Acusados por oponerse a la mina Quebradona: la historia de los 11 campesinos de Jericó
Once campesinos del Suroeste antioqueño enfrentan cargos por secuestro, hurto y lesiones personales tras oponerse a un megaproyecto minero que divide a la región hace más de una década. Detrás del proceso está una disputa más profunda: la del arraigo a la tierra. La próxima audiencia está fijada para agosto de 2026.
Hago parte del área Metro, equipo que cubre Medellín y Antioquia. Interesado en las transformaciones urbanas y la infraestructura. Siempre en búsqueda de una historia. Abogado y periodista, magíster en escrituras creativas.
Porfirio Garcés estuvo por primera vez al frente de un juez a sus 86 años. Es aficionado a la ópera y recita poemas de Barba Jacob, Miguel Hernández y García Lorca —“El cielo es de ceniza. / Los árboles son blancos, / y son negros carbones / los rastrojos quemados”—. Su casa está rodeada de cientos de anturios y mantos rojos florecidos, las gallinas andan sueltas en el jardín. Es el mayor de los once campesinos de Jericó imputados en mayo de 2025 por oponerse a la construcción de una gran mina de la multinacional sudafricana AngloGold Ashanti. Las Fiscalía los señala de secuestro simple, hurto y lesiones personales por retener a operarios de la minera en la carretera, desmontar una plataforma de exploración y hasta por la mordedura de un perro a un celador, en hechos que ocurrieron entre mayo de 2022 y diciembre de 2023.
La imagen de Porfirio frente al fiscal se puede comparar a Sócrates, que a los 70 años fue llamado a juicio y sentado en frente de 501 jurados. También fue acusado de tres cargos: no reconocer a los dioses, introducir nuevas deidades e incitar a los jóvenes a cuestionar la autoridad.
—Era la primera vez que iba a un juzgado a esperar que me condenaran. Los amigos me decían: “¿Porfirio, por Dios, usted cómo va estar en esto? —dice un martes de septiembre de 2025 mientras cae la tarde y tomamos tinto en una casa de corredores amplios en el corregimiento Palocabildo, epicentro del proyecto minero y de las protestas, a 11 kilómetros del parque de Jericó—. Esta es una lucha por salvar este territorio y no olvidarnos de lo que fuimos, lo que hemos sido y lo que pretendemos seguir siendo.
Hace 15 años el Suroeste antioqueño supo que AngloGold Ashanti (AGA) planeaba abrir la mina Quebradona en las faldas de Palocabildo. AGA es uno de los gigantes mundiales de la extracción de metales, pero su trayectoria no está libre de controversia. En 2005 fue denunciada en el Congo por presuntos pagos a un grupo armado ilegal; la compañía respondió que sus empleados actuaron bajo coacción, amenazados de muerte.
En Jericó, la empresa estima invertir 2.000 millones de dólares en la construcción de la mina. Las protestas en contra del proyecto han sido constantes, con bloqueos en la entrada de las instalaciones y en terrenos de particulares donde montan estaciones de exploración. Los campesinos temen que la mina —de la que extraerían cerca de 5 millones de toneladas de concentrado de cobre, oro y plata durante 20 años— acabe con la vocación agrícola y turística de Jericó y Támesis, y con el paisaje y las fuentes de agua que los identifican.
En mayo de 2025, la Fiscalía imputó a once campesinos por secuestro, hurto y lesiones personales. Además de Porfirio, fueron judicializados Gustavo Arboleda (62 años), William Gaviria (62), José Luis Bermúdez (61), Luis Albeiro Cardona (61 años), Argiro Tobón (60), Gabriel Suárez (50), Rubiel Arango (46), Mauricio Londoño (45 años), Rodolfo Tobón (44) y Juan Carlos Salinas (43). La ONU y la Defensoría del Pueblo rechazaron la judicialización de los campesinos.
El Suroeste forjó una de esas formas de ser paisa: la del que madruga a rezar antes de trabajar, la de las arepas y el quesito sobre la estufa de leña, la del aguardiente que acompaña tanto el velorio como la fiesta. Una religiosidad piadosa que honra a padre y madre y prefiere la tierra, los animales y las matas a la ropa nueva y a los lujos. Sentado en un estadero de la vereda La Soledad, desde donde se ve el cañón del Cauca dormir su siesta en el valle que marca el límite entre Antioquia y Caldas, Gustavo Arboleda viste con sombrero, un dulceabrigo en el cuello para el sudor y espantar los moscos; camisa manga larga para protegerse del sol y la maleza; pantalón de dril, resistente para las jornadas de campo; y machete en su funda, la herramienta para abrirse paso en el monte. Es la pinta habitual del campesino.
