“En este momento la escritura viene de la mano de una gran precariedad”: Olivia Teroba
¿Cómo influye la precariedad en la creación literaria? ¿De qué manera impactan las lógicas de mercado sobre la forma de escribir y publicar? Conversamos con la escritora y editora mexicana Olivia Teroba sobre su libro Dinero y escritura, editado por Las Afueras.
Periodista y politóloga, máster en Creación Literaria. Editora y redactora especializada en cultura, tecnología y pensamiento.
No es lo mismo ser un éxito literario que ser un éxito en ventas. No es lo mismo la literatura que el mercado editorial. Ni la vocación que el trabajo. O la popularidad que el prestigio. Aunque a veces se confundan y en muchas ocasiones sus fronteras se desdibujen, es fundamental saber marcar las diferencias.
De eso conversamos con Olivia Teroba (Tlaxcala, 1988), autora del libro de ensayos Dinero y escritura (Las Afueras, 2026), en el que explora la tensión entre la creación literaria y la lógica económica. Becaria de diversos programas de escritura y ganadora de premios de cuento y ensayo, la escritora y editora mexicana reflexiona sobre cómo influye la precariedad en la escritura.
En esta entrevista, ahondamos en cómo escribe y crea un cuerpo cansado y en si es posible escapar de la llamada «trampa de la vocación» que, especialmente en el ámbito cultural, lleva tantas veces a la hiperproductividad y a la autoexplotación.
Existe un imaginario hollywoodiense de que la escritura es un oficio que da fama y fortuna. Sin embargo, la escritora y docente Hebe Uhart decía que «al escribir es bueno desaburguesarse un poco». Tú hablas incluso de cognitariado...
En México, ser escritor a mediados del siglo XX era algo muy prestigioso. En este momento la escritura viene de la mano de una gran precariedad. Cada vez más personas estudian en la universidad y cada vez parece que sirve menos. Hay un desfase entre esa exploración intelectual y el mercado laboral. Escribir siempre ha tenido algo de estar afuera, de no ser parte de la convención, con más o menos glamour. Yo crecí en una familia de clase media y soy de los primeros en ir a la universidad. Ahora me encuentro ante un vacío con este asunto de escribir. A la vez hay un deseo, incluso a veces un deber. Pero lo que encontramos es cada vez una mayor falta tanto de empleo como de ese valor inmaterial porque tampoco está la parte del estatus. Entonces, ¿por qué seguir escribiendo? Es una pregunta muy presente, y la verdad es que soy optimista. Yo confío en el público, aunque pareciera en este momento que no va a ocurrir, creo que ha habido ciertos movimientos en nuestra manera de producir y difundir literatura, con los medios independientes e incluso lectores que dicen «ya estoy harto de leer siempre lo mismo y quiero saber otra cosa». Es algo muy rico, pero del lado creativo puede ser muy frustrante.
Y ahí entra el tema del cansancio. Ante la presión por rendir y producir, quedamos como la expresión de Peter Handke, «radiantes de cansancio». Como si estar muy ocupadas, sobreesforzadas y sin un minuto libre fuera una medalla.
Podemos volver a las bases y pensar en términos de capital qué es el trabajo finalmente. El discurso de futuro y felicidad venía por tener el reconocimiento de haber sido muy capaz de enriquecer a otra persona, esa ilusión de ser el empleado del año. En el caso literario tiene que ver con las editoriales, los premios, las instituciones. Para ellos muchas veces estamos trabajando. Entonces aquí pienso en el prestigio y en cómo parece que es algo que se acumula. En México existe el Colegio Nacional, donde te reconocen con una beca vitalicia. Siento que ahí también hay una trampa porque son muy pocos espacios, pero ellos mantienen la promesa.
Y eso es en países donde hay una tradición institucional de reconocer y apoyar la creación literaria. En sitios donde no hay becas, se vuelve todavía más difícil dedicarse a la escritura.
Justo platicando con gente de Colombia, Costa Rica y otros países me decían «es que aquí no hay nada y ustedes se quejan de las becas que tienen». Yo creo que está bueno estar atentos también a qué generan las becas. Es algo que de lo que se quejan mucho mis colegas poetas, que muchos poemarios ya son muy parecidos entre sí porque tienen el formato de beca. Y está la parte de qué le puede agradar al jurado. Yo he sido jurado en becas y premios y es algo muy subjetivo. He escuchado rumores de alguien que dice «no, esta persona ya tiene muchos premios». Hay muy poco control de parte de quien participa; es como ganarse la lotería.
También está la parte de escribir para gustarle al mercado. Ahora hay mucha gente que publica solo porque es influencer. Se les crea un libro –con mejor o peor calidad– simplemente porque tienen muchos seguidores. Lo que está detrás muchas veces no es el talento, ni siquiera el aporte, sino una lógica de mercado.
