Las camisetas clásicas de fútbol, una mezcla de pasión y nostalgia
Entre el auge del blokecore y la nostalgia del barrio, la Convención de Coleccionistas de Camisetas en Medellín revive historias y códigos de una pasión que oscila entre el diseño, el rito popular y la recuperación de la memoria.
Luego de pasar un rato tomando café en una de las pocas calles silenciosas y sin turistas que quedan en el barrio La Floresta de Medellín debíamos atravesar la ciudad en el Metro hasta el sur. La parada nos dejó en la estación Poblado, cerca de Monterrey, ahí debíamos buscar el octavo piso de una de las torres para encontrar el lugar de la convención internacional de coleccionistas de camisetas de fútbol. Llevaba un tiempo esperando ir a una de estas convenciones y ver lo que traen por dentro, sentir la humedad de los trapos usados y la pirotecnia popular de las prendas.
Hace casi treinta años en un barrio de Calarcá, Quindío, que tenía de vecinos un jardín botánico y una cárcel, viví la adolescencia con una lista larga de amigos y unas camisetas de fútbol que fueron el centro de nuestra amistad. Lo que soñábamos en las esquinas —en las tardes de partidos de Winning Eleven en la Play Station, en el peladero como le llamaban a la cancha de tierra de fútbol con arcos levantados en guadua, o en el polideportivo donde jugamos partidos eternos de micro por una gaseosa— estaba amarrado por las camisetas de fútbol y los países de donde venían esas camisetas. Esto fue antes de que la nostalgia apareciera como nuevo horizonte en el que se explota todo lo que no se pudo comprar.
Con la mirada estrábica por tantos estímulos y sin saber por dónde agarrar traté de orientarme de a poco e ir viendo en cierto orden. La complicidad de mi amiga me dio tiempo y espacio en lo que terminó siendo un día para recuperar y restaurar las emociones fisuradas. En un momento giré, detrás de mí vi a un joven con una camiseta azul rey con cuello inglés blanco trazado por líneas azules y rojas en el borde, no había visto esa prenda hace mucho, el escudo en el centro, los bloques blancos en las mangas, era la camiseta que usó la selección de Escocia entre 1996 a 1998. Me giré hacia otro lado, un recuerdo se cruzó, luego la camiseta y su portador desaparecieron. Esa era una de las tantas camisetas que un buen amigo del barrio tenía, la de Escocia, diseñada con la sobriedad de un club británico, una pieza diferente, distinta a lo que deseábamos nosotros: un grupo de fanáticos juveniles del fútbol italiano.
Mucho antes de que la tendencia Blokecore se instalara como un nuevo concepto que justifica la distinción y validación de una camiseta de fútbol en lo que llevamos puesto, esos trapos eran una prenda habitual para salir un sábado en el barrio y a las esquinas de la rumba en el centro del pueblo. Fue el Blokecore antes de Blokecore en los primeros años del 2000, esa capsula de reciclajes, tendencias, ideas y estilos de donde vienen muchas de esas cosas que parecen nuevas y que tienen la carga estética en un presente que se asocia a lo juvenil. Como lo reseñó Brian Lara en un artículo sobre la moda y el estilo de las camisetas de fútbol como prendas para muchos usos e intenciones: «El espectro de las camisetas de fútbol como moda está acuñado bajo el término blokecore y sus mandatos son claros: camiseta vintage, pantalón ancho y tenis deportivos, normalmente Adidas Samba. Desde el 2021, cuando entró en tendencia el término, las búsquedas relacionadas con el tema han crecido de manera espeluznante; solo en ese primer año el googleo de “camisetas vintage de fútbol”, en español e inglés, se disparó un 5,000%, y en el último año ha crecido otro 3,500%». La tendencia no para y crece para muchos lados, como moda sí, también como parte del folclore de los futboleros que no se preocupan tanto por la pinta, sino por el mensaje y los símbolos, o las fronteras entre un color y otro.
En el barrio no todos teníamos camisetas, porque no todos teníamos a alguien en España, Francia, Inglaterra, Suiza o Japón, los países de donde venían esas prendas únicas y originales. Es por eso que todos queríamos ir a España, Francia, Inglaterra, Suiza o Japón como destino fuera de las calles del barrio, para ir por las camisetas, también para torcer el futuro.
Hay un lenguaje y unos códigos de verificación que se usan para describir los valores de una camiseta: bordados, estampados, sublimados, cortes en las telas y los diseños, etiquetas, parches, telas, sellos, costuras, relieves en la tela, peso, colores; unas marcas en el diseño y la confección de los detalles que se van aprendiendo con la práctica y el peritaje. Resulta extraño, a pesar de que la prenda se pueda valorar por una autenticidad, estas son siempre reproducciones, con diferentes grados de fabricación y detalles, pero copias, copias de una copia. Arte popular como una obra del diseño. Exagero, hay piezas únicas, pero son contadas. Todos esos valores se pueden comprar, restaurar, modificar para crear la ilusión de autenticidad. Ahora, en este paisaje del presente, las camisetas de fútbol son unas de las tantas mercancías que se pueden fabricar imitando lo que ya fue, la información y los insumos están a la mano para crear un banco de detalles y autenticidad gracias a la acumulación, la producción y la reproducción de signos. Los medios y las máquinas lo han hacen posible con todo su capital acumulado.
