El libro que reconstruye 30 años de búsqueda de justicia por el feminicidio de Nancy Mestre
El periodista y productor sincelejano habló sobre Una lucha contra el olvido (Planeta, 2026), el libro que reconstruye los treinta años que Martín Mestre Yúnez dedicó a encontrar y llevar a la justicia a Jaime Saade Cormane, el asesino de su hija Nancy Mariana.
Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).
En el marco de la Fiesta del Libro de Medellín, Juan Guillermo Mercado, periodista sincelejano y productor asociado del documental de Netflix “Hermanos por accidente”, habló con Daniel Rivera Marín, editor de Generación, sobre “Una lucha contra el olvido” (Planeta), el libro que escribió junto con Martín Mestre Yúnez, el padre que dedicó tres décadas a encontrar al asesino de su hija Nancy Mariana Mestre.
Daniel Rivera Marín: Contanos cómo te formaste como periodista.
Juan Guillermo Mercado: Llegué en 2001 a la sala de redacción antigua de El Tiempo, la de la calle 26, donde todavía estaban Enrique Santos y Rafael Santos; había leyendas del periodismo ahí, y mi sueño siempre fue ser periodista. Estuve diez años en ese ecosistema, primero como pasante, como el que se regala, y yo no quería salir de esa sala de redacción. Pero la vida me dio un giro: empecé a trabajar en City TV como reportero, en una sección que se llamaba El Noctámbulo, haciendo un reemplazo a Eduardo Porras, que hoy está en Caracol. Duré tres años recorriendo Bogotá de noche, registrando lo que se diera. Eso me formó mucho: siempre estuve buscando la historia, la crónica, el personaje diferente, y terminé enamorándome del lenguaje visual y del formato largo. Esa sección, por cierto, todavía existe.
Daniel Rivera Marín: ¿Y de ahí volviste a El Tiempo?
Juan Guillermo Mercado: Andrés Mompotes, que había sido profesor mío en la escuela de periodismo y hoy es director de El Tiempo, me llamó a reemplazar a Ginette Bedoya, que se iba a dedicar solo a sus temas. Necesitaban un periodista que cubriera judiciales, y entré en 2009 a integrar la unidad de justicia con Andrés y con Joel Torres. Ahí me hice ya un periodista más judicial.
Daniel Rivera Marín: ¿Cómo llegás a Séptimo Día?
Juan Guillermo Mercado: En 2013, por unos reportajes que hacíamos en El Tiempo Televisión, Manuel Teodoro le habló de mí a la producción, de mis historias, y me fui a Séptimo Día hasta 2019, con Diego Guauque desde el principio. Ahí conocí a mi esposa, Laura Hincapié, que había venido de Cali a hacer reportajes al programa. Y ahí encontré también una historia que me cambió la vida: la de dos parejas de gemelos separados al nacer que se reencuentran veinticinco años después.
Daniel Rivera Marín: Esa historia terminó en Netflix.
Juan Guillermo Mercado: Sí. La cubrimos en 2014 en Séptimo Día, y por accidente terminé convirtiéndome en una especie de manager de los gemelos: gestioné sus derechos de vida. Uno de ellos había llamado a Caracol porque un amigo le dijo “conozco a un man igual a vos, en una carnicería”, y ahí empezó todo. Acompañé esa historia diez años: hicimos dos programas y dos seguimientos en Séptimo Día, luego acompañé a periodistas del New York Times a hacer su propia crónica, y después vinieron medios de Francia, de España, hasta de Japón. Esa historia me enseñó rápidamente que una historia local, si tiene algo diferente, puede volverse universal y romper la frontera. En 2024 se estrenó el documental en Netflix, “Hermanos por accidente”, que entró al top 10 global de la plataforma.
Daniel Rivera Marín: ¿Y de ahí nace la productora?
Juan Guillermo Mercado: En 2019, para sacar adelante ese proyecto, con Rafa Poveda creamos Mercado de Contenidos, una empresa que empezó a gestionar otros derechos y a asociarse con la editorial de Rafa, Testigo Directo. Con esa alianza sacamos, por ejemplo, “Valentina, muerte y vida”, que escribió Laura sobre la historia de Valentina Trespalacios, y también terminamos llevando esta historia, la de Nancy Mestre, a una plataforma que se estrena el próximo año.
Daniel Rivera Marín: ¿Por qué esta historia en particular?
