Generación

Antonio Caballero o el placer de hacer lo que a uno se le da la gana

Por el quinto aniversario de su muerte, la editorial Penguin Random House reeditó tres libros –de diez en total– que incluyen joyas inéditas sobre la obra de uno de los más completos periodistas de la historia de Colombia.

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Periodista y politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá. Máster en audio digital y pódcast del Centro de Estudios Superiores Barreira en España. He desempeñado distintos roles en Colmundo Radio, El Tiempo y Noticias RCN. En EL COLOMBIANO cubrí al presidente Gustavo Petro y actualmente soy el editor de Actualidad que abarca temas políticos, judiciales, de salud e internacionales. Cocinero aficionado, melómano y cinéfilo.

hace 10 minutos

“¿Qué quiere que le lleve, maestro? ¿traguito?”, le preguntó Carlos Mario Gallego —caricaturista (“Mico”) y humorista (“Tola”) de Tola y Maruja— a Antonio Caballero un mes antes de su muerte en septiembre de 2021. Cinco años ya. El escritor bogotano, que bien podría ser descrito como crítico de arte, comida y toros, historiador, columnista, humorista, sibarita y periodista (en ese orden), siempre dijo que era, fundamentalmente, un caricaturista.Quizá por eso llamó a Gallego y le pidió escuetamente que solo le llevara a la capital el libro Trazos de Elkin Obregón, editado por Eafit, para leerlo en sus días de hospital, sin saber que iban a ser lo últimos. Obregón había muerto en enero de ese mismo año y dejó una biblioteca personal que hoy cuida Luis Alberto Arango en la librería Palinuro, en Laureles. Caballero y Obregón compartían los trazos, los toros, el arte. Y el placer —¿o el arte?— de hacer lo que se les diera la regalada gana.

Pero lo de Caballero es excepcional. Quizá no hay un periodista en la historia del país que haya dejado una obra tan variada tanto por los temas como por la mirada; lo suyo va más allá de la erudición heredada de los Caballero —hijo del escritor Eduardo Caballero Calderón, sobrino del humorista Lucas Caballero “Klim”, hermano del pintor Luis Caballero y de la escritora Beatriz Caballero—. Tiene que ver más con el placer, que va atado a la belleza y a los excesos, por supuesto. Así lo definió en una entrevista con Carolina Sanín en 2015 sobre la felicidad, que para Caballero podía estar más cerca de Séneca y los estoicos: “Vivir conforme a la virtud y a la verdad”, idealmente. Decía que solo lo aplicaba “cuando estoy haciendo algo que implica responsabilidad. Y la mayoría del tiempo no estoy haciendo cosas que impliquen responsabilidad, por ejemplo, con respecto a mí mismo, al organismo (...) he fumado, he bebido, he cometido toda clases de excesos a sabiendas que eso no me conduce a la felicidad, pero sí al placer (...) la autodestrucción puede ser un placer”.Y lo fue para Caballero, que vivió hasta los 76 años como quiso y al final como pudo, pues una enfermedad en los nervios hacía entumecer sus manos y pies con dolor.

La mayoría de la gente lo debe recordar por sus columnas de opinión en varios medios importantes ya no solo de Colombia sino del mundo. Tenían su marca inconfundible por la calidad de su pluma; para él, dicen sus cercanos, importaba lo mismo el qué: ser implacable con los poderosos, por ejemplo, y el cómo: hacer digerible, elegante y divertido un texto. Cuenta Enrique Santos Calderón que un miembro de la oligarquía bogotana –como Caballero– le dijo alguna vez: “Su amigo Caballero es un hijueputa, pero qué bien escribe”. Lo de hijueputa tiene que ver con la molestia que le producía a su clase social que un hijo de ellos los criticara sin pudor. Pero la incomodidad de los aludidos se extendía a los militares, a los gringos, a los paras, a los guerrilleros, a los corruptos, a los presidentes de turno, a los animalistas y hasta a las feministas, más recientemente.En los años 80, tuvo que exiliarse a España por las amenazas, con un costo alto para su familia: principalmente estar lejos de su hija Isabel, a quien le dedicó un bello libro de cuentos infantiles Isabel en invierno (1989).

“Mi papá era sobre todo tímido. También por eso pasaba por huraño y serio (...) mi relación con él fue muy... no sé cómo reducirla en una palabra (...) La relación fue a distancia muchos años cuando vivía en España, pero nos veíamos con frecuencia y hablábamos mucho por teléfono. Era duro, era crítico, todavía tengo la voz de él cuando escribo, esa crítica de la que ni yo me salvaba. Al mismo tiempo recuerdo la sensibilidad en su forma de escribir”, cuenta Isabel Caballero Samper en diálogo con GENERACIÓN.¿Se puede ser así de arrojado con la pluma y el lápiz y ser tan tímido? Al explorar la obra completa de Caballero, que incluye más o menos 25 libros, todos muy distintos, la respuesta es que sí. En un ser tan adusto puede habitar la ternura, la complicidad, el amor. Y el placer, siempre el placer.“Cuando se sale de la política para hablar de otros temas se ve mucho esa sensibilidad de mi papá, en cómo de chiquita me contaba cuentos, toda la mitología griega: las historias de Hércules, La Iliada, La Odisea, que me las contaba como historias de dormir. Tenía toda esa cultura, pero la sacaba de una manera muy sensible en su relación conmigo”, dice Isabel.Algunos de sus libros se reeditan y venden bien y otros sin reeditar ya no se consiguen, pero hasta hace poco. Porque este septiembre, cuando se cumplen cinco años de la muerte de Caballero, la editorial Penguin Random House publicó tres libros —de diez en total— que abarcan una parte representativa de su obra: Sin Remedio, su única novela, dedicada a Bogotá, que es “un larguísimo poema, así sea en prosa”, como él mismo decía.

