Generación

El Cristo que sobrevivió dos veces ahora es patrimonio cultural

A 24 años de la masacre, el Cristo Mutilado y la Virgen del Inmaculado Corazón de Bojayá recibieron concepto favorable del Consejo Nacional de Patrimonio para ser declarados Bienes de Interés Cultural.

Loading...
hace 38 minutos

1. Un día después del estallido de la pipeta bomba lanzada por las Farc en Bellavista, casco urbano de Bojayá, Chocó, que destruyó la iglesia el 2 de mayo de 2002, el padre Antún Ramos regresó al pueblo con un grupo de religiosos y voluntarios con la esperanza de encontrar sobrevivientes –de los que no pudieron sacar la noche anterior– y recuperar las pertenencias de valor del templo –las copas de consagrar, el sagrario, alguna imagen.

“Es difícil encontrar las palabras para estos recuerdos”, dice Antún. “En ese momento, la completa magnitud de la masacre se desplomó sobre nosotros. Observé todo lo que no había visto el día anterior en medio de la confusión: cadáveres de niños, cuerpos mutilados, mujeres con sus vientres abiertos, niños que no nacieron, que fueron arrancados del vientre de sus madres, trozos de cuerpos, cabezas, manos, piernas, torsos desfigurados. Fue como entrar en un mundo más allá del mundo, horriblemente desfigurado por la barbarie”.

Caminó sobre los escombros y a varios metros del altar vio lo que quedaba del Cristo crucificado, sin brazos, sin piernas, descascarado, como si tuviera la piel a jirones, con el yeso expuesto, convertido en un cadáver en descomposición, pero con el rostro ileso, las gotas de sangre en la frente, con una teja de almohada. Luego vio a la Virgen del Inmaculado Corazón de María, sin brazos, recostada contra una pared a punto de caer. De la Virgen del Carmen, la otra imagen que presidía el templo no había quedado nada.

En ese momento, aparte de esos tres cuerpos sagrados destrozados, el sacerdote tenía en mente un número atroz: 119 nombres y cuerpos posibles que Antún y los sobrevivientes alcanzaron a contar luego de salir de la iglesia tras la explosión y después de atravesar el río Atrato en medio de las balas hacia el municipio de Vigía del Fuerte; con el tiempo, el registro oficial establecería 79 víctimas fatales de ese día, 48 de ellos infantes y 9 todavía en las barrigas de sus madres embarazadas. La cifra ascendió a 102 con los fallecidos de días posteriores.

Recogió el Cristo y aseguró a la Virgen con la idea de conservarlos como recordatorios de lo que allí había pasado. Lo que seguía era tratar de ubicar a los heridos que hubieran conseguido salir de los escombros por su propia cuenta. Y empezar a juntar los pedazos lacerantes de su rebaño. Los muertos –o sus partes– quedarían por ahora enterrados en una fosa común, sin misa, sin cantos de alabaos para los adultos ni gualíes para los infantes, sin descanso, como llagas supurantes esparcidas por las genealogías de decenas de familias.

2. Hace cuarenta años, en 1986, un grupo de tres religiosas agustinas misioneras, Blanca Cecilia Díaz, Carmen Garzón y la española Norma Orihuela (q.e.p.d) llegaron a Bellavista para acompañar al sacerdote español Félix Albizu en su labor evangelizadora. Con el paso de los días hicieron una casa y se empezaron a integrar a una comunidad que crecía próspera a orillas del Atrato, a medio camino entre Quibdó y el Golfo de Urabá.

Las familias negras e indígenas tenían sus fincas y parcelas, donde cultivaban arroz y frutas, y sembraban plátano y sacaban madera que abastecían la capital del Chocó o salían para exportación a través de Turbo. La casa de las agustinas misioneras y la iglesia eran el centro de congregación de un pueblo de casas palafíticas que con las subidas del río flotaban acunadas por el calor y la humedad de la selva.

