retroproyectores de acetato como Bosque para espacio interior (2008), que hizo que se destacara por su capacidad de crear atmósferas inmersivas, esculturas de luz y sombra que lograban producir sensaciones de encierro y claustrofobia, y donde ya aparecía su inquietud por la falta de conexión con la naturaleza. En ese momento de su carrera todo parecía estar en su lugar, pero en el fondo ella sentía que algo no terminaba de encajar.

—Más que producir obras como si fueran objetos, el arte me estaba pidiendo más, una misión, un proyecto de vida —dijo en una entrevista que le hicieron durante el montaje de la exposición, que estuvo abierta al público entre el 23 de agosto y el 19 de octubre del año pasado, tiempo en el que las jurados del premio —Ana María Cifuentes, Ana María Lozano Rochas y María Sol Pino— pudieron recorrer su obra y comprender de qué se trataba.

Esa incomodidad que empezó a sentir la hizo moverse de sitio en sitio, viviendo como nómada en residencias artísticas en varios lugares del mundo, hasta que en 2013 finalmente se estableció en Nueva York para cursar la maestría en Artes Visuales de Universidad de Columbia, con una beca de Jóvenes Talentos del Banco de la República; llegó con un proyecto llamado Óperas plásticas, donde exploraba la instalación como una situación capaz de contener todas las disciplinas del arte.

En la facultad de artes su obra siguió dialogando con la arquitectura y el diseño, pero empezó a abrir su exploración hacia otros campos como la biología, la botánica y los saberes ancestrales. Ahí, en medio de ese cruce, el proyecto encontró su nombre: Arquitectura emocional.

Fue una maestra quien le habló por primera vez del manifiesto homónimo del arquitecto y escultor alemán Matías Goeritz: “El hombre de nuestro tiempo aspira a algo más que a una casa bonita, agradable y adecuada”, planteó el artista en 1953, tras huir del nazismo y refugiarse en México; “pide —o tendrá que pedir un día— de la arquitectura y de sus medios y materiales modernos una elevación espiritual; dicho de manera sencilla: una emoción”.

A pesar de estar de acuerdo con sus planteamientos, Angélica sintió que era muy distante de su experiencia personal, así que decidió apropiárselo y responder desde otro lugar: “Desde el ser colombiana, mujer, bisexual y poliamorosa”.

Si Goeritz había formulado su arquitectura emocional como una reacción espiritual al racionalismo moderno del siglo pasado, ella entendió que, en su caso, no podía separarse del cuidado, de lo colectivo ni de la relación con lo vivo en pleno siglo veintiuno.

Un mes después del anuncio, estamos hablando por una videollamada sobre cómo se siente con un premio que reconoce el valor de una búsqueda personal de más de veinte años que se materializa en su obra. Es el primer día de enero del año nuevo y, al fondo, se oye el rumor del río San Luis y las risas de la manada queer que decidió adoptarla antes de su partida hacia la Sierra Nevada, a donde irá a buscar el inicio de un nuevo ciclo.

—Lo que he aprendido es que a nada que es importante se llega de frente — me dice después de un rato en silencio.

Por eso este recorrido se despliega en espiral, atravesando los cuatro mundos que componen su arquitectura emocional, comenzando por un principio que parece un final.

Primer mundo: el cobijo

La sensación era líquida. Uterina. Los retroproyectores de acetato dibujaban en las paredes siluetas primitivas de algas y helechos, como si en el galpón gris de la galería se respirara el mismo tiempo de los dinosaurios.

—Parece una madre vieja —dijo un kogui de la Sierra Nevada apenas cruzó el umbral de la Galería Santa Fe.

En su cosmovisión, la madre vieja es la primera naturaleza: lo que existía antes del sol, la luna y las estrellas. Angélica no había hecho esa relación desde los saberes de las comunidades uitoto, muisca, nasa ni emberá chamí con los que venía hablando desde el 2019, pero al escucharlo sintió que algo se completaba. Lo que había imaginado no era un útero humano, sino una matriz más antigua, una naturaleza primera capaz de contenerlo todo.

Su contacto con estas comunidades comenzó cuando era docente en la Universidad de Antioquia, a través del programa UdeA Diversa y de la Licenciatura en Pedagogía de la Madre Tierra. Fue entonces cuando la invitaron a construir junto a los Munuimurui (Huitoto) una Anáneco o casa de pensamiento, que en su lengua significa mujer embarazada. Para sorpresa de todos —y de nadie— se tardaron nueve meses en construirla, y terminaron apenas unos días antes de que fuera declarada la pandemia.

Después estuvo en San Antonio de Prado, trabajando con la comunidad Embera Chamí, junto a Marlín Tascón, y con ellos entendió que la casa de pensamiento era un espacio donde la palabra se sienta y circula. Más tarde, en el Cauca, acompañada por Estefanía García e Edison Quiñones, comprendió que los proyectos se caminan, se preguntan y se dejan afectar por lo que se vive.