También reeditaron Historia de Colombia y sus oligarquías, un extenso libro de historia con caricaturas que ayuda a entender por qué somos como somos: “La historia de lo que hoy es Colombia comenzó mal desde que la conocemos, con los horrores sangrientos de la Conquista. Y siguió peor. Esperemos que empiece a mejorar antes de que termine”, dice en el prólogo.

Y el tercer libro es Mientras pasaba por ahí, que es una extensión ampliada y mejorada de Paisaje con figuras, publicado por El Malpensante a finales de los noventa. Esta edición incluye crónicas, entrevistas y ensayos sobre arte que abarcan más seis décadas: la pieza más temprana es de 1961, cuando aún era estudiante del Gimnasio Moderno, y la más reciente de 2020, el año pandémico antes de su muerte.

El editor encargado de la selección y los prólogos fue Mario Jursich, editor mítico de El Malpensante, amigo y admirador de Caballero. En conversación con esta revista, Jursich dice que “los placeres de la buena mesa eran para Antonio los placeres de la buena escritura. Así como uno disfruta una cena bien elaborada, Antonio cocinaba sus artículos para que el lector se los comiera con el mismo deleite”.El proyecto de Penguin, de la mano de Isabel y Jurish, no se reduce a reeditar la obra sino “que tengan algo que se pueda considerar valor agregado (...) Fue un trabajo en varios frentes. Es que hubo épocas de su vida en que escribía hasta tres columnas a la semana. Lo que hemos estado haciendo es reconstruir todo lo que Antonio escribió en diferentes medios. Incluso, escribía sobre moda; era un escritor con una paleta muy amplia”, dice el editor.La búsqueda por esas “joyas” implicó un trabajo de archivo ambicioso durante los últimos dos años. “Lo que fuimos descubriendo es que Antonio empezó a llevar a Tipacoque (Boyacá) —donde se asentó su familia— cajas de cartón con multitud de materiales. Eso permitió que aparecieran dibujos de la época en que vivió en París y que son muy poco conocidos, o una versión de Sin Remedio que tiene fragmentos tachados, o cuentos a medio hacer. Incluso, textos de género indefinido que a veces parecen notas de un diario”, agrega Jursich.Las ediciones que los lectores van a encontrar en librerías incluye textos inéditos y variados. Por ejemplo, una carta enviada a la poeta María Mercedes Carranza sobre los invitados que Caballero consideraba debía tener un evento en la casa de Poesía Silva, burlándose, uno por uno, de la socialité bogotana de la época; termina diciendo: “Y eso que me quedaron faltando Nora, los niños y yo. Pero no los invites. Un beso, Antonio”.

También hay un cuestionario extenso de un profesor gringo, Corey Shouse, que dedicó su tesis doctoral a Sin Remedio. Caballero le responde todas las preguntas con detalles, no sin devolverle la lambonería con sorna:

“No sé si usted conoce un corto texto del guatemalteco Augusto Monterroso en el que dice (más o menos) que a un escritor cualquier elogio que no sea ‘usted es el más grande escritor de toda la historia de la literatura’ le parece un poquito mezquino. Se lo menciono porque cuando leí en su carta que ‘sin exagerar, opino que Sin remedio es una de las más importantes novelas escritas en los últimos veinte años en Colombia’ me sentí halagado, claro, pero a la vez el elogio me pareció un poco... sí, un poco mezquino”.

Y en la colección de “joyas” raras hay un discurso de Caballero en un evento de la Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica en Medellín, realizado en 2006, titulado La manipulación de la belleza. Mejor no hago spoilers.

Los seguidores de Caballero compartimos la sensación de que su obra parece infinita o, para no exagerar, que siempre tiene vigencia. Sus textos, aún atados a la coyuntura —El oficio de opinar, otra antología de lujo—, se pueden leer hoy y parecen escritos ayer: cambian los protagonistas, pero sus reflexiones, como dice Jurisch, conservan la capacidad de “parecer escritas contra el presente, cualquiera que sea ese presente”.

Por eso en la vida es mejor quedarse con ganas de más. En un autor basta con una muy buena novela (Sin Remedio); un delicioso texto de cocina (Comer o no comer); un divertido libro de entrevistas (Patadas de ahorcado); un manifiesto magistral de toreo y de belleza (Toros, toreros y público); una lección de arte y estética (Paisaje con figuras); una declaración de intenciones (No es por aguar la fiesta) y una declaración de amor (Isabel en invierno).

Caballero, sin querer darle lecciones a nadie, decía en 1994 que “un escritor no debe escribir sino los libros que tiene de verdad que escribir. A muchos les ha pasado que por no tener más que un libro que escribir, escriben todas las veces el mismo libro (...) en arte se debe tender a suprimir lo superfluo”.

Por eso Caballero escribió y dibujó lo que se le dio la gana, hasta lo superfluo. En una sociedad acostumbrada a la mal llamada “productividad”, convendría revisar si más bien hacer lo que uno quiere, —o leer a Caballero—, o no hacer nada, es más “productivo”. Usted decida.