Generación

Irán: un viaje al pasado para entender por qué la guerra abierta por Israel y EE.UU. es un salto al vacío

Más allá de las tensiones geopolíticas, Irán y Occidente comparten una raíz lingüística y cultural que sobrevive en palabras cotidianas y una historia milenaria. Comprender esta nación exige mirar más allá del conflicto actual, reconociendo una civilización que no se agota en su régimen ni puede ser contenida por la fuerza.

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Consultor en ciencias sociales, estrategia y sostenibilidad.

hace 29 minutos

A Irán se le suele mirar como si perteneciera a un mundo completamente ajeno al occidental, pero la cultura cuenta otra historia. El farsi, o persa moderno, forma parte de la familia indoeuropea, la misma a la que pertenecen el español, el inglés, el francés, el alemán, el griego o el latín. Eso quiere decir que, en un pasado muy remoto, quienes terminaron poblando Europa y quienes se asentaron en la meseta iraní no venían de universos inconexos, sino de ramas distintas de un mismo tronco.

Esa huella aparece incluso en el nombre del país. “Irán” remite a antiguas formas vinculadas con los pueblos indoiranios y suele entenderse como “la tierra de los arios” o “de los iranios”, en un sentido histórico y lingüístico, no racial. Allí, “ario” se acerca más a la idea de “noble” o de pertenencia a un linaje propio que a las deformaciones ideológicas que esa palabra adquiriría siglos después en Europa. Frente a “Persia”, que alude con mayor precisión a Pars o Fars, la región desde la cual surgieron los aqueménidas, “Irán” nombra una continuidad más amplia: no solo una dinastía o un imperio, sino una experiencia histórica de larga duración.

Y esa cercanía antigua todavía asoma en palabras mínimas. “Mamá”, “madre”, mater, mother y el persa mâdar no se parecen por accidente: conservan la vibración lejana de un parentesco común. Otras palabras muestran algo distinto pero igual de revelador: no una raíz compartida, sino siglos de contacto. “Naranja”, por ejemplo, suele rastrearse desde el sánscrito naranga, pasa por el persa nārang, entra al árabe como nāranj y termina viajando a las lenguas europeas hasta convertirse en orange o en “naranja”. En una sola palabra cabe una pequeña geografía del mundo antiguo. India, Persia, Arabia y Europa no eran compartimentos sellados, sino espacios conectados por rutas, mercancías, préstamos y traducciones. Por eso, antes de leer a Irán como un país lejano o completamente extraño, conviene recordar algo elemental: en su nombre, en su lengua y hasta en algunas de nuestras palabras cotidianas sobrevive una historia compartida.

La profundidad de Persia

Esa continuidad empezó mucho antes de la República Islámica. Mucho antes incluso de la Persia clásica, el territorio iraní ya tenía ciudades, redes de intercambio y poderes organizados. Elam, con centro en Susa, fue una de esas civilizaciones tempranas del Cercano Oriente, viviendo entre el 3.200 AC, hasta el 600 AC, aproximadamente. Más tarde llegaron a la meseta iraní los pueblos de lengua irania, entre ellos medos y persas. De ese proceso surgió, en el siglo VI antes de Cristo, el Imperio aqueménida de Ciro el Grande, uno de los grandes hitos de la Antigüedad. Bajo Ciro, Cambises, Darío y Jerjes, Persia dejó de ser una potencia regional para convertirse en un imperio inmenso, extendido desde Asia Central hasta Egipto y el Mediterráneo oriental.

En la memoria occidental, Persia aparece a menudo reducida a sus guerras con Grecia. Pero eso es apenas un fragmento. Tras Alejandro y el período helenístico, Irán volvió a reconstituirse bajo dinastías propias. Los partos primero, y luego los sasánidas, fueron durante siglos el gran contrapeso oriental de Roma y después de Bizancio. Persia no fue un borde exótico del mundo antiguo: fue uno de sus polos. Con Roma y Bizancio tuvo guerras, sí, pero también diplomacia, comercio, disputa por rutas y reconocimiento mutuo entre imperios que se sabían rivales equivalentes.