Juan Guillermo Mercado: Porque yo siempre había querido contarla. Yo había escuchado, siendo de Sincelejo, el mito de “Nancy Mestre”: a las niñas en la costa, después del 94, les decían “no te doy permiso de que salgas el 31 de diciembre, porque te va a pasar como a Nancy Mestre; va a venir el novio, te van a violar, te van a matar”. Imaginate el peso de esa historia en el Caribe, donde todo se vuelve leyenda. En 2020, Martín logra ubicar a Jaime Saade en Brasil, y yo llego a él tres años después, cuando se confirma la extradición.
Daniel Rivera Marín: El libro está escrito en primera persona, con la voz del padre. ¿Cómo tomaste esa decisión narrativa?
Juan Guillermo Mercado: Sufrí mucho para llegar a eso. Mi idea inicial era hacer un capítulo contado por mí como cronista, y otro por Martín, intercalados; eso solo terminó ocurriendo en el último capítulo, el quince, con unas cursivas que sí son mi voz. Pero cuando leí los primeros cuatro capítulos que escribí en ese formato, el tono de Martín era muy superior al mío, porque fue él quien investigó: fue Martín quien le entregó a su hija a Jaime Saade esa noche del 31 de diciembre y le dijo “me la cuidás”; fue Martín quien la buscó cinco horas después por toda Barranquilla hasta encontrarla en coma en la Clínica del Caribe. Él es el héroe y el protagonista de esta historia; no tenía sentido interrumpir su narración con un periodista que entró a la historia treinta años después. Hice más de veinte viajes a Barranquilla en dos años, fui con él a Miami a visitar a su hijo, fui a Marbella donde vive su exesposa, y ahí aprendí a conocerlo: cómo hablaba, cómo le metía humor a todo, como buen caribeño, y cómo era un hombre inquebrantable, con una fuerza espiritual enorme. Una vez encontré su tono y tomé la decisión de que él debía narrar la historia, todo fue felicidad; pero llegar ahí fue muy difícil.
Daniel Rivera Marín: El libro tampoco es cronológico: no arranca con el asesinato, arranca casi con el final.
Juan Guillermo Mercado: Arranco cuando Martín, después de veintiséis años, encuentra a Saade y lo dejan libre en Brasil porque supuestamente había prescrito el caso. Había muchos puntos de partida posibles —el cronológico, el final— pero ese me lo dio Martín. Además, de un caso tan sonado solo se sabía el qué: que la habían matado. Faltaba todo lo que sucedió ese día, que ella había presentado el TOEFL, que le había ido muy bien, que quería estudiar en Estados Unidos, y mostrar la relación que había entre ellos.
Daniel Rivera Marín: ¿Martín estuvo de acuerdo desde el principio en hacer un libro?
Juan Guillermo Mercado: No. Martín no quería adaptar esto a nada visual, estaba cerrado a todo, porque siempre insistió en que esto partía de un dolor muy fuerte, y le avergonzaba que la gente en Barranquilla pensara que iba a monetizar ese dolor. Eso hizo que el proyecto fuera muy complicado y muy sensible; lo tuvimos que ir llevando de la mano hacia lo que significaba ser público en esta dimensión del caso. A Martín lo habían buscado muchos productores antes, porque esto es evidentemente una película, pero él le tiene pavor a lo audiovisual: dice que, así como a Nancy la revictimizaron —hubo quienes dijeron que ella era “una loquita” que perseguía a Saade, o que se había suicidado—, él temía que le pasara lo mismo. Uno de sus motores para buscar a Saade era, justamente, limpiar el nombre de su hija.
Daniel Rivera Marín: ¿Cómo lo convenciste?
Juan Guillermo Mercado: Le dije: “Martín, vamos a escribir el libro entre los dos, vamos a ser coautores.” Y resultó que él ya tenía algo escrito: recordá que él era amigo de Gabriel García Márquez, andaba con ese grupo de Barranquilla, con Álvaro Cepeda Samudio y los demás, era bohemio con ellos; tenía formación, era arquitecto y conocía de letras. El capítulo que se llama “Operación atando cabos” está basado en un manuscrito suyo. Cuando le propuse escribir el libro los dos, revisaba, hacía buena edición gramatical —era un señor de ochenta y cuatro años, criado con esos profesores rudos de español y gramática— y recordaba muchísimos datos: me decía “Juan, esa no fue la fecha”, “Juan, ese no fue el día”. Fue un gran compañero, y en una etapa avanzada él y su familia abrieron su corazón: fue muy difícil para ellos volver a recordar todo esto, y muy difícil para él compartir los secretos de su investigación y ser franco conmigo. Terminamos siendo amigos: yo veo en Martín Mestre a ese padre que todos quisiéramos tener.