Por eso causó extrañeza que los delitos se agravaran pues, según dijo la Fiscalía en las audiencias de mayo y junio de 2025, los campesinos iban armados con machetes y zurriagos. La defensa de los imputados dice que esta es una forma de estigmatización a la indumentaria campesina que han usado por décadas; decir que iban armados ayuda a generar la idea de que son peligrosos, señalan los abogados.
—Cuando fuimos a la primera audiencia no sabíamos a qué íbamos. Que allá les explican, nos dijeron. Arrancamos a ver qué era. La sorpresa fue cuando llegamos oír a la fiscal que necesitaba que nos detuvieran; bastante triste esa situación, que a uno le lean cosas que no existen y acusarnos de delitos tan graves —dice Willian Gaviria en el patio de su casa en la vereda Vallecitos de Jericó, a una media hora de la casa de Porfirio, donde tiene sembrados de aguacate, café, plátano, limón y mandarina; estanque con peces y corrales con gallinas ponedoras, pollos de engorde y cerdos.
Después de que un juez negara el pedido de medida de aseguramiento contra los once campesinos imputados en junio de 2025, aún se está a la espera de que la Fiscalía radique la acusación. La próxima audiencia sería en agosto de 2026.
La tierra
—Nací en esta región hace 62 años, mis papás y mis abuelos eran de Vallecitos —dice William Gaviria—. Acá hemos sido de sembrar, mis abuelos cultivaban frijol y maíz y se abastecían para todo el año, no vendían la cosecha. Desde pequeño trabajé en las siembras de maíz de mi papá y cogiendo café. Le contaban a uno los abuelos que sufrían mucho por el agua, tenían que cargarla desde muy lejos; ese problema se acabó cuando construyeron los acueductos.
Los indígenas Catíos y Caramantas vivían en las montañas que hoy son Jericó antes de la llegada de los españoles. Santiago Santamaría dirigió la colonización y fundó los asentamientos de Roblecabildo, Palenque y Aldea Piedras, donde hoy está el pueblo. En 1852, la localidad se convirtió en municipio y en 1877 fue capital del departamento del Suroeste durante la corta vida del Estado Soberano de Antioquia.
Jericó trae su nombre de la Biblia. Era una ciudad amurallada e inexpugnable hasta que Dios ordenó a los israelitas marchar a su alrededor durante seis días. Al séptimo la rodearon, los sacerdotes tocaron las trompetas y las murallas se derrumbaron.
En los bordes de la montaña de Jericó también está la vereda La Oculta, famosa por la novela de Héctor Abad Faciolince que habla de la obsesión por el arraigo a la tierra y que justo se publicó en 2014, cuando ya el debate minería había comenzado. El epígrafe del libro es una cita de Levíticos: “Pero sus campos nunca se vendan, por ser herencia sempiterna”.
El corregimiento de Palocabildo está al oriente del municipio. Su nombre es producto de una coincidencia. Durante la fundación se realizó una reunión bajo un roble para determinar su ubicación; de este evento derivó el nombre original de Roblecabildo, que luego cambió a Palocabildo. En este sector permanece la primera casa levantada del pueblo. Aunque se quiso establecer allí la cabecera municipal, la inclinación del terreno obligó a trasladar la fundación.
La vereda La Soledad, donde también ocurre esta historia, pertenece al corregimiento de Palocabildo. Viven 55 familias. Así lo bautizaron por la abundancia del cuco ardilla o soledad, un ave de unos 50 centímetros de cola larga café, que no es el mismo barranquero. Antes, cuando hacía más frío, cultivaban papa, maíz y fríjol. Los arrieros bajaban los excedentes de las cosechas hasta la estación del ferrocarril en Puente Iglesias, al pie del río Cauca. Hace unos 80 años empezaron a sembrar café pajarito y con el tiempo devino en el cultivo predominante.
Contraria a la tradición aurífera del Nordeste o a la trayectoria carbonífera de la quebrada Sinifaná en el Suroeste, el hallazgo de cobre, oro, plata y molibdeno en Jericó marca un punto de inflexión en la historia minera de Antioquia porque, dicen en el pueblo, estas tierras conservan el espíritu de sus fundadores, comunidades agrícolas y cultivadoras. El Dane muestra que en Jericó y en Támesis la actividad agropecuaria representa más del 30%.
La esposa de William nos trae café bien caliente. La finca queda en la media loma de la vereda Vallecitos, las veraneras moradas están florecidas entre plataneras y matas de café; William acaba de echarle cuido a las tilapias rojas que tiene en su estanque.
—¿Por qué se llama Vallecitos?
—Porque hay un descansito acá en la montaña, de pronto es por eso. Acá no entra y sale gente, somos los que hemos vivido toda la vida; uno que otro ha llegado a comprar una finquita. Son 123 viviendas, hay dos o tres en arriendo, de resto todos vivimos en su casa propia, la mayoría con su parcela para trabajar que obtuvieron por herencia.