El islam no borró a Irán

Esa rivalidad agotó a ambos. Las guerras entre bizantinos y sasánidas debilitaron profundamente a los dos mundos y abrieron paso a una nueva fuerza histórica: el islam. En el siglo VII, los ejércitos árabes derrotaron al Imperio sasánida e incorporaron el territorio iraní al nuevo mundo musulmán. Pero el islam no borró a Irán. La islamización fue gradual; durante generaciones persistieron tradiciones anteriores, entre ellas el zoroastrismo. El persa adoptó el alfabeto árabe y absorbió mucho vocabulario árabe, pero la operación no fue de una sola vía. La cultura persa moldeó profundamente la civilización islámica: su administración, su literatura, sus formas cortesanas, su lenguaje del poder.

Y desde ahí proyectó una influencia duradera también sobre Occidente. La Persia islámica fue uno de los grandes centros de traducción, conservación y expansión del conocimiento. Figuras como Avicena fueron decisivas para la medicina y la filosofía medievales; poetas como Ferdousí, Omar Jayyam, Saadí, Hafez o Rumi terminaron integrándose, siglos después, a la imaginación literaria global. Durante mucho tiempo, Irán no fue solo un escenario de guerras, sino un foco de ciencia, refinamiento cultural y organización política.

Chiismo, Estado y diferencia

Otro punto decisivo llegó con los safávidas, a comienzos del siglo XVI. Ellos reunificaron Irán y convirtieron el chiismo duodecimano en religión del Estado. Esa decisión fue histórica. No solo ayudó a darle una forma más definida al país, sino que marcó una diferencia duradera frente al gran poder suní de la región: el Imperio otomano (que necesitaría una columna aparte). Allí se consolidó una de las claves del Irán moderno: un Estado con memoria persa, tradición islámica y una identidad chiita definida también por contraste con sus vecinos.

La entrada al mundo contemporáneo fue menos gloriosa. En los siglos XIX y XX, Irán quedó sometido a la presión de potencias extranjeras, sobre todo Rusia y Gran Bretaña, interesadas en su posición estratégica y en sus recursos, especialmente el petróleo. Hubo intentos de reforma, una revolución constitucional en 1906 y luego una modernización acelerada bajo la dinastía Pahlaví. Reza Shah y después Mohammad Reza Shah buscaron centralizar el Estado, modernizar infraestructuras, secularizar parcialmente la vida pública y acercar el país a Occidente. Pero ese proyecto también fue muy autoritario y monárquico al estilo europeo, alimentando la idea de que la modernización estaba siendo impuesta desde arriba y afuera; sin la suficiente participación y legitimidad social local.

1953, 1979 y la revolución teocrática

El año clave fue 1953. Dos años antes, el primer ministro Mohammad Mosaddegh había nacionalizado el petróleo iraní. La medida generó un enorme respaldo interno, pero chocó con los intereses británicos y preocupó a Estados Unidos en plena Guerra Fría. El golpe que lo derrocó, impulsado por británicos y estadounidenses, dejó una huella profunda. Desde entonces, para muchos iraníes, la relación con Occidente dejó de ser solo diplomacia o comercio y pasó a entenderse también como una historia de injerencia.

La revolución islámica de 1979 fue la explosión de todo eso. Reunió a religiosos, estudiantes, nacionalistas, izquierdistas y amplios sectores sociales, pero terminó bajo el liderazgo del ayatolá Ruhollah Jomeini. Y ahí se produjo el gran giro: no nació simplemente una república con inspiración islámica, sino una teocracia con fachada republicana. Irán mantuvo elecciones, presidente, parlamento y vida institucional, pero todo quedó subordinado a una autoridad religiosa superior. El principio del velayat-e faqih —la tutela del jurista islámico— colocó el poder último en manos del Líder Supremo. Desde entonces, la religión no es solo parte de la vida pública: es una pieza constitutiva de la arquitectura del Estado.