Sobre eso yo puedo hablar por horas porque fui ghostwriter en empresas muy grandes y casi siempre mi voz era para influencers. Un día me dijeron los editores: «Es que la estructura tiene que ser sujeto, verbo, predicado; no te aloques, no metas figuras». Obviamente, es súper extraño y te sientes como ¿qué estoy haciendo de mi vida? Hablando a nivel macro, me inquieta qué pasa con la idea del libro. En México, muchos políticos publicaban su libro como «el libro me respalda, soy una persona intelectual». Y entonces me doy cuenta de la polisemia de la palabra libro: puede ser un manual de cocina, el libro de un influencer, puede ser cualquier cosa. Entonces la pregunta es qué consideramos literatura. Y ese ya es un terreno muy espinoso, porque por mucho tiempo la literatura ha sido elitista. Lo importante para mí es la postura poética, el propósito, cuando tienes esa intención de que lo que estás haciendo sea un objeto literario.
No conozco a una sola persona que se dedique al periodismo o a la literatura a la que no le hayan pedido al menos una vez que trabajara gratis —aunque a veces se le maquille con el término ad honorem—. Algo que es absurdo porque es como si el alquiler pudiera pagarse con «visibilidad».
Ahorita en Instagram se está hablando mucho sobre tener tiempo para descansar, para leer, para cuidar tu cuerpo, no estar todo el tiempo produciendo para otra persona. Y justo este tipo de labores no pagadas lo que te quitan es tiempo. A mí me da mucha pena porque lo veo mucho más con las escritoras. Me han contado personas que se dedican a clubes de lectura o a medios muy pequeños que dicen «es que los escritores no me contestan en Instagram, por eso solo trabajo con escritoras». Entonces yo me quedo pensando ¿por qué nosotras siempre contestamos? Como «no voy a ser grosera, no voy a ser maleducada». He visto a colegas tener tres o cuatro clubes de lectura a la semana, dos presentaciones, un viaje. Eso se va acumulando, estás todo el tiempo haciendo cosas. Alguien me decía «sí, es que eso va a ayudar a que venda mi libro». Y yo respondía: «Pero esa no es tu labor, es de la editorial». Yo trato de pensar en cuestión de quién me lo está pidiendo, para qué lo estoy haciendo. Tener entrevistas que me gustan, ir a clubes de lectura autogestionados, tratar de que todo vaya en función de mi propia creencia y disponibilidad. Es bien difícil, porque es una trampa del capitalismo eso de que tienes que decir que sí a todo porque después ya no hay.
Fomo (fear of missing out) literario.
Sí, totalmente. Cuando empecé a ir a eventos, mi hermano, que se dedica a las finanzas, me decía: «¿Y qué te van a dar por ir?». Y yo: «Pues prestigio». Y él me decía: «¿Vas a comer taquitos de prestigio?» [risas]. No se trata de decir «ahora voy mandar a todo el mundo al carajo», porque vivimos en un entorno social y muchos de quienes escribimos tenemos esta cosa de hacer algo por la literatura. Pero también hay que ser muy conscientes de decir «estoy donando mi trabajo», «estoy dando esta parte de mi tiempo», estar muy atentos a eso.
Porque se puede caer en la trampa de la vocación. ¿Crees que es posible desromantizar la precariedad en la escritura, desembarazarse del imaginario del poeta maldito?
Yo confío en que sí. Requiere mucha reflexión, muchas conversaciones e incluso diferenciar. Estaba platicando en una de las presentaciones de este libro con [la escritora y editora] Magalí Etchebarne y ella me decía «es que a mí no me gusta decir que la escritura es un trabajo porque yo lo disfruto». Entonces está esa pregunta: ¿dónde está mi placer en la creación literaria y dónde mi necesidad de pagar la renta? Creo que no está peleada una cosa con la otra, pero sí está bueno diferenciarlas. Una puede escribir un libro sin saber qué va a pasar, no sabes si lo vas a publicar o qué va a pasar con el dinero que te van a dar por él. Pero los artículos, los textos que te piden para una publicación, tu presencia, las charlas, eso sí es muy cuantificable. Pareciera que están apelando a la misma voluntad que yo tengo de sentarme a escribir un libro, y son cosas muy diferentes. Actúan otros agentes, no es algo tan personal.
En Los brotes negros, el ensayista Eloy Fernández Porta dice: «En la lógica neoliberal, la precariedad es un lamentable accidente que puede ser superado con un ejercicio de voluntarismo. En la anticapitalista, es una condición moral, pues en los espacios contraculturales, donde el dinero escasea, pedir condiciones dignas de trabajo es de malos militantes». ¿Cómo normalizar que se hable de plata en un sector en el que por lo general no hay mucho presupuesto?
Está buenísima esta reflexión. En ambos sentidos muchas veces olvidamos la parte del bienestar, con ese punto del trabajo y el sacrificio. Y la pregunta es qué tanto el trabajo también depende del descanso. ¿Por dónde pasa el cuidado? He platicado con muchos de mis colegas sobre tener un seguro médico, que las becas no te dan. Porque no solamente está la pregunta de cómo voy a escribir ahora, sino cómo voy a mantener esa escritura en el tiempo. Creo que esa pregunta por la continuidad, por preservar la vida a través del cuidado, es algo que falta y que al final es un poco lo que trato con el libro. Más que nada, conversar, porque no tengo la respuesta, pero es interesante escuchar cómo esta conversación cada vez está más presente, incluso desde distintos países y en condiciones muy diversas.