—¿Por qué se oponen a la minería?
—Tengo familia en el Nordeste, esos pueblos tienen tradición minera, no es la misma vocación agrícola de acá. Por donde usted ande ve cultivos de café y de cítricos. La tranquilidad vale mucho, uno sale y no está preocupado que le van a robar, los vecinos están pendiente si llega alguien desconocido.
Abajo de la casa de William, a unos 10 minutos a pie, vive Rubiel Arango, otro de los campesinos imputados. Tiene siete cuadras de tierra de las que salen buenas cosechas de café, plátano, maíz y fríjol. Cuenta con gusto de sus caminatas en las que se ha encontrado osos perezosos, pájaros coloridos y culebras.
—Yo nací en Palocabildo hace 46 años. Quiero mucho este pueblo, lo amo. He trabajado cogiendo cafecito, abonando arbolitos, desyerbando, cuidando los nacimientos, caminando el monte, cuidando los animales, la frescura es increíble.
La minería
La historia de AngloGold Ashanti en Colombia empezó en 2004 en Cajamarca, Tolima, con la mina de oro La Colosa, rechazada por una votación popular en 2017 cuando más de 6.000 ciudadanos dijeron No a la minería en la zona. En 2006, la multinacional expandió sus operaciones a Antioquia con los proyectos Gramalote, en San Roque (Nordeste antioqueño), y Quebradona, en Jericó, donde los títulos mineros alcanzan una extensión de 4.881 hectáreas.
Desde 2009, la mesa ambiental documentó los primeros reparos de la comunidad; advirtieron sobre posibles impactos en nacimientos de agua y en la estabilidad del terreno. En 2014 empezaron los bloqueos ciudadanos en Palocabildo, un año antes de que el Gobierno declarara el proyecto como de Interés Nacional.
La fase de exploración inició en 2016, y en 2017 hubo nuevas manifestaciones campesinas contra la instalación de plataformas de perforación, bloqueos que se repitieron los siguientes años y que fueron el sustento para la imputación.
Según la empresa, el depósito mineral se encuentra a 400 metros de profundidad y contiene reservas estimadas en 5 millones de toneladas de concentrado, principalmente de cobre (80%) y oro. El plan de explotación subterránea contempla cuatro años de construcción, 19 de producción, cinco de cierre y una década de actividades de monitoreo.
Los reveses para AngloGold Ashanti comenzaron a acumularse desde que las protestas se hicieron recurrentes, pero sobre todo desde noviembre de 2021, cuando la Autoridad de Licencias Ambientales (Anla) archivó el pedido de permiso de explotación tras identificar fallas en el estudio de impacto ambiental.
En un documento de casi 700 páginas, la Anla concluyó que la solicitud omitía riesgos hidrológicos, bióticos y de geotecnia. Además, señaló la falta de claridad en el manejo de depósitos de desechos mineros y los efectos de la subsidencia, es decir, el hundimiento progresivo y gradual del terreno.
En octubre de 2025 llegó otro revés, la Agencia Nacional de Minería negó la solicitud del proyecto de suspender sus obligaciones contractuales derivadas del título minero. En pocas palabras, le respondió que era insubsanable que, por un lado, pidiera liberarse de sus compromisos contractuales y por otro estuviera pidiendo plazos para extender la exploración.
En diciembre de 2025, la misma Agencia negó la prórroga solicitada para continuar la etapa de exploración por falta de gestión del titular para obtener la viabilidad ambiental y por debilidades en el relacionamiento con las comunidades.
La empresa justificó su solicitud de una cuarta prórroga —finalmente denegada— alegando que factores externos impidieron concluir los estudios ambientales y técnicos del subsuelo y el recurso hídrico. Según la firma, pese a su intención de completar el nuevo estudio de impacto ambiental, el orden público y los bloqueos viales en la zona obstaculizaron el avance de las investigaciones de campo.
Hoy, el futuro de Quebradona depende de la presentación de un nuevo estudio de impacto, para el cual continuará realizando análisis. La decisión quedará en manos de la Anla, que enfrenta tres caminos posibles: aprobar la licencia, lo que otorgaría a la compañía tres décadas de operación; archivarla, prolongando la tensión social en la región; o negarla definitivamente.
Porfirio
Porfirio nació en la casa de sus abuelos en Jericó, en 1940, en una familia de dieciséis hermanos; doce sobrevivieron a la infancia. Siendo muy niño abandonó el pueblo y de joven se dedicó a administrar cafeterías y cantinas en Bogotá, Medellín y Envigado; después trajo mercancías de Venezuela. Regresó al pueblo en los años 90 para cuidar a su padre de una enfermedad de la que al final murió; Porfirio entonces permaneció al cuidado de su madre, que falleció a los 97 años.
Tiene el sino de protector, primero de sus padres y ahora de la tierra.
