Generación

Germán Castro Caycedo, el cacique blanco que se enmaniguó

A cinco años de la muerte del periodista Germán Castro Caycedo, su hija, Catalina Castro Blanchet, recuerda los viajes que hizo con su padre por la Amazonía y habla de la nueva edición de La noche de las lanzas, una obra que cuestiona nuestras ideas sobre la civilización, la fe, el progreso y el derecho de los pueblos indígenas a permanecer aislados.

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hace 42 minutos

“No sé si él persiguió la selva o la selva lo persiguió a él, pero mi padre se enmaniguó”, dice Catalina Castro desde su casa en París. En su libro Mi padre, Germán Castro Caycedo (Planeta, 2024) recuerda su primer viaje con él al Amazonas en 1985, cuando ella tenía ocho años. Acababa de regresar de un viaje a Disney convencida de haber conocido una selva y visto indígenas. Germán la recibió en el aeropuerto y celebró la experiencia, pero enseguida le propuso llevarla al Amazonas para que conociera “una vegetación de selva de verdad, con indígenas de verdad”.

Catalina recuerda el amanecer sobre el río, la orquesta de pájaros, los sonidos cuyo origen no podía identificar y el temor de una niña que imaginaba arañas, serpientes y escenas de películas. Germán avanzaba como si aquel territorio fuera también su casa. La tomaba de la mano y le pedía que diera un paso después del otro, sin indicarle qué debía pensar.

La selva había aparecido desde muy temprano en la vida y en la obra del autor de Colombia amarga. Fue escenario de Perdido en el Amazonas (1976) y Mi alma se la dejo al diablo (1982), y regresó en los años noventa del siglo pasado para encontrarla convertida en un territorio de memoria, resistencia y confrontación, que condensó magistralmente en Hágase tu voluntad, publicada originalmente en Colombia por Planeta en 1998. El libro vuelve ahora a las librerías con el título que Castro Caycedo eligió para su edición española de 1999: La noche de las lanzas.

La obra reconstruye la muerte del obispo capuchino español Alejandro Labaka y de la religiosa antioqueña Inés Arango, ocurrida en julio de 1987, cuando intentaron entrar en contacto con los tagaeri, un pueblo de la Amazonía ecuatoriana que resistía la invasión de su territorio. Pero el relato no se limita a explicar la muerte de dos misioneros. Retrocede por siglos de conquista, evangelización, explotación cauchera y expansión petrolera para preguntar qué tuvo que ocurrir antes de que sus cuerpos terminaran atravesados por las lanzas. En 2025, el papa León XIV declaró venerables a los dos religiosos, un paso previo a su proceso de beatificación.

En esta conversación, Catalina Castro recuerda al padre y vuelve sobre el método, la mirada y la vigencia del periodista que le enseñó a acercarse al país sin pretender situarse por encima de los otros.

Han pasado cinco años desde la muerte de Germán Castro Caycedo. ¿Cómo lo recuerda hoy?

“Los recuerdos que conservo son los de una hija que tuvo una gran complicidad con su padre y muchos niveles de comunicación. Escribir el libro Mi papá, Germán Castro Caycedo, me permitió prolongar su vida. Lo recuerdo como ser humano, pero después de haber escrito ese libro también lo veo como periodista, una realidad con la que conviví durante muchos años sin ser plenamente consciente de ella. Cada vez que regreso a su obra lo admiro más: por su visión, por su firmeza y por su independencia”.

En su libro aparece una fotografía de aquel primer viaje que hizo con él al Amazonas. Usted tenía ocho años y estaba pintada como una indígena. ¿Cómo fue esa experiencia?

“El contacto con la selva es muy impresionante, sobre todo cuando uno es pequeño y llega a ese universo inmenso donde el cielo son las copas de los árboles. Mi papá siempre quiso que yo entrara en contacto profundo con el país, con su naturaleza y sus culturas. Algunos de los viajes que hicimos estaban relacionados con su trabajo y otros eran viajes familiares, pero su propósito era empaparme de país. También quería inculcarme esa capacidad que él tenía de llegar a un lugar despojado de sus propias creencias, con la mente abierta y sin emitir juicios de valor para absorber lo que el ambiente y las personas podían transmitirle.