En esos años de finales de los ochenta del siglo pasado, la guerrilla de las Farc empezó hacer presencia en el territorio. Las habitantes hoy mayores, como Bernardina Vásquez y la hermana Carmen Garzón, recuerdan las primeras ejecuciones de un inspector y un policía en el río Pogadó. Los que eran adolescentes en esos años se refugiaban en la casa de las misioneras cuando los guerrilleros recorrían el pueblo reclutando jóvenes para la guerra.

El final del siglo se vivió con la expansión de las Autodefensas Unidas de Colombia por todo el país y la llegada de los paramilitares al mando de Freddy Rendón Herrera, alias el Alemán, al Atrato medio chocoano. La comunidad de Bojayá y la Diócesis de Quibdó advirtieron el peligro que corrían los bojayaceños con cartas y alertas tempranas nunca atendidas. Todos sabían que el enfrentamiento entre paras y guerrilleros era inminente y los pobladores quedarían a su suerte.

Las imágenes mutiladas quedaron en la parroquia, donde el Cristo fue rápidamente exaltado como objeto de memoria. Las familias desgarradas, con los ausentes en su corazón, se desplazaron por los municipios del Atrato. Muchas llegaron a vivir arrimadas en los cinturones de miseria de la capital del Chocó. Por meses, Bellavista naufragó en abandono. Una vez a la semana, Antún daba la misa allí, al aire libre y con la ruina de la iglesia de fondo, a los que resistían anclados a su fe. La Fiscalía comenzó las exhumaciones e identificación de cadáveres, que se convirtieron en líneas de banderas blancas numeradas en el cementerio. El Gobierno prometió la reconstrucción y reubicación del pueblo aguas arriba y alejado de la orilla, como si dándole la espalda al río lo salvara o lo curara de su deriva.

En septiembre de 2002, unas mil personas desplazadas –220 familias– retornaron a Bellavista en una embarcación llamada Arca de Noé. Un regreso bíblico para un pueblo que se convertía en los brazos y las piernas de sus patronos profanados. Los recibió la iglesia de nuevo en pie, pintada de azul y blanco marianos, y el Cristo Mutilado y despellejado al cobijo de una urna de madera que le hizo el esposo carpintero de Bernardina Vásquez.

Entre tanto, un duelo sin norte se posaba acuoso en los ojos de los bojayaceños, que nunca volverían a mirar como antes. Las mujeres, antígonas enterradas en vida, veían sin sosiego ondear las banderas blancas sin nombres en el cementerio. A raíz de la ola de violencia que trajo el conflicto a finales de los noventa, las misioneras agustinas, con el entusiasmo de la hermana Candelaria Barrios, empezaron a convocar a las mujeres del grupo de oración para acompañarlas en sus duelos con talleres de bordado.

A partir de 1997, en la casa de las misioneras se reunían mujeres de Bellavista y de las veredas de Bojayá, desplazadas por el miedo a los paramilitares. “Ahí se sentían seguras, acogidas y sobre todo podían hablar. Contaban que les mataron un hijo, que se los reclutaban. Todos los días escuchábamos cantidad de cosas y ellas buscaban ese aliento, esas manos solidarias que les decíamos que había que echar pa’lante. Las hermanas nos dieron unos pedacitos de retales para que bordáramos. Y las que más sabíamos les ayudamos a las otras para empezar una cadeneta y las diferentes puntadas que nos enseñaban. De tanto escucharnos sentíamos calma y un aliciente para reunirnos todas las tardes. Los productos que hacíamos, las hermanas los llevaban a Quibdó para venderlos y con esos recursos las mujeres podíamos ayudar al sostenimiento de nuestras familias”, recuerda Rosa Mosquera, una de las lideresas del grupo que llamaron Mujeres Guayacán.