Siembra, limpia, abona y recoge café y otros frutos. Se toma su tiempo para caminar y también para responder cada pregunta, busca la palabra y el recuerdo preciso. Sus manos gruesas hacen ver el pocillo del café que tomamos como loza de una casa de muñecas. Es un martes frío de septiembre, la tarde cae y los sonidos del monte se reavivan antes de que oscurezca. Garcés es una figura de respeto en el pueblo, es parte de su memoria viva. Los demás lo escuchan con atención.
—Don Porfirio, usted tiene voz de locutor. ¿Trabajó alguna vez en radio?
—Hice pinitos en una emisora comunitaria de acá. Lo que sí hice fue recitar poemas de García Lorca, Barba Jacob y José Ángel Buesa. Leí mucha poesía, me gustaba mucho. Teníamos un grupo y ahí recitaba, pero ya no me acuerdo de ninguna completa.
—Además de cuidar a sus padres, ¿a qué volvió?
—Volví a la lucha de sembrar, recolectar, limpiar, abonar el café y los demás frutos que uno siembra en la finca. Ha sido una lucha permanente, no por un capricho, lo que van a dañar es el agua. Son dos fantasmas a la par: quedarnos sin agua y que se afecte el terreno y con ello la vegetación y los cultivos. No es una bronca, no es un deseo de estorbar.
Su poema favorito es “El niño yuntero” del español Miguel Hernández, conocido como el poeta de la tierra por sus orígenes humildes y su conexión con el campo. El poema termina así: “Que salga del corazón / de los hombres jornaleros / que antes de ser hombres son / y han sido niños yunteros”.
Juan Carlos y Rodolfo
Juan Carlos Salinas, otro de los once de Jericó, estudió en la escuela de La Soledad, le compró la herencia a un tío y construyó en esa vereda una casa de paredes coloridas con vista al cañón del Cauca en la que vive con su esposa y sus cinco hijos; cultiva café, plátano y maíz.
—Soy nacido y criado en Jericó, tengo 43 años. Toda la vida he estado en el campo, de acá me sacarán en cuatro tablas —dice.
Compró una Nissan Patrol roja modelo 1979 en la que transporta la gente del pueblo; lo acompañan cinco estampitas de la Virgen y la plegaria del conductor, aquella que dice Que ni de noche ni de día sea instrumento este carro de hondo dolor o muerte.
—Es una elegancia de carrito. Debo todavía una culebrita. Todos los días llevo 12 estudiantes en la mañana y los traigo al mediodía; un día a la semana me toca ruta: salgo a las 7:30 al pueblo, regreso a las 12:30; y vuelvo y salgo a las 4 de la tarde. Y en el tiempo libre me revuelco en el cafetal, deshojo, desyerbo, abono y siembro.
Juan Carlos trabajó cinco años en la minera. Empezó como auxiliar de campo, abría caminos y montaba plataformas y tuberías. Cuenta que una vez lo llevaron a cuidar una máquina que ponía a recircular el agua.
—Eso salía con sedimentos. No era lo mío, con la plata que tenía ahorrada de engordar marranos compré esta tierra y monté la casita.
—¿Cómo le fue cuando lo citaron del juzgado?
—Nunca había ido por allá. Nos explicaron que nos iban a leer unos cargos, le pregunté a la secretaria del juez que nos entregó la cita: ¿cómo que un secuestro? Empecé a decirle que no habíamos secuestrado a nadie y nos respondió que teníamos que hablar directamente con el juez. Después que también por hurto, pero no nos quedamos ni con una tuerca, le entregamos toda la máquina a la policía.
Conversamos un mediodía caluroso bajo el cielo despejado del cañón del Cauca, con las aves suspendidas en su vuelo estacionario como si todo fuera parte de una pintura. Llegan los hijos de Juan Carlos de estudiar y nos saludan.
—Nunca había vivido una cosa de esas, ya un fiscal leyendo cargos, eso como regañado. Yo tengo hijos y uno piensa qué hace si a uno lo guardan sin haber hecho nada, a cuántos inocentes los han guardado. Uno se las tira de guapo, pero la piensa con el carrito también. Dios quiera que no pase nada, uno piensa muchas cosas mientras está callado allá.
El aire caliente del cañón del Cauca se respira en la casa de Rodolfo Tobón, está a unos 10 minutos en carro de la finca de Juan Carlos. Rodolfo —viste camisa de cuadros azules, botas plásticas, bluyín manchado de tierra, machete en la cintura y una gorra de los Yankees de Nueva York— trabajaba del jornal cuando un día una patrona le ofreció un lote a buen precio, lo compró y le sembró 4.700 árboles de café. Mientras que las matas crecían siguió de peón.