Daniel Rivera Marín: El libro da la sensación de que ustedes se conocen de toda la vida, pero en realidad lo conociste apenas en 2023, tras la captura.
Juan Guillermo Mercado: Creo que le generé seguridad: mi propuesta de compartir el texto y trabajar de la mano con él le dio la confianza que necesitaba para emprender el proyecto. Creo que nadie le había hecho esa propuesta antes; a él le hacían más bien la propuesta de “te lo compro y no nos vemos más”, y eso le daba mucho miedo. Martín tiene mucha ternura hacia la juventud —cuando ve a mi esposa, Laura, dice que le recuerda a su hija—, y creo que le demostramos que de verdad estábamos interesados en contar bien su historia, con un trabajo responsable. Él siempre me ha dicho: “Juan, te vas a llevar todos los créditos, pero te lo merecés.” Ha sido muy papá con nosotros.
Daniel Rivera Marín: A Jaime Saade lo capturan por primera vez en 2020, pero lo dejan libre porque en Brasil la pena máxima por homicidio es de veinte años; el caso entra en revisión en 2023 y ahí sí lo vuelven a capturar para extraditarlo. Vos viajaste a Brasil en ese proceso. ¿Cómo fue enfrentarte a este hombre y descubrir que tenía una familia propia?
Juan Guillermo Mercado: Eso demuestra la banalidad del mal: que cualquiera puede ser malo. Identifiqué rápidamente que él se había puesto ahí un traje de “pai de família”, de buen padre, de buen empleador. Se compró una identidad falsa, se hizo llamar Henrique Dos Santos Abdala, y usó esa máscara durante veintiséis años en Brasil, y se la creyó: de verdad quiso convencerse de que el que había matado a Nancy había sido Jaime Saade, el que se quedó en Barranquilla, y que él no tenía nada que ver. Uno no construye esa doble personalidad sin tener algún problema mental; casi de psicópata, diría yo. Pero lo que más dolor me dio fue identificar otra cosa: esa familia que entrevisté en Brasil —la esposa, que lo conoció apenas cuatro meses después del crimen, y sus dos hijos, a la menor de las cuales le puso Mariana, el segundo nombre de Nancy— también terminó siendo víctima. Cuando entrevisté a la esposa, la hija estaba ahí, llorando, preguntándose en qué momento se habían metido en esa pesadilla, porque a su papá lo iban a extraditar esa semana; era el papá que la había criado. Esa bala que disparó Jaime Saade el primero de enero de 1994 no solo mató a Nancy: se llevó a su propia familia, se llevó una parte de la sociedad barranquillera, y treinta años después terminó hiriendo también a la familia que él mismo había querido construir en Brasil. Eso demuestra que un feminicidio no prescribe.
Daniel Rivera Marín: Contanos de la familia de Jaime Saade.
Juan Guillermo Mercado: Los Saade tenían cierto nivel de influencia en Barranquilla; un hermano de Alberto Saade, el papá de Jaime, era senador. Por el lado de los Cormané eran hacendados en el Magdalena, familia de origen italiano, con algún poder económico, aunque venido a menos. Pero Jaime había tomado el camino del dinero fácil: era testaferro del cartel del Caribe, muy amigo de Capeto Nasser y Tito Nasser, hijos de Sheila Nasser, una de las integrantes de ese cartel que le prestaba servicios a Pablo Escobar y a otros narcotraficantes para exportar coca por Barranquilla. Tito Nasser tenía un boliche muy famoso, y Jaime era el yerno de esa familia, el que la sostenía económicamente. En el libro hay una testigo, María, una pensionada de pueblo que se había ido temprano a dormir esa noche y presenció el crimen: vio cómo Tito Nasser entró a adulterar la escena, recogiendo papeletas y panelas de cocaína, ante los ojos de los papás de los Cormané, que además esconden al hijo. Para esa época, el hermano de Jaime estudiaba oncología en Brasil, aunque poca gente lo sabía; ahí es donde Martín empieza a rastrear a Saade.