Eso transformó radicalmente la relación con Occidente. La República Islámica se definió en parte contra Estados Unidos, al que asociaba con el golpe de 1953, con el apoyo al sha y con décadas de subordinación. La toma de la embajada estadounidense en Teherán, en 1979, selló la ruptura. Después vinieron la guerra con Irak, el peso creciente de la Guardia Revolucionaria, las sanciones, el expediente nuclear y una lógica de confrontación prolongada.

La doble ceguera

Y aquí aparece un doble problema que ayuda a entender por qué la situación ha llegado tan lejos. El primero está del lado de varias potencias occidentales, que han actuado una y otra vez como si debilitar fuerzas militares, golpear infraestructura estratégica o aislar diplomáticamente al país bastara para quebrar la idea de Irán como sujeto histórico. Pero Irán no es un régimen reciente sin profundidad social; es una nación con memoria milenaria. Ha cambiado de dinastías, de religiones, de estructuras de poder. Ha sido conquistado, islamizado, reformado y revolucionado. Y, sin embargo, ha conservado una fuerte conciencia de continuidad. Pensar que la coerción militar puede borrar eso es confundir Estado con civilización.

El segundo problema está dentro de Irán. La República Islámica, en su forma teocrática, ha tendido a identificar de manera demasiado estrecha la nación con una visión religiosa particular. Al colocar la soberanía última en una autoridad clerical y organizar la vida pública bajo una interpretación específica del islam chiita, el régimen ha reducido el espacio para otras formas de pertenencia, otros credos y otras maneras de imaginar lo iraní. En nombre de la unidad, ha estrechado el pluralismo. En nombre de la autenticidad, ha limitado la diversidad. Y así ha terminado por confundir con frecuencia la nación con su propia doctrina.

Lo que no se quiso entender

Hace años, en 2017, el ministro de Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed, lanzó una advertencia que hoy suena menos estridente de lo que parecía entonces: dijo que en Europa surgirían más radicales por falta de decisión y por la pretensión de creer que desde fuera se entiende Medio Oriente, el islam y “los otros” mejor que quienes viven esa realidad, y remató llamándolo “pura ignorancia”. Más allá del tono, la advertencia tocaba un punto de fondo: cuando las potencias externas sustituyen el conocimiento histórico por sus propias simplificaciones, suelen empeorar aquello que dicen querer corregir.

Eso no absuelve al régimen iraní de su propia responsabilidad, ni convierte toda crítica externa en arrogancia. Pero sí recuerda algo básico: un país como Irán no puede leerse únicamente como expediente militar, amenaza nuclear o problema de contención. Sin historia cultural, sin historia política y sin historia de sus relaciones con Occidente, lo que queda es un diagnóstico mutilado.

Irán no cabe en un misil

Por eso el punto no es solo que Occidente no entendió del todo a Irán. El punto es que, al no entenderlo, creyó que podía doblegar una historia milenaria tratando a la nación como si fuera idéntica a su aparato militar. Y, al mismo tiempo, el régimen iraní ha actuado como si esa misma nación pudiera reducirse a una teocracia que decide quién pertenece de verdad y quién no. Entre esas dos simplificaciones se ha incubado buena parte de la tragedia actual.

Irán no empezó ayer. No nació con la revolución de 1979, no se agota en la República Islámica y no puede comprenderse únicamente a través de sus gobernantes actuales. Pero tampoco puede entenderse ignorando que hoy está regido por una estructura teocrática que ha hecho de la religión un criterio de poder y de exclusión. Conocer su historia no resuelve la guerra, pero sí permite ver dos cosas elementales: que los bombardeos no destruyen una nación milenaria y que ninguna teocracia, por poderosa que sea, puede contener por completo la complejidad de Irán.