La finca tenía muchos nogales, decidió hacer una casa de tabla, de cancel, dice. Sacó 150 largueros y él mismo la levantó. Desde el corredor de Rodolfo el río Cauca se ve insignificante, como una raya en un cuaderno. Su esposa nos ofrece jugo helado para bajar el calor y conversamos con la divisa de fondo.
—También trabajé un tiempo larguito con la minera como ambiental, lo que hacía era tratar las aguas de las perforaciones, a eso le echaban unos productos para lubricar la tubería de perforación. Una noche reventó bastante agua, unas dos pulgadas, subía un metro por la presión. Ahí fue donde entré a hacerle oposición al proyecto. No defiendo solo el agua mía, defiendo el agua de todo el mundo.
—¿Por qué los imputaron a ustedes 11?
—Uno se queda sin palabras y no sabe, en los hechos que nos leyeron estábamos 150, 200 personas. En el hecho que tenía más poquitas personas éramos 50. ¿Secuestro? Pero cómo si ellos llegaban y ahí mismo se iban; estaba el camino para atrás, devuélvase y ya.
—¿Por qué dicen que iban armados?
—Nosotros caminamos con el machete en la cintura, el machete para nosotros es lo mismo que un computador para el que trabaja en una oficina. Si un trabajador me llega sin machete a la finca le digo: “¿a qué vino?”. Y nos dijeron que estábamos armados, eso nos dejó sorprendidos. Nosotros mismos dijimos que si alguno levantaba la mano contra el otro lo llevábamos a la policía, porque estábamos haciendo resistencia pacífica.
—¿Qué pensó cuando llegó la citación del juzgado?
—Siendo de este pueblo yo no sabía dónde quedaba el juzgado. Cuando a uno le dicen que lo pueden privar de la libertad, todo se pone muy complicado, uno no está enseñado. Me sentía tranquilo porque a un delincuente no lo avala el Obispo.
El Obispo
Monseñor Noel Londoño Buitrago es el obispo de la Diócesis de Jericó, que agrupa a 15 municipios del Suroeste. Estudió teología en las universidades de Berkeley y de Washington, en Estados Unidos. Llevaba 12 años trabajando en Roma, era director del Instituto Histórico cuando lo llamaron para ir a Buga como rector de la Basílica Menor del Señor de los Milagros. En junio de 2013 fue nombrado por el Papa Francisco como obispo de Jericó. Ha hecho labores en 50 países y habla portugués, italiano, inglés, francés y tiene algún conocimiento de alemán.
En 2023, la Alcaldía de Jericó y ProJericó —la fundación que financia AngloGold y que cuando nació ante notaría hace siete años prometió inversiones por 55 millones de dólares si recibían la licencia— le escribieron al Nuncio en duros términos para quejarse sobre la posición crítica del Obispo sobre la minería.
Londoño ha dicho que desde un escritorio en Bogotá, de alguien que está sentado cuatro años, no se puede decidir la suerte de los que vivirán eternamente en Jericó.
En 2023, desde la Casa Episcopal de Jericó, una edificación construida entre 1910 y 1920, nos contó:
—La evidencia ha ido acorralando a la minera que ha tenido que ir reconociendo los impactos que ocultaba y negaba. La conclusión de la Anla sobre los devastadores impactos al medio ambiente, el agua, de este proyecto, que la llevó a archivar la solicitud de licencia ambiental en 2021, es contundente.
—Por eso han intentado cambiar la narrativa y lograr ganar con presiones la llamada licencia social. En esa carta (la de 2023) le decían al Nuncio que yo mentía al asegurar que ellos habían recibido plata. Yo le pregunté al alcalde, qué hace una minera que no tiene licencia para explotar, y por lo tanto no genera regalías, financiando programas de la alcaldía, sabiendo los conflictos que hay en torno al proyecto. Que me demuestren que no recibieron plata y demuestren que yo me he negado al diálogo. Existen decenas de actas de reuniones a las que asistí.
—Le voy a contar una anécdota: yo me reuní muchas veces con altos directivos de AngloGold. Pero la última vez que vinieron los recibí y me dicen, monseñor, le tenemos una propuesta excelente. Vamos a construir la catedral de cobre en la mina para que compita con la Catedral de Sal de Zipaquirá y vamos a crear el museo de cobre de Santa Laura Montoya. Yo, iluminado por el Espíritu Santo, inmediatamente les dije, señores, los acompaño a la puerta’. Es así como han actuado, poniendo precios.
La fractura
Los campesinos no pueden andar por los caminos de toda la vida. Los saludos se han vuelto escasos y de aquellas tardes de deporte y convites comunitarios —jornadas donde levantaban cercas y sembraban juntos— solo queda el recuerdo. Hasta sentarse a conversar o compartir una gaseosa con el vecino se volvió difícil. La llegada de la minera partió a la comunidad en dos: los que apoyan el proyecto y los que lo rechazan. La fractura se profundizó cuando la compañía empezó a contratar mano de obra local. Ahora unos acusan a los otros de obstruir el “progreso”; los otros dicen que lo que defienden no tiene precio: el agua y la tierra.
