Crónica desde Angostura, Antioquia, la tierra de un bendito y un maldito
En Angostura, en el norte antioqueño, el turismo religioso por el padre Marianito convive con un proyecto cultural que rescata el legado del poeta Barba Jacob.
Lo primero que uno podría decir sobre Angostura es que no es tan angosta. Su territorio se explaya en el norte de Antioquia en medio de unas montañas verde pera y azulosas, que se ven en lontananza, después de que la vía comienza a descender desde Yarumal.
Uno pensaría además que es muy lejano, pero tampoco. Realmente el viaje se hace breve porque mientras se llega puede otearse un paisaje de verde en distintas tonalidades que le dan esos hatos ganaderos y los cultivos de caña y de café. Y entonces cuando el carro empieza a desbarrancarse, en menos de lo esperado, se topa la mirada con una inmensa imagen en cerámica del padre Marianito que da la bienvenida, y entonces se sabe de la cercanía del pueblo que se esconde en la hondonada.
Su zona urbana es muy pequeña. Dos o tres calles paralelas que se acuestan y dos o tres carreras perpendiculares que desembocan en un parque todavía empedrado. Un templo se enseñorea como en todos estos pueblos rezanderos, y hay imágenes aquí y allá del Marianito, y claro, está el quiosco en el parque donde la gente llega a escuchar músicas románticas, montañeras mientras se disfruta de un café de los tantos que aromatizan estas montañas o una cerveza, -un roncito- y ver a las señoras que van a misa cuyos tacones se enredan en el empedrado.
Angostura aparece recomendado como pueblo de turismo religioso. La figura de Marianito (Euse Hoyos, nacido en Yarumal y muerto en estas breñas) está en paredes, afuera de las casas; está en todas partes. Pero este pueblo de largas vegas dedicadas a la caña, al café, al ganado, y por donde descuelgan o se abren paso amplias fuentes de agua que riegan la región y alimentan micro-centrales de energía, está lleno de razones para ir a visitarlo.
De entrada, pues, no se entiende lo de angosturas. Aunque dicen que angosto sí era el rio Dolores donde nació originariamente el pueblo. Y habrá que creer.
Más allá de creer, creérsela
El alcalde local no se amaña en la oficina y prefiere conversar en el parque, sobre cuñas y recuñas del piso. Agacha su cuerpo para mostrar cómo hay una hilera muy ordenada de piedras, como puestas, tan filaditas, con escuadra, y otras al lado que van un poco más desordenadas. La gente pasa a saludarlo “buenos días, Nacho”. Muchos ni siquiera conocen su nombre: Víctor Ignacio Medina Gómez, ingeniero ambiental, entrando a sus 40 y que aún estudia una maestría en Desarrollo rural.
Nacho no habla de obras de infraestructura o de conflicto armado. Si bien tiene mucho para contar sobre placahuellas (en especial una que unirá a los campesinos de las veredas La Trinidad, Santa Ana y San Alejandro), o del apoyo a proyectos productivos para cafeteros y ganaderos, no esconde ni niega la presencia de armados en el vasto territorio (casi 400 kms2 de montañas), prefiere por estos días hablar de cultura y de turismo.
Desde la plaza fija la mirada en las montañas al fondo de los techos de barro -en sentido nororiente- para intentar contar el origen de este poblado. “El territorio de Angostura era un cruce de caminos de gentes que venían desde Cáceres y Zaragoza y cruzaban por aquí hacia Santa Rosa y Medellín”.
El alcalde dice que es un apasionado de la geografía pues así entiende la Historia más fácil, pero también le ayuda para planear. Piensa en la construcción de vías y analiza que serían ideales sobre filos de las colinas (para que así el agua destile para ambos lados sin necesidad de obras de desagüe transversales). Y esa geografía de la que gusta conversar, o mejor dicho va endulzándole las palabras, hacia temas más edulcorados, como por ejemplo que su pueblo produce panela de reconocimiento nacional y eso tiene explicación -según él- en que son cultivos que están en ladera y se nutren de la confluencia (“complexión térmica, llama él) de los vientos fríos que bajan desde los Llanos de Cuivá y Valdivia, y los cálidos que suben desde el Cauca.
“Cómo será de diferente, que le ponen “angostureña” a algunas panelas en Antioquia para comercializarlas mejor”.
A Angostura en los últimos años llega tanta gente atraída por la devoción al padre Marianito -un sacerdote de pequeño porte y grandes milagros que estuvo en este pueblo más de cuatro décadas y lo regó de rezos y multiplicó fieles. Nacho quiere aprovechar estas llegadas y cuenta que hará exención de impuestos a los que construyan proyectos turísticos.
“No es fácil por la fama de presencia de grupos armados aquí, -asume-. Sin embargo, si toca traer inversionistas, los buscaremos”. Además, habla de que gracias a la Gobernación está pintando las fachadas de las casas. Nacho está convencido de que hay tanto para ver más allá de la figura de Marianito:
“Es hermoso ver llegar las escaleras los domingos hasta esta plaza cargadas de café, de panela, de plátano, de frutas; pero también ir a los ríos que bañan el pueblo, recorrer sus calles empedradas”.