Úrsula Holzaphfel, hermana laica alemana, con la Diócesis de Quibdó y el apoyo de la cooperación internacional, replicó la experiencia con mujeres desplazadas en la capital y allí crearon Artesanías Choibá. Para la conmemoración del primer año de la masacre, un grupo de mujeres Guayacán y de Choibá bordaron un gran telón con los nombres de sus familiares asesinados el 2 de mayo: “De tantos pueblos negros que aquí hacemos historia por ríos y por selvas que guardan la memoria”, se lee en la tela que conservan en la sede del colectivo en Bellavista y que junto con el Cristo y la Virgen mutilados y varias cruces de madera que hicieron para reemplazar las banderas blancas del cementerio se han convertido en los estandartes de las procesiones que religiosamente, año tras año, recuerdan la herida que llevan por dentro.

3. Por años, las mujeres Guayacán –resistentes como el también llamado “palo santo”, una de las maderas más densas, pesadas y resistentes del mundo–, las misioneras agustinas y los sacerdotes que han presidido la parroquia de San Pablo Apóstol de Bellavista se han dedicado a cuidar y conservar las imágenes del Cristo y la Virgen mutilados como si fueran un par de enfermos convalecientes, como si la memoria que guardan consigo fuera su única carta de salvación entre el calor y la humedad de la región, que debilitan el yeso de su carne.

Un poco más de una década después de la masacre, pese a la devoción de sus cuidadores, el lugar prominente del Cristo en su altar en el templo del pueblo nuevo, donde absorbía el calor del sol chocoano, lo tenía en peligro de desmoronarse. Con autorización de la Iglesia, las misioneras lo llevaron a Bogotá, acunado como un bebé desahuciado, para encontrar un restaurador de imágenes religiosas capaz de rescatarlo. En un reconocido local de la Plaza de Bolívar les dijeron que ya no había nada qué hacer. Era un pedazo de Cristo crucificado a punto de morir de nuevo. La piel se le caía a pedazos, nadie se atrevería a tocarlo, les insistieron, y lo miraban con desprecio, como una baratija deforme. Un desdén que las víctimas conocían bien. Pero perder ese cristo era renunciar a la esperanza de que el dolor más extremo tiene cura.

Las misioneras, cuya esencia consiste en desafiar incrédulos, siguieron preguntando. Lo que cubrían con sus hábitos era el cuerpo de un cristo que había sobrevivido a una guerra, gracias a la fe de su feligresía. Les recomendaron visitar el taller de un artista plástico cercano a la casa de las agustinas en Bogotá, donde Fernando Cuéllar había terminado reparando cuadros y estatuas religiosas. Cuando lo recibió, el cristo se deshacía en sus manos. Sin preguntar por la historia o por el valor de la imagen, se hizo cargo de un paciente terminal.

Con el paso de los días, comprendió que su misión no era material, era sobre todo metafísica. Restaurar una memoria. Ayudar a cicatrizar el dolor de un pueblo. “La capa superficial se estaba desmoronando. Con esta imagen todo era diferente, no era una imagen religiosa repetida mil veces en yeso. Había que evitar el proceso de desvanecimiento, y lograr que permaneciera por mucho tiempo”, dice Fernando.

Sin ser restaurador profesional, se encerró por semanas con el Cristo en una experiencia de cuidados intensivos casi mística. Encontrar la solución a la epidemia de olvido que carcomía la imagen era como aferrarse a un milagro. “Se le veía la carne, los músculos y los huesos, que le salían por los muñones –dice Fernando–; les salían los trozos de madera que le habían puesto de esqueleto. Es una figura muy encarnada. Y tiene mucho sentido porque teológicamente hay una materialización de Dios en el hijo. Entonces la imagen es ese reflejo en lo humano”.

Le retiró los pedazos de pintura que le quedaban y los fue guardando en un estuche como una reliquia. Hizo un concienzudo estudio de color, mezclando pigmentos ocre, alizarín y verde para la piel; vandyck y siena quemado para el pelo; blanco, verde y rojo para el paño que cubre sus partes íntimas; y vandyck y rojo para las gotas de sangre. Le resanó el yeso faltante cubriéndole el alma que se le escapaba a la vista, esa urdimbre de costal y el crucero de madera que sostenía un cuerpo sin extremidades. La parte trasera, cóncava para ser empotrada, la reforzó con resina y finalmente pulió y selló los muñones de piernas y brazos. El Cristo Mutilado estaba listo para cicatrizar.