—Antes que la imagen, antes que la palabra, el oído es el primer órgano que se desarrolla —me sigue explicando para entender cómo se recorría su obra expuesta en la galería—. Por ahí nos llega la primera información del mundo, es decir, el latido del corazón y las tripas de la madre.

Así que este primer refugio entraba por el oído y por eso lo llamó escucha corporal, escucha plural, en donde el artista sonoro Jaime Carvajal propuso una serie de composiciones sonoras pensadas para incidir en la postura del cuerpo: obligarlo a agacharse, a tirarse al piso, a cerrar los ojos. Los sonidos —grabados en ríos y territorios de estas comunidades ancestrales— envolvían al visitante en una escala donde la gente, sin darse cuenta, se hacía pequeña, como si fueran bebés.

—Este cobijo no era una construcción humana —recuerda—. No sabemos si nació antes que nosotros o con nosotros, pero siempre ha estado ahí para acompañarnos.

Segundo mundo: la guarida

En medio de la galería, estructuras tejidas con lanas, hilos y fibras de colores intensos formaban cuevas, madrigueras, pupas suspendidas, cavernas colgantes y oscuras que invitaban a entrar. Cada cuerpo tejido podía ser nido y cueva al mismo tiempo.

—Este es el mundo animal, salvaje —dice ella señalando con sus dedos el lugar de la guarida en la cartografía que ha dibujado y que me enseña a través de la pantalla para que yo entienda.

Aquí el refugio era una crisálida. Un video en cinco capítulos mostraba la metamorfosis de la larva a la mariposa en una pasiflora. Un lugar donde algo se transforma sin ser visto.

—Como cuando pasamos por una crisis muy fuerte —dice ella cerrando los ojos— y el cuerpo necesita un lugar oscuro donde pueda recogerse.

Por eso invitó a la dramaturga trans Juli Guerra a escribir el guion del video que acompañaba el recorrido, y junto a la escritora Isabel Botero propusieron La escritura es una cuerda. Laboratorio de experimentación del yo. Una cuerda para salir, pero también para entrar más hondo de sí mismo a través de la escritura.

—El mundo trans entiende muy bien estos procesos desde el cuerpo —dice—, y no estamos hablando solo del cambio de género. La metamorfosis, sea una ruptura amorosa o el final de una vida compartida, implica morir para volver a ser otra cosa.

Tercer mundo: la morada

Después del recogimiento, el mundo que se abría en la galería tomaba la forma de un parque de juegos hecho con bricolaje callejero. Un parque construido en Latinoamerica con malicia indígena, es decir, con una inteligencia colectiva para construir con lo que hay.

—Las moradas aquí ya no son refugios que existen sin nosotros, como los cobijos. Son las que construimos con nuestras manos y aparecen cuando alguien decide quedarse, levantar algo, armar un espacio con otros. Es una decisión colectiva. Y también política.

Tras su regreso a Colombia en 2016, Arquitectura emocional salió del formato de museo y comenzó a tomar otras formas en talleres, universidades, bibliotecas y barrios periféricos. Uno de esos lugares fue Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá. En proyectos como Ciudad de los niños y Habitar la pregunta ya era cómo se construye comunidad desde el cuerpo, el juego y la emoción; y cómo una morada puede ser también un ensayo, una prueba, una negociación constante entre quienes la usan.

—Aquí aparece la colectividad y en el mundo en el que estamos viviendo ahora, poder conectarnos con otros es fundamental.

En su cartografía este mundo se activaba con las manos y los pies. El contacto con la tierra y aprender del equilibrio.

Cuarto mundo: la madre

En este punto del recorrido los visitantes de la galería comprendían que no se llegaba al último mundo sino que se entraba a su corazón, a la casa madre.

—En el Cauca entendí la importancia del caminar en espiral —y hace un gesto circular con sus manos—. No sé si llamarlo trance, pero es una disposición mental distinta.

Para llegar a la tulpa, que es la casa de pensamiento de este pueblo indígena, primero se recorre la chagra, luego se vuelve caminando sobre los propios pasos y solo después se entra al centro, donde están las abuelas piedras con el abuelo fuego. Es un ritual que tiene que ver con el tiempo, la observación y la escucha.

—Este rito prepara el pensamiento y abre el corazón —me explica—. Y eso mismo pensé para la instalación.

El pueblo Nasa aceptó hablar con Angélica por algo que no comprendió del todo en ese momento. Le dijeron que ella hacía parte del Pachakuti. Después lo entendió como una vuelta del tiempo y del espacio, un cierre y un comienzo. En un pagamento le dijeron que su deber era volver a Bogotá y abrir una conexión con los muiscas. Más tarde, en un trasnocho de cacao en Suba, tuvo una visión.

—Entendí que era puente —dice—. Que mi trabajo como artista era generar, a través del arte, un puente con estas conexiones.

La casa madre fue, aquí, una construcción utópica. El techo de cartón y madera estaba suspendido en el aire, mientras en el suelo las plantas de coca, amarrabollos, sábila, palma real, romero y un borrachero morado cerraban el círculo, como si fueran su anclaje en la tierra. Como ella no tiene potestad para crear una casa de pensamiento —que requiere gestar comunidad, tiempo y compromiso—, la casa no podía tocar el piso.

