De Lucho Bermúdez al free jazz: ochenta años de jazz en Medellín
Una crónica del género en la ciudad, desde la Jazz Nicolás de los años veinte y la Big Band de 1988 hasta el boom posterior a la pandemia. La historia de un puñado de tercos que sembraron, clase a clase y disco a disco, lo que hoy es una escena viva.
Comunicadora social-periodista. Escribe sobre cultura. Alumna de yoga y profesora de esta práctica para niños con @currucutubuhito.
Cuando Sam Farley, director del programa de jazz en la Universidad Eafit, llegó a Medellín en 2008 había poco jazz. Recuerda a una banda jóven, Puerto Candelaria, que entonces tenía una propuesta que fusionaba con música colombiana. También estaban músicos como Néstor Gómez, Rodrigo Alvarado y Carlos García. “Yo veo que hoy hay gente establecida haciéndolo muy bien, grabando; hay interés en jazz experimental, free, be bop y hard bop” puntualiza.
El jazz en Medellín tiene menos de un siglo y ha sido como una semilla de unos tercos, una suerte de legado transmitido en lenta propagación. Eduardo González, fundador de Puerto Candelaria, integrante de varias de las agrupaciones de jazz vigentes y profesor de la “camada” actual de músicos en Eafit y la de Antioquia, fue alumno de otro destacado intérprete, el bajista Néstor Gómez, quien murió de manera prematura en 2020. En esa época como estudiantes, al lado de Juancho Valencia, escucharon a Antonio Arnedo y jazzistas que venían a los festivales de jazz de Bogotá, Barranquilla y Medellín, que en ese momento traían a las figuras más relevantes. “Gracias al jazz empezamos a valorar la música nuestra. Lo tomamos como una forma de vida, entendiéndolo no desde la raíz norteamericana sino desde la colombiana. Viajamos a profundizarlo a festivales de bullerengue, pulla y de ahí salió Puerto Candelaria”. Hace varios años, Eduardo tiene el cuarteto The Merenders, y acompaña a músicos como el pianista Sam Farley con quien tiene un trío. “El jazz no es monótono, tiene un componente de improvisación que requiere habilidad armónica, melódica y rítmica. Es como el trabajo de un malabarista, estás siempre sobre la cuerda floja, a un centímetro de caerte pero logras sostenerte y ahí está la magia”.
Aparte de Eafit, Bellas Artes y la Débora Arango en Envigado ofrecen programas de músicas populares con énfasis en jazz y profesores “jazzistas” de toda la vida como Byron Sánchez, José Tobón, Johny Pasos y Juan Fernando Giraldo. Muchos de estos estudiantes han sido chicos que venían de la Red de Bandas como Mila Ortiz, creadora, guitarrista y compositora de El octeto para el fin de los tiempos y Tapetusa. Se ve mucho más joven de lo que es y, ser mujer y guitarrista en un entorno tan masculino, ha representado un desafío. Mila comenzó en la Red de Bandas de Medellín. Pasó por violín, chelo, bajo y se decantó por la guitarra. Estudió el pregrado en Bellas Artes; luego hizo su maestría en composición en Eafit. Se encontró con el clarinetista, saxofonista y cantautor Zahajid Ibarguen con quien, dice, “ha hecho criminalidad musical en varios proyectos”.
Mientras estudiaba, recuerda los jazz camp que hacía el Colombo Americano. Eran dos semanas de talleres y conciertos con docentes de universidades norteamericanas. “Esperábamos todo el año para tener la posibilidad de improvisar. Cuando escuché al Colectivo Colombia de Antonio Arnedo me cambió la vida”.
Después de la pandemia hubo un boom de propuestas artísticas que entraron a complementar las iniciativas que tenían los profesores. Comenzaron a grabar y a publicar en plataformas.
Toda esa explosión ha encontrado espacios para darse a conocer como El Club del jazz y MedeJazz. “El público de Medellín se ha vuelto exigente y por eso nos llaman Medesalsa porque es lo que más se publicita, pero esos conciertos son los que han financiado los del jazz” afirma Oscar Castañeda el director de esta iniciativa que cumplirá 30 años este 2026. Y por lo visto, esta tendencia es mundial. En el Curacao Jazz Festival del próximo mes de septiembre J Balbin está anunciado al lado de Aldimeola y Branford Marsalis. De igual manera, Carlos Vives, Juan Luis Guerra y Sting, han estado en los carteles de festivales de jazz como el de New Orleans.
“En Medejazz siempre hay espacio para los grupos colombianos y para la formación con clases maestras” complementa Oscar. Ellos tienen escenario en la Fiesta del libro.
Otra de las iniciativas que ha tenido consistencia los últimos 15 años es El Club del Jazz, liderado por Christian Salgado, un arquitecto bogotano que desde hace 30 vive en Medellín. Desde joven se apasionó por el jazz y luego ha sido alumno de piano, cantante y ahora también promotor.
El Club del Jazz en la actualidad es el único club de este tipo en Colombia y como los más legendarios del mundo, está en el centro. Es un espacio para 50 personas en el segundo piso de una casa en el Palo con Caracas. En otros lugares como El Acontista, Estación Central 3c, Café Dragón o La casa de Ruby se agenda apenas una noche de jazz a la semana.
“Siempre es un placer tocar allá. Ha sido un trabajo acucioso, ha creado un público muy receptivo. Es como estar en un gran escenario. Se respeta” dice David Gómez T, pianista y compositor de la ciudad.
¿Y antes?