Las únicas condiciones que le pusieron las agustinas fueron que el cristo conservara su esencia desmembrada, y que en lo posible hiciera una réplica que les sirviera como sustituta para las procesiones o actividades al aire libre. Como ese cuerpo resanado era muy frágil para hacer un molde, Fernando decidió copiarlo en arcilla. Midiendo con un compás, palmo a palmo, sacó del barro un cristo de nuevo resucitado. Y con el molde listo fundió la réplica en una mezcla de aluminio, fibra de vidrio y resina poliéster.

Entonces se le ocurrió coger un pedazo de “piel” del estuche y adherirse al cuerpo duplicado. Un procedimiento eucarístico similar al que hace un sacerdote cuando consagra una hostia y bajo las apariencias de pan y vino, Jesucristo se hace real y verdaderamente presente en su cuerpo y su sangre dentro del copón. “La gente la quiere tocar, porque cree que se le transmite la energía tocándola, lo mismo que hago yo con las partículas del original poniéndoselas a la copia: es como dándole a la reproducción la misma energía vital y espiritual que tiene el original”.

Los fragmentos funcionan como partículas eucarísticas. Cada resto, cada copia tocada por la materia original, participa de la totalidad simbólica y espiritual del Cristo Mutilado. De la misma forma que su dolor, sus cicatrices y su memoria hacen parte de la vida de las generaciones que quedaron marcadas por la masacre. De ese molde resucitarían varios cristos clonados, que hoy garantizan la pervivencia de una memoria multiplicada. El padre Antún conserva una consigo, en la capilla del convento de Quibdó otra preside el altar.

En mayo de este año, en el Patio de la Memoria del Cementerio Central de Palmira ubicaron una más, gracias a un esfuerzo conjunto entre la Diócesis de Palmira, familias buscadoras de desaparecidos, firmantes de paz y miembros de la Fuerza Pública, un símbolo nacional de las víctimas del conflicto armado en Colombia. “Cada persona que sufrió en esa tragedia es parte de la tragedia como un todo. Y cada Cristo que esté en diferentes lugares es el mismo Cristo Mutilado de Bojayá”.

En 2017, el papá Francisco visitó Colombia y uno de los momentos más emotivos fue la misa en la catedral de Villavicencio, con la presencia del Cristo. Era su consagración como símbolo de resistencia y reconciliación para los católicos del mundo y también para las víctimas de las guerras que trascienden las fronteras de un país. Con la imagen empotrada en lo alto del altar, el papa le dedicó una oración:

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos recuerdas tu pasión y muerte;

junto con tus brazos y pies

te han arrancado a tus hijos

que buscaron refugio en ti.

Oh Cristo negro de Bojayá,

que nos miras con ternura

y en tu rostro hay serenidad;

palpita también tu corazón

para acogernos en tu amor.

Oh Cristo negro de Bojayá,

haz que nos comprometamos

a restaurar tu cuerpo.

Que seamos tus pies para salir al encuentro

del hermano necesitado;

tus brazos para abrazar

al que ha perdido su dignidad;

tus manos para bendecir y consolar

al que llora en soledad.

Haz que seamos testigos

de tu amor y de tu infinita misericordia.

Quince años después de la masacre, el mundo entero era testigo de lo ocurrido en Bojayá el 2 de mayo de 2002.

4. En 2023, el Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá llegó al Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes para ver cómo se podía implementar la Ley 2087 de 2021, que honra la memoria de los asesinados el 2 de mayo. Entre las peticiones estaba el reconocimiento de la importancia de las imágenes como bienes de Interés cultural de la nación. En los años siguientes, profesionales del Ministerio, con el liderazgo del arquitecto y antropólogo Luis Fernando Arenas Guerra, acompañaron a la comunidad en el levantamiento de los valores histórico, estético y simbólico de las piezas, establecidos por la legislación sobre patrimonio cultural para una declaratoria.