—Por acá todos nos metíamos por cualquier propiedad sin ningún problema, no había restricciones como ahora que compran una propiedad y cierran los caminos antiguos para no dejar pasar a la gente. Todos somos conscientes que uno se mete por donde salga más rápido. Ese cierre de los caminos es extraño para nosotros, se cambian las dinámicas —dice William desde su finca de veraneras florecidas en Vallecitos.
—Por oponernos a la minería hemos sido demandados por los propios vecinos, es muy extraño, no ha sido la cultura de la región. Cuando por aquí no había carreteras, sobraba la gente para sacar los enfermos en camilla caminando hasta el pueblo —dice William.
En algunos casos, la fractura alcanzó niveles de ruptura total en los vínculos más íntimos. Luis Albeiro se alejó hasta de su familia porque se paró firme en su negativa a venderle la finca al proyecto.
—En el momento en que falleció mi mamá yo no me hablaba con ella.
Albeiro
La mamá de Luis Albeiro murió el 25 de marzo de 2025, dejaron de hablarse desde que no se pusieron de acuerdo en la venta de la finca a la minera. Albeiro trabajó en la ciudad más de 25 años: primero en una empresa de papitas fritas en Sabaneta, después en una litografía con cartón corrugado y luego haciendo estanterías y parrillas para estufas.
—Me ha resultado negocio, pero no he querido salir de la tierra porque es una herencia de los abuelos —dice.
Su casa queda en lo alto de la vereda Vallecitos, más arriba de la finca de William; el viento sopla templado y suena música de plancha en un radio mal sintonizado. Albeiro nos trae chirimoyas maduras mientras conversamos, es un miércoles caluroso antes del almuerzo.
—¿Por qué tuvo conflictos con su familia?
—La familia quería vender la finca para la minera y yo no dejé, les dije que no; tuve un pleito, querían que les firmara para ellos vender; era dizque para sembrar pineras. Dije que no necesitaba plata, que quería la tierra para trabajarla. Se fue alargando la cosa, les gané el pleito, les tocó entregarme lo que me pertenecía. Me entregaron la tierra y le hice esta casita —de dos pisos, en ladrillo, con varillas de acero descubiertas, bultos de cemento y plásticos regados—. Lo que produce la finca se lo meto a la casa.
En noviembre de 2022 y en otra ocasión en diciembre de 2023, grupos de campesinos y activistas en defensa del agua, entre los que estarían los once imputados, entraron a terrenos particulares en las veredas Vallecitos y La Soledad y desmontaron a la fuerza dos plataformas que, según ellos, estarían sirviendo para labores exploratorias de la AngloGold. Por este hecho la Fiscalía los señaló de hurto agravado. Los campesinos dicen que no se apropiaron de las plataformas sino que las desarmaron y se las entregaron a la Policía.
—¿Cómo fue el desmonte de esa máquina?
—Me tocó desmontarla, estuve presente, lo hicimos por vías pacíficas. Sinceramente esa gente no atendía las súplicas de nosotros. Yo ayudé a desarmarla. No podía cargar porque tenía una hernia. Esa máquina estaba muy cerca de un humedal.
Albeiro es el único de los 11 que fue imputado por un delito adicional, las lesiones personales. Cuenta que todo sucedió cuando empleados de la empresa entraron a una zona de reserva y los campesinos les salieron al paso a exigirles los permisos. Albeiro iba con su perro y se encontró con un celador de la minera; empezaron a discutir y el guarda grabó el pleito con un celular.
—Le dije: “Vamos para allá hermano que usted tiene que sostener qué están haciendo”. Él intentó echarme mano y el perro lo tiró a cogerlo de un pie, ellos utilizan botas largas de celador. Cuando el perro se le tiró yo lo regañé y en ningún momento me llamó a decirme nada. Eso no pasó a mayores y vea.
—¿Cómo fue cuando supo de la audiencia en el juzgado?
—La sorpresa fue cuando nos llamaron que nos iban a hacer detener. Les dijimos que no hemos hecho nada indebido, solo defendemos el agua. Cuando ellos iban a hacer estudios nos les atravesamos en el camino y no dejábamos pasar las camionetas, ya ellos veían si nos atropellaban. Nunca fuimos violentos, decían que íbamos armados porque el arma de un campesino es un palo o un machete, nosotros en un cafetal que vamos a andar con computadores y teléfonos o aparatos modernos, las herramientas nuestras son un palo y un machete.
El proceso
Mientras voceros del movimiento de resistencia han defendido su carácter pacífico, AngloGold Ashanti ha presentado varias denuncias sobre presuntos daños a su propiedad y bloqueo de sus actividades.