Mis abuelos maternos solían enviarnos a mí a mis primos durante las vacaciones a campamentos en Estados Unidos para que aprendiéramos inglés. Después de mi primer viaje a Disney, mi papá me recogió en el aeropuerto y me dijo: “Me parece maravilloso que hayas visto indígenas de madera. Ahora quiero llevarte a la selva para que conozcas vegetación de verdad e indígenas de verdad”. Nos fuimos los dos solos. Vimos amanecer sobre el río Amazonas y escuchamos en silencio esa orquesta de pájaros que despierta en la selva. Es uno de los espectáculos naturales más bellos, pero también daba mucho miedo. Escuchaba sonidos que no sabía de dónde provenían y, con la imaginación de una niña, pensaba en arañas, serpientes y películas de terror.

Él me llevaba de la mano sin decirme qué debía pensar. Solo me decía: ‘Un paso después del otro’. En algún momento me picó algo y uno de los indígenas que nos acompañaba me aplicó una sustancia de la selva. Mi rostro volvió a la normalidad. La selva había picado y también había sanado. Ese viaje es uno de los recuerdos más bellos y, al mismo tiempo, más aterradores de mi vida. Años después, cuando me casé, entré a la iglesia del brazo de mi padre y llevaba un ramo de achiote. De manera consciente o inconsciente, estaba uniendo aquel primer camino por la selva con el camino hacia el matrimonio. Dos recorridos llenos de expectativas, ilusiones y alegría, pero también de incertidumbre y miedo”.

En un pasaje de su libro usted lo describe como “el cacique que transmite las historias a sus hijos para que ellos, a su vez, las perpetúen”. ¿Cómo construyó él esa relación íntima con la selva?

“No sé si mi papá persiguió a la selva o si la selva lo persiguió a él, pero claramente se enmaniguó. Mientras investigaba para escribir su biografía encontré que, cuando tenía siete años, había hecho una especie de cómic llamado Ciencias. Su amor por la naturaleza estaba muy arraigado desde niño. Él nació en Zipaquirá y recordaba que, durante los paseos con su madre, se detenía frente a una finca llamada Villa Elvira. Apoyaba las mejillas contra una gran reja y contemplaba un camino rodeado de árboles al que no podía entrar. Años más tarde, cuando trabajaba en La República, hizo su primer viaje al Amazonas. Contaba que dejó las maletas tiradas y corrió hacia la orilla del río, con la selva como telón de fondo. Desde ese momento quedó embrujado.

Después vinieron sus historias para El Tiempo, Perdido en el Amazonas, Mi alma se la dejo al diablo y las primeras expediciones de su programa de televisión Enviado especial. En uno de esos viajes, lo que debía durar dos semanas se convirtió en cinco. El equipo estuvo perdido y pasó diez días casi sin comida. Quienes viajaron con él sintieron siempre esa mezcla de deslumbramiento y miedo. A los camarógrafos les daban niguas, se enfermaban o sufrían picaduras. A él nunca parecía pasarle nada. Decía que se sentía indígena. Mostraba sus brazos y afirmaba con orgullo: “Con esta piel, yo soy mestizo. Tengo más de indígena que de cualquier otra cosa”.

También estaba el ritual de las historias que me contaba por las noches. Era un cacique que transmitía la memoria, pero permitía que sus hijos usaran su imaginación e hicieran sus propias interpretaciones. Para mí era un juglar. Todavía escucho muchas de esas historias antes de dormir”.

Entre Julián Gil, el protagonista de Perdido en el Amazonas; Benjamín Cubillos, de Mi alma se la dejo al diablo, y Alejandro Labaka e Inés Arango, de La noche de las lanzas, parece existir una trilogía narrativa. ¿Qué representa este último libro dentro de su obra?

“La noche de las lanzas condensa las preocupaciones que atravesaron toda su obra: investigar desde el territorio, escuchar durante meses a quienes no tienen acceso a la palabra pública, contrastar testimonios, cuestionar las versiones oficiales y revelar los intereses económicos que actúan detrás de los acontecimientos.

Mi padre no pretendía hablar en nombre de los pueblos indígenas ni apropiarse de su voz. Construía el relato para que sus testimonios, su memoria y su manera de entender el territorio modificaran nuestra lectura de la historia. Era una manera de restituirles la dignidad a personas que suelen ser reducidas a categorías como “salvajes”, “criminales” o “atrasados”, sin esconder las contradicciones ni las preguntas que permanecían abiertas.