En el trabajo con la comunidad y religiosos, se estableció que la virgen del Inmaculado Corazón de María había llegado al templo de Bellavista de la mano del padre Félix Albizu –traída de la Diócesis de Quibdó, donde es patrona– para acompañar a la virgen del Carmen, de la que los pobladores ya eran devotos. Pese a que el patrono de la iglesia es san Pablo Apóstol, el padre Antún recuerda que cuando llegó al pueblo ya se celebraba el 16 de julio en honor a la Virgen del Carmen. San Pablo Apóstol era apenas un testigo mudo de las convicciones de los bojayaceños, que con su sincretismo afro habían moldeado sus celebraciones católicas, escogiendo ellos mismos a su patrona, mezclando los rituales con alabaos y gualíes.

Con la desaparición de la Virgen del Carmen el día de la masacre, el Inmaculado Corazón Mutilado de María pasó a ocupar su lugar, transformándose a través de varias intervenciones en su apariencia en una virgen doble, capaz de incorporar las devociones y pérdidas de sus fieles. Fue repintada por un artesano en Quibdó y se le reconstituyeron sus dos manos. Esas acciones, hechas con devoción, le fueron diluyendo sus características originales, esa serenidad y compasión que emanaba su rostro cuando fue encontrada recostada contra una pared de la iglesia, como si estuviera sosteniéndola para que no se cayera lo que había quedado en pie.

A finales de 2025, profesionales del Grupo de Patrimonio Cultural Mueble del MinCulturas revisaron el estado del altar y del nicho que alojaba las imágenes en el templo de Bellavista para asegurar el funcionamiento de las conexiones eléctricas y prevenir el riesgo del uso de veladoras encendidas. La restauradora María Carolina Correal Zambrano revisó las piezas. Tomó muestras del Cristo para evaluarlas en el Laboratorio de Estudio de Artes y Patrimonio de la Universidad de los Andes, y constató que la virgen había vuelto a perder una de sus extremidades y requería una restauración profesional.

Entre las acciones definidas junto con la comunidad para el proceso de declaratoria, en 2026 se decidió trasladar el Cristo a Bogotá para someterlo a análisis en la Universidad de los Andes y que asistiera a la sesión ordinaria del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural donde se discutiría su declaratoria. La virgen se trasladó a la Arquidiócesis de Quibdó para ser intervenida por un equipo de profesionales bajo la dirección del arquitecto y restaurador Juan Guerrero Gómez, junto con los restauradores Luz Bohórquez Nieto y Fernando Barandica Forero y el auxiliar Alix Rodríguez Arteaga.

En Bellavista, los restauradores se reunieron con el padre Honorio Moreno, párroco de la iglesia San Pablo Apóstol, las agustinas misioneras, entre ellas la hermana Mercedes Valbuena, y representantes de la comunidad, Bernardina Vásquez y su hija Elizabeth Álvarez y Yenmin Cuesta, entre otros. Al contrario que con el Cristo Mutilado, en el caso de la Virgen no se trataba de un procedimiento de rescate, les explicaron.

Les dijeron que era necesario remover la pintura actual y buscar su apariencia original, capa por capa, milimétricamente, como quien remueve la arena de una batea para dejar brillar las pepitas de oro. El padre Honorio contó que la gente ve la imagen de la Virgen y “se le salen las lágrimas, no hay que decir nada, solamente contemplarla. Es su gran valor. Y que sea patrimonio hace que más gente la conozca, la reviste de más importancia y eso ayuda a que conecte con más gente”. Yenmin Cuesta, quien perdió a su hijo de dos años en la masacre, pidió “recuperarla para mostrárselas a cada uno de nuestros hijos, nuestros ancestros y las futuras generaciones para que vean cómo vivió Bojayá y de qué manera fueron destruidos el Cristo y la Virgen protegiendo a la comunidad frente a los hechos terribles que el enemigo quiso hacer en nuestro territorio”. Elizabeth Álvarez, con la firmeza del testigo, resaltó que “es importante la conservación de estas dos imágenes porque esa es la parte espiritual de nosotros como comunidad. Siempre tuvimos fe en ellos”. Y la hermana Mercedes, enfermera de profesión, comentó que “al estar restauradas esas imágenes, vamos a sentir que podemos seguir adelante, en la lucha y ser resilientes, pero con mucha esperanza”.