Su gran gusto es hablar del presente, pero irlo tejiendo con recuerdos de la historia local; ese gusto le viene de hace unos 10 años cuando trabajó con el alcalde José Miguel Vásquez, un “apasionado” según él que comenzó a restaurar la casa donde vivió de niño el poeta Barba Jacob.
“Mire, por allí salía la gente a pagar penitencias al Cristo de Zaragoza -Nacho señala unas montañas al fondo- ese es el camino que tomó a los trece años: llegó hasta los límites con Campamento y Anorí, en el paraje Madre seca; luego aguas abajo a Zaragoza, por río a Nechí y luego por el Cauca que desemboca al Magdalena; y de Barranquilla a Centroamérica para nunca más volver”.
A Nacho le llama la atención que en este mismo parque empedrado hayan caminado uno “bendito” y otro “maldito”. Y que, no obstante:
“Barba Jacob fue un tipo muy importante pero aquí es donde menos lo conocemos”.
Razones para quedarse
Angostura es más que Marianito. Así lo expresa tajante la arquitecta Marcela Ocampo. Durante sus primeros años en Sabaneta a Marcela, que estudiaba en un colegio católico, le daban medallas del sacerdote, en las épocas que se hablaba de su beatificación, y entonces, de refilón, oyó hablar de Angostura. Luego por amistades conoció el pueblo y se fue quedando, quedando hasta que se enamoró de estas tierras. Entonces supo más gracias a algunos lugares que hay en el pueblo dedicados al santo como las cuevas y el custodio (el inmenso vitral que da la bienvenida en la entrada del pueblo) y de unas cuevas réplicas en el río Dolores. Ella dice que, hasta esa, la vereda La Quinta, llevan imágenes y se han vuelto una especie de oratorio. Y cuando averiguó más se enteró de que son réplicas de las cuevas, en las que el sacerdote se escondía durante la Guerra de los mil Días.
Y de tanto estar y preguntar y visitar, ya sabe que en esa vereda venden helados deliciosos, hay charcos y estadero con piscinas naturales, y alquiler de caballos.
Algo que también le llamó mucho la atención fue el mercado los domingos, con campesinos que llegan trayendo sacos con comida y racimos y esas piedras del piso se pintan de los colores de los productos.
Y de tanto en tanto, terminó trabajando en la Alcaldía cuando se enteró de una vacante. Y hoy es directora de la Casa de la Cultura y -estudiante de Patrimonio y Museología-. Su oficina está en la mismísima casa de los abuelos de Porfirio Barba Jacób (Ricard y Tonia, como los evocaba el poeta que viviera ahí, a finales del siglo XIX, antes de marcharse de Colombia.
Durante sus trece años en Angostura, Porfirio que nació en Santa Rosa tuvo tanto tiempo para alargar sus horas y de la casa esquinera y al frente del templo parroquial se iba a la finca La Margaritas en la vereda la Culebra, donde, dicen se inspiró para el poema parábola del retorno:
...sí, es esta granja la que fue de Ricard, / y este es el viejo huerto de avenidas umbrías,/ que tuvo un sauce, un roble, zuribios y pomar,...
A esa hacienda esperan llegar al final de una caminata con estudiantes, invitados, turistas en los últimos días de julio cuando se realice un evento que demuestre que Angostura es más que marianito.
Legado y Celebración
“Estamos dándole un enfoque histórico y cultural a nuestro turismo: nos interesa lo agro, lo poético”. Dice Marcela que desde el año pasado trabajan desde la Alcaldía local para lograr un gran evento, con presencia de autores que reconozcan la vida y obra de Porfirio. Pensaron inicialmente en Vallejo (autor de El Mensajero, acaso la mejor bio del poeta y uno de los cinco libros mejor escritos en Colombia), pero por problemas de salud del caustico escritor no se garantizó presencia, y siguen buscando, pues la idea es durante tres días (del 29 de julio al 01 de Agosto) tener recitales de poesía, compartir con estudiantes en las escuelas y recorrer los lugares relacionados con el vate.
“Empoderar a la gente en que aquí estuvo uno de los grandes y aprovechar para llevar de contenido esa casa que ya tiene tanta historia”. A Marcela le gusta mostrar algunas palabras escritas por el vate en las paredes del sótano de la casa.
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Al alcalde por su parte le gusta hablar de Inspiración:
“Aquí hay talentos, pero la gente no se la cree. Y yo quiero que nos la creamos”, dice. “Yo por ejemplo no era político y vea, terminé de alcalde”. Él no quisiera hablar de política sino de poética -da a entender- pero sabe que el tema está relacionado.
“Por supuesto que vamos a hacer obras de infraestructura, pero me gustaría más que al cabo de mi mandato la gente sintiera que desde aquí se puede, como los empresarios, artistas locales que han sido grandes”.
“O como Barba Jacob -puntualiza- que salió de aquí y mirá:
Adónde llegó con sus letras”.