Este libro significó su regreso a un territorio que lo apasionaba y lo había marcado profundamente, pero no fue un regreso nostálgico. Volvió con nuevas preguntas y encontró otras expresiones de una misma violencia. La selva aparece como un personaje vivo, un espacio de memoria y resistencia, pero también como un territorio codiciado por quienes quieren explotar sus recursos. Los actores podían cambiar —conquistadores, caucheros, colonos, misioneros o petroleros—, pero persistían la invasión, el despojo y el desprecio por las culturas que habitaban allí”.

¿Qué historia cuenta realmente La noche de las lanzas?

“Entramos al libro pensando que vamos a conocer la historia de dos religiosos asesinados por unos indígenas, pero poco a poco entendemos que se trata de una historia mucho más compleja. Germán reconstruye siglos de violencia para responder una pregunta: ¿qué tuvo que suceder antes para que los cuerpos de Alejandro Labaka e Inés Arango terminaran atravesados por lanzas? Retrocede hasta las primeras invasiones y la esclavización de los pueblos amazónicos; pasa por las misiones religiosas, la explotación del caucho y la búsqueda de oro, y finalmente llega a las compañías petroleras.

Cada nueva forma de progreso repite, con actores diferentes, un mismo mecanismo, la destrucción ambiental, la invasión territorial y el sometimiento de las comunidades. El libro muestra con particular crudeza lo que padecieron pueblos como los quichuas, los záparos y los huaorani. Retoma los abusos de la Casa Arana, las mutilaciones, los asesinatos y la práctica de marcar a los indígenas como si fueran ganado.

Algunos clanes de los huaorani, como los tagaeri, se resistieron a ser reducidos, esclavizados o “civilizados”. Con el petróleo apareció un nuevo rostro de esa invasión. Las compañías necesitaban continuar la exploración y destruir la selva. Germán investigó quiénes habían entrado en el territorio, quiénes conocían los hechos, quiénes ocultaban información y quiénes necesitaban acelerar el contacto. La muerte de los dos religiosos fue el desenlace de una larga lucha en la que intervinieron misioneros, colonos, conquistadores, caucheros, el Estado, el Ejército y las compañías petroleras. No hay un culpable único y cómodo”.

Uno de los recursos más poderosos del libro es la inversión de las nociones de “civilizado”, “salvaje” y “caníbal”.

“Desde las primeras páginas, Germán invierte el sentido de esas palabras. Para los huaorani, los caníbales son los blancos, quienes se han llevado a integrantes de sus comunidades y nunca los han devuelto. Al presentar inicialmente a monseñor Labaka y a la madre Inés Arango como dos caníbales, obliga al lector a abandonar su posición de superioridad y a preguntarse quiénes son los verdaderos depredadores, si quienes empuñan las lanzas o quienes devoran los territorios, las culturas y los cuerpos. El último capítulo se titula ‘Otra gente’, y esa expresión es fundamental en la visión de Germán. Los tagaeri no son seres primitivos ni representan una etapa anterior de la humanidad. Son otra gente, otra sociedad, otra cultura, otra memoria”.

El libro contiene una dura crítica a la evangelización. ¿También cuestiona la fe?

“Es una crítica a determinadas actuaciones de la Iglesia, pero no es una crítica a la fe. Mi padre tenía una religiosidad muy propia. Decía: ‘Yo no creo en la Iglesia, creo en la filosofía de Cristo’. Desconfiaba de los sermones alejados del hambre, la violencia y la injusticia social. Creía más en las acciones de paz que en los discursos. Defendía la solidaridad, el respeto, la responsabilidad social y varios principios de la teología de la liberación. Su espiritualidad era íntima y ligada a lo concreto. Solía decirme: ‘Todos los días hablo con mi carpintero de Judea’.

Por eso podía criticar duramente la evangelización forzada y, al mismo tiempo, admirar a personas como Alejandro Labaka, Inés Arango o Francisco de Roux, autor del prólogo de esta edición. Para él representaban una fe capaz de escuchar, convivir, proteger y actuar frente a la injusticia. El libro muestra que la evangelización forzada no se limitó a imponer una religión. Desarticuló un universo cultural, transformó las viviendas y la organización familiar, separó a los ancianos de los niños, sustituyó los nombres, condenó la desnudez, introdujo la noción de pecado y modificó la relación con lo sagrado.

Una de las imágenes más poderosas es la de la maloka, la casa indígena, entendida simultáneamente como vivienda, templo y universidad. Al alterar ese espacio se destruyó también una forma de transmitir la memoria, el conocimiento y la relación con el cosmos. En nombre de la civilización, se sustituyó una cultura mientras se afirmaba que esos pueblos no tenían ninguna”.