En los ochenta, el hermano de Nestor Gómez, el pianista Hernán, tenía su grupo, Jazz Samba Trío, que luego fue CAB y Alcatraz. Tocaban un jazz fusionado, como el de Weather Report y Chick Corea. Tamarindo, de Luis Fernando Franco, era otro de los que sonaba, así como El sexteto del maestro Jorge Orejuela, enfocado en Dixieland y Ragtime. El grupo de los hermanos Gómez se escuchaba en El Zaguán de la plaza en el parque del Poblado donde ya el saxofonista Jaime Uribe se había sumado y más adelante, la cantante Pilar Botero, que lograba llevar allá a todo músico extranjero.
En los setentas incluso había existido en una casa finca por la Loma del Esmeraldal, El bar del jazz en el que tocaron Juancho Vargas, Álvaro Rojas, Mario Restrepo, Fabio Gómez y la cantante Claudia Gómez. No duró mucho y dicen que pusieron luego un estadero que tenía un toro mecánico.
EL 11 de octubre de 1988 se realizó el primer concierto de la Big Band de Jazz de Medellín en el Teatro Metropolitano por iniciativa de Ricardo Uribe y Luis Uribe, un par de amigos que habían estudiado en Estados Unidos y que encontraron en el pianista Juancho Vargas al socio perfecto porque tenía partituras, conseguidas en varios viajes. Era una época en la que no había tanto acceso a información y mucho menos a scores, así que tenerlos, era algo inédito en la ciudad. La selección de los músicos fue hecha por Álvaro Rojas, profesor de varias instituciones. También participó en esa búsqueda el saxofonista hermano de Luis, Jaime Uribe. El bajista de esa primera versión fue Fruko. Fue un proceso arduo porque se necesitaban muchos músicos, no tenían remuneración en los tres o cuatro meses que se demoraban preparando el repertorio y ensayando y debían ser muy exigentes. Al principio sonaba muy “cachaqueado” y tenían otro problema gravísimo y era la improvisación”.
Juancho Vargas era un pianista barranquillero que había llegado a Medellín para acompañar a Lucho Bermúdez en el Hotel Nutibara. En esos años sesenta, los clubes de la alta sociedad en varias ciudades tenían orquestas propias como la de los hermanos Martelo en el Campestre. Al inicio de sus conciertos incluían algunos números de jazz, muy al estilo de los grandes de la era del Swing de los 50.
Medellín entonces venía de una época dorada con la llegada en los 40 de muchos músicos europeos que habían huído de la guerra. La Sociedad de Amigos del Arte trajo a los teatros Junín, Bolívar y Lido los primeros concertistas extranjeros, compañías de ballet y óperas de todo el mundo. Nació la Sinfónica de Antioquia y Bellas Artes. Había una población culta y con poder adquisitivo fruto de la minería y la industria naciente. Por allá en los años veinte, existió la Jazz Nicolás, una banda de la que hizo parte Enrique Suárez, el abuelo de la cantante Claudia Gómez.
En los cincuenta, Rafael López en la Emisora Cultural de la Universidad de Antioquia y Bernardo Hoyos en Radio Bolivariana programaron franjas de jazz. Los discos de Duke Ellington, Ray Charles, George Gershwin, Benny Goodman que ponían en los programas, los conseguían con amigos que viajaban al exterior, en el Colombo Americano.
En los sesenta, debido al auge de la radio y la industria discográfica, visitaron nuestra ciudad muchos artistas de renombre y se crearon orquestas como La Sonolux, que hicieron arreglos de jazz.
En los noventa, se radicó en la ciudad el pianista Eugene Uman que fue determinante para el desarrollo de músicos locales, enseñando y promoviendo la creación del Festival de la Universidad Eafit que comenzó el 27 de mayo de 1997. El 23 de octubre de ese mismo año, en el Teatro Matacandelas se realizó la primera versión del que luego sería Medejazz. En 1999 se unieron los dos eventos para ofrecer participantes de más renombre como Dave Weckl, Diane Schuur, Randy Brecker, The New York Voices, Steve Turre.
El jazz de la Medellín de hoy
Grupos de jazz que empezaron hace 25 años como Puerto Candelaria, ya no están en la escena porque migraron a otras propuestas. Otros permanecen como Byron Sánchez cuarteto, Arbey Valencia Cuarteto, La Familia Solé, Power Quartet, Modern Jazz. Hay consenso en que el músico de jazz siempre lo será porque así su vida termine en otro género, el jazz lo seguirá acompañando en sus arreglos, en su forma de pensar la armonía, en su forma de crear. Es un espíritu que no se pierde.
Para esto, los jam sessions son fundamentales. En El Club del jazz se realizan los jueves y Juancho Valencia está liderando los martes un jam latino en Estación Central. Allí llegan músicos y estudiantes de música que se inscriben previamente. “Si bien hay músicos graduados de jazz les falta “calle”, porque son jóvenes que crecieron tocándole a una pantalla. Para que tengan más interacción los estamos convocando a estas iniciativas” afirma Juancho.
Si bien hoy existen más intérpretes, lugares, propuestas, aún no es posible vivir del jazz exclusivamente. “Yo tampoco vivo del jazz por ejemplo” dice Sam Farley, “vivo de la pedagogía, pero me encanta tocar jazz y creo que nuestro arte tiene valor. Son muy pocas las personas que viven netamente de tocar en vivo.”
El jazz es un género que los músicos siempre quieren tocar y la llaman la música de los músicos. Refleja valores democráticos participativos, de equidad, de tolerancia, de respeto, que va muy de la mano de la democracia. Y es, en definitiva, un vehículo para poder hacer música y así lo han entendido los músicos en Medellín y en el mundo.