Con los años, esa familia se ha ido cayendo: a Sheila Nasser la terminaron extraditando; al Hotel del Prado, que era de los Nasser, le dieron extinción de dominio; a Tito Nasser lo mataron a tiros en 2020, saliendo de la cárcel; y Capeto Nasser, el mayor, hoy es pastor cristiano en Barranquilla. Le he insistido muchas veces en hablar conmigo y no ha querido, porque en Barranquilla se sabe que esa noche Jaime no actuó solo: en Medicina Legal se estableció que hubo dos agresores, porque encontraron dos tipos de sangre distintos a los de Jaime y a los de Nancy. Hubo una violación grupal, y Barranquilla sabe quiénes participaron; por eso los citamos en el libro. Ese delito, sin embargo, ya prescribió, porque nunca hubo proceso judicial por esa parte. Destapar esa red de encubrimiento fue otra de las grandes luchas de Martín.
Daniel Rivera Marín: Quiero leer un fragmento del libro, de la página 33: “Conocí a Gabriel García Márquez cuando, según sus propias palabras, era feliz e indocumentado. Corría el año 1964. Ambos vivíamos en Barranquilla, donde, de acuerdo con Gabo, no hay prestigio que dure tres días.” Contanos de dónde sale ese capítulo, y de la dedicatoria de la que tanto se habla.
Juan Guillermo Mercado: Hay un parentesco lejano entre las familias: Mercedes Barcha tenía un tío en Barranquilla casado con María Yunes, tía de Martín, y esa cercanía familiar entre los Barcha, de Sucre, y los Yunes, de Magangué, hizo que siempre hubiera cercanía. Cuando García Márquez vuelve a Barranquilla en 1971, ya con fama, para escribir lo que sería después “El olor de la guayaba”, el libro de Plinio Apuleyo Mendoza, Martín andaba para arriba y para abajo con él, porque tenía carro y lo hacía sentir seguro: ya lo perseguían en la calle. Ahí fueron amigos, y ese año Gabo le firmó un ejemplar de “Crónica de una muerte anunciada” con esta dedicatoria: “Para Martín Mestre, astronauta de tierra firme. Gabo, 1971, Barranquilla.”
Cuando Martín me mostró ese libro en Miami, donde su hijo mayor lo guarda en su biblioteca, le pregunté por qué le había puesto eso, y él tampoco lo sabía. Navegando un día en un yate por un canal cerca de Miami, mientras me contaba esa historia, empecé a construir la idea: un astronauta está suspendido en el espacio, pero siempre hay algo que lo ata a tierra. Y pensamos que quizás García Márquez, con ese poder narrativo suyo de ver cosas que muchos no vemos, sin saberlo estaba sentenciando que Martín estaba hecho, como material humano, para enfrentar esta lucha. Es una licencia literaria, tal vez atrevida, pero ha funcionado bien narrativamente: el libro termina con esa imagen de desplegar las alas y volar hasta el cielo para encontrarse con su hija, como en el final de “Cien años de soledad”.
Daniel Rivera Marín: ¿Creés que la condena y la extradición de Saade le dieron descanso a Martín?
Juan Guillermo Mercado: Creo que no, no en ese momento. El libro termina, para quienes no lo han leído, con una escena de cuando regreso después de ese viaje del 11 de abril de 2024 —el día en que Saade llegó extraditado— a la casa de los Mestre, donde estaba reunida toda la familia: la mamá de Nancy, su hermano Martín Eduardo, la actual esposa de Martín. Estaban, entre comillas, celebrando, tomándonos un whisky, pero el vacío que se sentía en esa casa, por la ausencia de Nancy, era muy triste. Me conmovió mucho, sobre todo cuando el hermano de Nancy, que hoy tiene casi sesenta años y una hija de dieciocho —la misma edad que tenía Nancy—, me dijo, llorando: “Juan, yo lucho todos los días para criar a mi hija entendiendo que fui yo quien persuadió a mi papá para que le diera ese permiso a Nancy esa noche; y lucho todos los días para que todo esto que ha cambiado mi vida no le haga daño a mi hija por lo que le pasó a mi hermana.” Pensé que ese era el cierre real de esta historia: la lucidez de un padre —el hermano de la víctima, ahora convertido en padre— reflexionando sobre cómo criar a su propia hija después de todo esto. Es ya la tercera generación tocada por ese mismo disparo.
Un año después, cuando lanzamos el libro, sí sentí que algo había cambiado: vi la emoción de Martín, que llegó con su bastón, con su caminador, feliz de entregarle el libro a la sociedad barranquillera y al país. Esa noche, su hijo me dijo: “Vamos a tomar nuestro whisky, porque hiciste algo que ninguno de nosotros pudo hacer en todo este tiempo: hacer sentir en paz a mi padre.” “Una lucha contra el olvido” está publicado por Planeta y se puede conseguir en el stand de la editorial, en el pasillo de Carabobo Norte de la Fiesta del Libro.