A finales de abril de 2025, cuando en la zona había un plantón que se convirtió en asamblea permanente, la AngloGold hizo la denuncia que dio origen a las imputaciones, aunque aclaró que no eran por estos últimos hechos sino por acciones de varios años atrás. La Fiscalía habla en concreto de nueve eventos entre mayo de 2022 y diciembre de 2023, entre estos las protestas de finales de noviembre de 2023 cuando un grupo nutrido de personas habría irrumpido —de manera violenta, según la empresa— en un predio de la vereda Vallecitos, donde empleados de AngloGold montaban una estructura de plataformas mineras.
La multinacional dijo que aunque respeta el derecho de cualquier ciudadano a oponerse o criticar proyectos mineros, las querellas y denuncias presentadas buscaban la restitución de derechos vulnerados, en particular frente a bloqueos que afectaron sus operaciones, además de la necesidad de proteger los derechos adquiridos por la empresa y sus empleados, especialmente con la continuidad de las actividades otorgadas bajo el título minero. Explicó que en algunos casos hubo violencia contra personas, herramientas de trabajo e incluso vehículos, poniendo en riesgo la integridad de los empleados, que también son habitantes de la zona.
Sentado en el estadero de La Soledad, Gustavo Arboleda recuerda que la primera querella que interpuso la minera fue contra 46 personas en 2022. En 2023, cuenta, desinstalaron la máquina, la mandaron en un camión de una aguacatera, le contaron la historia a la Policía y se la entregaron a los oficiales. De ahí salió una segunda querella contra 61 personas. Esos dos procesos fueron el antecedente de la imputación de mayo de 2025.
—La primera cita estuve muy nervioso, “juepucha, qué va a pasar con los once”, me preguntaba. Cuando hablaba la fiscal, le dije a un compañero al lado: “hasta aquí llegamos todos; es horrible tener a un señor de edad en estas” —dice Rubiel mientras mira a Porfirio.
Ana María Gallego es abogada del Instituto Popular de Capacitación e integra el grupo de defensores de los 11 campesinos. Lo que investiga la Fiscalía, dice, ocurrió en el marco de la resistencia al proyecto Quebradona. Desde 2022 se dieron una serie de hechos que el ente acusador consideró constitutivos de tres delitos.
A los 11 les imputaron secuestro por no permitir el paso de funcionarios por las vías veredales y otros habitantes de la vereda.
—Hay una obstrucción en la vía, pero eso está contemplado dentro de lo permitido en la protesta pacífica. El sistema interamericano de Derechos Humanos ha considerado que en la protesta social sí hay incomodidad, disrupción, limitación momentánea a derechos de terceros, pero es por el carácter que goza la protesta social como uno de los derechos más importantes dentro de un estado democrático. Esa libertad de locomoción mientras se practica una protesta puede verse limitada durante su ejercicio por su carácter relevante. La obstrucción de vías no es un delito si se hace de forma pacífica, ahora para decir que configura secuestro. Sin embargo, la Fiscalía considera que hay una inferencia razonable para imputar cargos —explica Gallego.
A los once también les imputaron hurto por la desinstalación de la máquina. Gallego defiende que para hablar de la comisión de un delito se debe tener presente la voluntad y el deseo que se tiene con la acción.
—Si estoy desinstalando una máquina para devolver los instrumentos al dueño no hay ánimo de apropiarse; es el requisito primordial para hablar del delito de hurto, el hecho de que tenga la intención de que el patrimonio de la víctima pase a mi patrimonio por una apropiación ilegítima. No consideramos que se configure, sin embargo, lo que alega la Fiscalía y las víctimas es que no todos los elementos fueron devueltos, lo que será objeto de un debate probatorio —añade Gallego.
Solo a Albeiro Cardona le imputaron lesiones personales porque su perro mordió a un vigilante.
—Medicina Legal valoró para establecer la incapacidad. Fue una cicatriz pequeña sin afectación funcional. Es bien complejo de sustentar por parte de Fiscalía y víctimas. No había videos de cámaras de seguridad. Resulta difícil sustentar que un perro tenga la conciencia de que alguien está discutiendo con su dueño. Es el delito más complicado de sustentar —dice Gallego.
Sobre la valoración de la Fiscalía de que iban armados porque llevaban machetes y palos, la abogada Gallego dice que fue un argumento para agravar la conducta. Dice que la Fiscalía termina atacando elementos identitarios de los campesinos y su indumentaria de trabajo; y señala que era tal la naturalidad de todo lo que estaba ocurriendo que traían puesta su indumentaria habitual.
—¿Por qué los 11 si protestaban muchos más?