5. Durante 24 años, esta comunidad, sus sacerdotes y religiosas, han levantado sus voces y cargado con sus símbolos y cicatrices visibles, negándose a dejar de bordar ni a guardar silencio. En las negociaciones de paz con las Farc fueron a La Habana a contar su historia y a mirar a los ojos a sus verdugos; luego recibieron a los comandantes de esa guerrilla en Bellavista para escucharlos pedir perdón. Este año, en la Feria del Libro de Bogotá, el padre Antún presentó su libro Bojayá. Relato del sacerdote que sobrevivió a la masacre en una conversación con el expresidente Juan Manuel Santos. Y este 11 de julio de 2026 esperan que el presidente Gustavo Petro, en uno de los últimos actos de su gobierno, vaya a Bojayá a pedir perdón por la responsabilidad del Estado en la masacre.

El pasado 23 de junio, el Cristo hizo su viaje más delicado. Esta vez no iba escondido entre hábitos ni envuelto como un enfermo terminal, sino embalado con el cuidado que se reserva a los cuerpos irremplazables. Llegó al Laboratorio de Estudios de Artes y Patrimonio de la Universidad de los Andes para que la ciencia leyera en su yeso, su pintura, sus grietas y sus amputaciones lo que la comunidad ya sabía desde hacía años: que allí no había una ruina, sino un testimonio vivo.

Mario Fernández, científico de conservación del patrimonio cultural, constató que el Cristo se ha ido ennegreciendo y presenta manchas en su torso, como estigmas que acentúan su dolor y que podría estar relacionado con la reacción de algunos materiales acumulados en sus cuidados devocionales. “Estamos haciendo estudios de su materialidad y hemos hecho estratigrafías para saber cómo se está comportando y hacer un diagnóstico detallado que haga parte del expediente de su declaratoria. Queremos conocer cuál ha sido su historia material, que en este caso ha sido intervenida y ha recibido tratamientos de la comunidad que muestran el amor, el fervor y el respeto que le tienen. Materiales que en una obra de museo, por ejemplo, podrían ser retirados, aquí son parte importante de la pieza, de la historia, y deben ser conservados“, dice Mario.

Al día siguiente, en la Sala Verde del Centro Nacional de las Artes, el Cristo y la Virgen comparecieron ante el Consejo Nacional de Patrimonio. No llegaron como piezas de museo. Llegaron como sobrevivientes. En sus cuerpos estaban el altar destruido, los cantos interrumpidos, las banderas blancas del cementerio, las manos de las mujeres que bordaron los nombres de sus muertos y el cuidado silencioso de quienes durante 24 años los limpiaron, los tocaron, les rezaron y los siguieron cargando como se carga a un familiar enfermo.

El Consejo dio concepto favorable para declararlos Bienes de Interés Cultural del ámbito nacional. Rosa Mosquera lloró sin esconderse. “A veces, para hacer lo bonito, tienen que pasar cosas feas”, dijo. En esas lágrimas estaba también la paradoja de Bojayá: un pueblo obligado a convertir el horror en belleza para que el país pudiera mirarlo sin apartar los ojos. Bojayá consiguió que una parte de su dolor dejara de ser tratada como ruina y fuera reconocida como memoria.

Tal vez por eso el patrimonio, cuando nace de una masacre, no embellece el pasado ni lo clausura. Lo deja abierto para que siga hablando. Una cicatriz no borra la herida, la mantiene visible sin dejarla sangrar. El Cristo Mutilado y el Inmaculado Corazón de María son dos cuerpos heridos que nos obligan a mirar lo que fuimos, lo que no hemos reparado y lo que todavía podríamos salvar.