Aunque fueron solo dos meses, todos los sábados por la tarde la casa se abría con encuentros de palabra guiados por sabedores de distintas comunidades y con lecturas de cartas foliares realizadas por siete yerbateras —incluyéndola a ella—, un ejercicio que buscaba reconectar a las personas con sus plantas de poder.

—Parecía una lectura del futuro, pero lo que hacíamos era tratar de enseñarles a las personas más sobre las plantas que sobre ellas mismas.

Epílogo de los mundos

La noche en que publicaron la resolución del premio Angélica no podía mirar directamente la pantalla: le ardían los ojos. Catalina del Mar, amiga yerbatera que estaba de visita en su casa de Belén, le propuso hacer un ritual de sananga cuando la sintió triste. Las gotas —un colirio tradicional amazónico hecho con el polvo de la raíz del arbusto Tabernaemontana undulata— queman. Obligan a cerrar los ojos. A quedarse quieta. Los pueblos indígenas brasileños la usan para agudizar la visión y liberar bloqueos energéticos y emocionales.

—Dicen que te lleva a un lugar donde el corazón se conecta con el pensamiento, y pensé que esa obra hablé de emociones del bienestar, pero ahora me pregunto si no debo hablar también del malestar.

Al día siguiente, todavía con la vista nublada, contestó una llamada administrativa de Idartes para pedirle unos papeles.

—Mire bien su correo —le dijeron.

Al principio pensó que se trataba de un trámite más, pero cuando entendió de qué se trataba, empezó a llorar. Lloró tanto que al funcionario del otro lado de la línea también se le quebró la voz.

Los cuatro refugios de los que hemos hablado llegaron mucho antes de que su obra se llamara Cobijos y moradas. Antes de los rituales, incluso antes de pensar que podría convertirse en un libro o en una exposición. Angélica empezó a imaginarlos como lo haría cualquier animal: un lugar para dejar de huir.

Recuerda que en 2016 no sabía tejer como las otras mujeres de su familia y eso siempre la había hecho sentirse un poco fuera del clan. Ese año tejió junto a su madre una obra colaborativa llamada La carpa de mamá, en la que usaron todas las prendas que ella le había tejido cuando era una niña.

— Si miras bien, mi obra está muy cerca del tejido —me dice—, y fue porque mi mamá se murió de leucemia un año después de la obra. Antes de eso yo unía retazos, pero a partir de entonces empecé a tejer.

Angélica tenía treinta y dos años cuando eso sucedió, y la pérdida de su ser más querido le despertó una urgencia: ser la siguiente madre. Lo intentó y no ocurrió, pero haciendo el duelo fue entendiendo otra cosa.

—Me di cuenta de que ser madre no era solo algo físico. Había otras maneras de intentarlo, otros lugares para serlo.

Con el tiempo, ese pensamiento se infiltró en todo: en la forma de armar equipos, de sostener procesos, de vivir las relaciones. Se empezó a cuestionar hasta la noción de familia heredada —porque es así— y a reconocer otras formas de hacerla.

Por eso hay personas que llevan más de once años caminando con ella. Julián Carvajal es una de ellas: productor, fabricante, coordinador de montaje. El que sabe cuándo una idea necesita aterrizar y cuándo conviene dejarla crecer un poco más.

—Él conoce mis excesos —dice Angélica—. Y sabe cómo acompañarlos.

Andrés Falaz, Cami Durango y Santiago Mira, que llegaron como estudiantes. Con ellos, la docencia dejó de ser vertical y una obligación medida en horas para convertirse en un espacio de cuidado. El estudio dejó de ser solo un lugar de producción y se volvió un espacio de convivencia.

—La forma como trabajo con mi equipo se volvió familia —dice.

Hace tres años, junto a María Collado —curadora e investigadora del proyecto—, y María Carolina Ardila, la arquitecta que ablandó el cubo de la galería, se sentaron a ordenar un archivo de nueve años de trabajo. Encontraron treinta y dos proyectos entre instalaciones inmersivas, procesos comunitarios, experiencias híbridas, laboratorios y talleres que, al mirarlos en conjunto, les permitieron entender que aquello ya no era solo una búsqueda. Fue María Collado quien la alentó al ver que su obra ya tenía metodologías, dispositivos, premisas claras.

—No es primero la palabra sino la experiencia artística, y para mí El Caballero era la construcción de un libro, pero de forma experiencial.

Si ganaba, el premio serviría para la financiación del libro final de su obra, pero mientras la exposición estaba en marcha, algo se movió. Lo que parecía cerrado empezó a pedir otra cosa.

—Espiritualmente me dijeron que todavía tengo que pasar por otro proceso.

Por eso lo que viene ahora no es solo un libro ni una obra más. Es otro tiempo. Hacer otra manada. Ir a la Sierra Nevada. Escuchar. Dejar que el cuerpo termine de entender lo que la mente aún no puede. Volver a caminar en espiral. Y en el camino, seguir construyendo refugios para dejar de huir.