¿Por qué recuperar el título La noche de las lanzas en lugar de Hágase tu voluntad?

“El libro fue publicado en Colombia en 1998 con el título Hágase tu voluntad. Un año después, mi padre decidió publicarlo en España como La noche de las lanzas. Siempre consideró que este era un título más justo y más literario. Hágase tu voluntad retoma las últimas palabras del relato y remite directamente a la fe, la entrega y el sacrificio de los religiosos. Sin embargo, sitúa la historia principalmente del lado de los dos misioneros.

La noche de las lanzas amplía la mirada. Incluye a los misioneros, pero también a los huaorani, tagaeri, quichuas, záparos, su territorio, su memoria, la violencia histórica que padecieron y las zonas de sombra que rodearon la tragedia. No es únicamente la historia de dos muertes, sino la de dos mundos que llegan a un punto de colisión. Germán comienza y cierra el libro con una imagen muy cinematográfica: los cuerpos atravesados por las lanzas. Pero esa escena no conduce necesariamente a condenar a quienes las levantaron. Lleva al lector a preguntarse qué ocurrió antes para que fueran lanzadas”.

¿Cuál fue el método periodístico y literario de Germán Castro Caycedo para reconstruir esa historia?

“La historia no está narrada linealmente. Germán recurría mucho a la secuencia rota y fue construyendo un relato polifónico a partir de los testimonios del padre Miguel Ángel Cabodevilla; de los diarios y las crónicas de Alejandro Labaka; de las voces de otros misioneros, y de las versiones de los huaorani y los tagaeri. A ese material agregó documentos institucionales e investigaciones sobre colonización, caucho y petróleo. Para describir la selva consultó especialistas en botánica y entomología, expertos en asuntos eclesiásticos, antropólogos y estudiosos de las culturas amazónicas. Y a todo eso añadió su propia inmersión en el territorio. Confrontaba las fuentes, mostraba las contradicciones y conducía al lector sin reemplazar su capacidad de interpretación. Era el lector quien debía sacar sus propias conclusiones”.

Es difícil imaginar que hoy se pueda escribir un libro con esas ambiciones...

“Hoy puede parecer muy difícil que un periodista se dedique durante años a un proyecto semejante, pero no creo que sea solo un asunto de voluntad. Cuando mi papá decidió ser cronista existían medios que le daban tiempo y recursos para permanecer un mes en la selva y publicar una sola crónica. Ahora los medios exigen inmediatez y el periodista muchas veces queda condenado a escribir detrás de un escritorio. Eso no significa que hayan desaparecido el rigor o la valentía. En Colombia hay periodistas regionales que siguen investigando a costa de su seguridad y, en ocasiones, de su vida. También se enfrentan a una opinión pública que no siempre está dispuesta a escuchar verdades diferentes de aquellas en las que ya cree”.

¿Qué puede decirles este libro a las generaciones actuales?

“El derecho de los tagaeri a la libertad no aparece como una noción abstracta. Está ligado a permanecer en su territorio, conservar su cultura y decidir si quieren establecer contacto con el mundo exterior. La pregunta sigue abierta: ¿tenemos derecho a entrar en el territorio de otro pueblo solo porque poseemos la tecnología para hacerlo? Los tagaeri no estaban esperando ser descubiertos ni evangelizados. Se mantenían apartados porque su experiencia histórica les había demostrado que el contacto podía significar enfermedad, esclavitud y muerte.

Aunque relata una tragedia ocurrida en 1987, el libro plantea preguntas completamente actuales: ¿qué significa civilizar?, ¿dónde termina la evangelización y comienza la destrucción cultural?, ¿qué responsabilidad tienen las empresas y los Estados cuando aquello que llaman progreso amenaza la supervivencia de un pueblo?

La lectura adquiere un sentido todavía más amplio en un presente marcado por guerras e invasiones justificadas por naciones que se consideran superiores o con derecho a decidir sobre otros pueblos, ocupar sus territorios, apropiarse de sus recursos y vulnerar su soberanía. El gran valor de La noche de las lanzas es que no salimos intactos de su lectura. Entramos pensando que conoceremos la historia de dos religiosos asesinados por unos indígenas y terminamos interrogándonos sobre la conquista, la Iglesia, el petróleo, el medio ambiente, el progreso y nuestra propia idea de civilización. Germán no nos dice qué debemos pensar. Nos obliga a mirar desde el otro lado. En un país y en un mundo tan polarizados, ese ejercicio es demasiado importante”.