—Creo que sí hay un elemento de identificación de liderazgos. La mayoría de ellos son socios del acueducto comunitario, son líderes de juntas de acción comunal. Creo que sobre todo la pertenencia con el acueducto, por ahí comenzaron los principales conflictos con las servidumbres —responde Gallego.
La imputación
La Fiscalía dijo en las audiencias que pudo establecer una inferencia de autoría y participación de los 11 campesinos en los tres delitos imputados. Dijo tener material suficiente para establecer que ellos participaron de manera activa en las retenciones y en el presunto hurto de elementos el 13 de diciembre del 2023; además de las lesiones que el perro le causó al vigilante.
Estos son apartes de lo que dijo en la imputación:
“La única modalidad que hay para todos los eventos que se imputaron de secuestros, el hurto y las mismas lesiones, es una modalidad dolosa. Es decir, que estos ciudadanos tenían la capacidad de decidir si se anticipaban o no cada uno de estos eventos irregulares, porque se están presentando para clamar una justicia, justicia que ellos mismos están vulnerando con las retenciones ilegales y demás comportamientos arbitrarios de ingreso a propiedades y retención de trabajadores”.
“Cada uno tiene más de tres delitos, tres delitos de naturaleza dolosa y delitos donde se está viendo afectada la libertad de sus vecinos, las personas con que crecieron, se criaron, compartieron y ahora los divide un proyecto minero”.
“Las autoridades le dieron muchas largas a estos ciudadanos y es hora de que quienes administramos justicia pongamos un orden para normalizar la convivencia en estas veredas y que por fin la empresa minera de cobre pueda continuar con esas fases de exploración”.
“La naturaleza de los (machetes) es dolosa, también se cumple con ese numeral quinto. Esto es la utilización de armas blancas. Vemos como a todos los eventos donde han hecho presencia estos 11 ciudadanos lo han hecho aprovisionados de machetes. ¿Y qué nos dicen las víctimas? Que estos machetes han sido utilizados para intimidarlos para que ellos no se vayan del lugar hasta que se los permitan”.
“Todos los propietarios de terrenos que legítimamente celebran contratos de servidumbre con la empresa minera para que ellos hagan estudios de exploración son declarados personas no gratas, que no son bienvenidos en la región, como si ellos no tuvieran los mismos derechos que tienen los opositores”.
“Estaban confabulados, señor juez, los 11 ciudadanos para permanentemente estar atropellando a las víctimas ya conocidas y estar activamente entorpeciendo”.
La libertad
El 16 de junio de 2025 se paralizó Jericó. Ese día el juez respondió la petición de la fiscal para que dictaran medidas de aseguramiento contra los campesinos. El pueblo hizo corrillo a las afueras del juzgado para esperar el veredicto.
Al final, el juez rechazó el pedido de la fiscal, dijo que los campesinos no tenían antecedentes penales ni existía riesgo para la sociedad de su parte; solo les prohibió salir del país y pagar una caución de medio salario mínimo, además de presentarse cuando fueran llamados y mantener buenas relaciones con sus vecinos.
Decenas de personas celebraron a las afueras de los juzgados y en el parque principal. “Se hizo justicia”, gritaron habitantes del Suroeste que se oponían al proceso en el que se vieron involucrados los campesinos.
—Cuando el juez nos dio el veredicto, estuvimos jüetes, gritamos: gracias Señor bendito que nos dieron libertad, todos gritaron libertad, libertad, todos parejo. Seguimos con la frente en alto, seguimos con la lucha —recuerda Rubiel.
—Luis Albeiro, ¿qué va a pasar?
—Ellos nos deben devolver la reputación, no somos secuestradores ni somos ladrones. La empresa siendo legal, reconocida en el mundo, debe devolvernos la reputación, nos atropellaron muy horriblemente. Nos han dicho indios, brutos, que no queríamos desarrollo, que queríamos vivir en la pobreza. No se perdió tanto esfuerzo que hemos hecho, tanto trabajo, nos tocó sufrir.
—¿Qué sigue, Juan Carlos?
—Nos dijeron que no nos podíamos mover del país, yo solo voy a Jericó y regreso a la casa. Estoy firme, pongo el pecho por la tierra, por mis hijos y por el pueblo. Mire como es esto de bonito, pero sin agua qué hace uno, para dónde coge. Lo que hicieron con nosotros les volteó la hoja, más gente está a nuestro favor.
—¿Qué va a pasar ahora, don Porfirio?
—Lo mejor lo expresó alguien cuando salíamos del juzgado. Soy delgado y tenía la camiseta por fuera, alguien dijo: parece una vieja estrella del rock, no sé si me les parecí a Joe Cocker (uno de los artistas más influyentes del rock & roll). Soy el más anciano, llevo más años de vivir y conocer la región, de amarla; uno cuando se cría en estas laderas aprende a querer mucho la tierra, aprende a quererla de la forma más impresionante.