A los expositores que me encuentro en la convención los he venido siguiendo con alternancia, tal vez como una manera de conjurar ese vínculo perdido con los amigos. Está el especialista en utilería que no revela las rutas por donde llegan sus camisetas cargadas de detalles, o el camisetero clásico que ha visto crecer el negocio entre sus joyas de colección, objetos y memorabilia. Me basta con ver las camisetas de cerca para descubrir lo que de lejos no se ve o lo que una fotografía oculta, me gusta tocarlas y ver sus colores sin filtros, fue lo que hice cuando saludé a Enrique Delgado, uno de los coleccionistas colombianos más reputados. Lo suyo no es la comercialización, es el parche y la generosidad: nos dejó sacar del gancho una camiseta de Deportes Quindío del año 86 y 87, verde, de cuello amarillo, con una banda cruzada en la mitad con la estampa de las gaseosas Castalia. Cuando la cargué en mis manos sentí su peso liviano, la tecnología de esa camiseta anticipó los materiales sintéticos que se usan ahora para aliviar el calor y ganar velocidad. Hablamos de ese detalle y nos reímos con complicidad. También nos dejó interactuar con una de las chaquetas que usaron los jugadores de la selección Colombia en el Mundial de Italia 90. Su peso era otro, aumentó, eso me gusta creer gracias a la carga aurática, si es que el concepto aplica, de la firma de René Higuita al interior.
Justo ayer los sponsors deportivos anunciaron en mensajes que esparcen al ritmo de las noticias falsas nuevas camisetas y colecciones completas para las selecciones que participarán en el Mundial de fútbol de este año. El paisaje de la novedad se me antoja similar, solo unas pocas selecciones tienen sus justas variaciones y diseños especiales. Las de la selección de Japón y de Escocia visitantes en su conjunto son prendas hermosas, la camiseta de la selección de Alemania que marcará la despedida a una relación de más de cuarenta años, la de segunda equitación de Curaçao para su debut en el Mundial es una bomba. En todo caso; el furor se riega y las piezas reproducidas se empiezan a vender: en la versión jugador, en la versión hincha, en la versión China, en la tailandesa, en la réplica de la réplica, la chiviada, en la trucha, en la de treinta mil y la de quinientos mil. Confeccionar camisetas de fútbol nunca fue tan fácil. Lo que en el archivo había quedado con la imagen de un tiempo se ha vuelto el insumo para crear novedades y reediciones que suplen el lugar de las pocas piezas únicas. Reproducción contra unicidad.
En la convención, las prendas de utilería están al lado de piezas triple A, las reproducciones de las retro, las de exhibición y colección, originales, copias de originales, un paisaje de simulaciones y afectos, de aura, un concepto tan usado por futboleros y camiseteros para hablar de un tiempo, un jugador, un equipo y una camiseta. Desde lejos y con la poca luz del lugar parece un mercado homogéneo, pero un ojo entrenado percibe las diferencias. Los precios varían, según el cliente, como en todos los mercados, por eso me gusta aquellas que ya tienen el precio y escapan de la especulación, es lo que pienso mientras veo flotar una camiseta de AC Milan roja y negra de 2002 y 2003 con el 21 de Andrea Pirlo en la espalda recién estampado. Preguntamos su precio: quinientos dice el vendedor, entre serio y contenido. La camiseta es una vieja réplica. Ni pido que la bajen.
Me gusta recordar que en esos años del barrio tuve de cerca grandes camisetas: La camiseta de New Castle de 1995, manga larga, igual a la que usó Faustino Hernán Asprilla en su paso por el fútbol inglés, la de la selección de Italia del 2000 al 2002, Kappa, de Francesco Totti, la camiseta negra diseñada por la empresa Lotto de Edgar Davis que usó la Juventus de Turín de 2001 y 2002, o la camiseta del Ac Milan de andriy Shevchenko de 2003 que trajeron de Shizuoka, Japón. Siempre pensamos que esas camisetas eran originales porque las habían mandado del «otro lado», de eso no hay mucho que discutir. Tal vez aún estén en un cajón o colgadas en un armario.
Articular una pasión por el fútbol y las camisetas puede ser un juego perdido. La producción es tanta que no es fácil estar al día, el coleccionismo y la alta producción son dos vías que no siguen un mismo ritmo. Siempre habrá una pieza nueva, una pieza que falta, por rara, por nueva, porque es una edición limitada o la versión de una marca ajena al fútbol. Demian Urdin, coleccionista argentino que tiene un cerro de camisetas guardadas en un closet y una historia para cada una escribió algo que explica otras ideas sobre la pasión por la cultura camisetera: «El negocio ha llevado a la aparición de un sinfín de “modelos conmemorativos”, “homenajes” y “ediciones limitadas”. En algunos casos, piezas usadas en juego, embarradas y transpiradas, creadas para ser llevadas al campo de juego. En otro, una simple movida de marketing, con remeras que nunca fueron utilizadas de manera oficial, al punto de llegar al sinsentido de lanzar prototipos que, a las pocas semanas, y sin pasar por el césped, son retirados del mercado o puestos en los percheros de outlet. En la mayoría, remeras sin alma, sin conexión, sin mensaje, sin simbología». Como los modelos y prototipos creados por diseñadores y aficionados que inconformes con las versiones oficiales lanzan el suyo, muchos de estos casos se vuelven virales al tal punto que las maquilas chinas las mandan a producir al instante y luego aparecen en una de las tantas páginas de venta.
Mi amiga solo busca camisetas de rayas blancas y rojas, con esa prescripción en diseño puede buscar del Athletic Club de Bilbao, de Estudiantes de la Plata, de las Chivas Rayadas de Guadalajara o del Junior de Barranquilla. Es su secreta pasión, equipos con camisetas similares que hace una comunidad de identidad y color. Le gusta una de Atlético de Madrid con la estampa de Marbella en el pecho y el recuerdo De Jesús Gil y Gil, de cerca, la camiseta es una guayabera, pesada y con microperforados, ella se anima, pero el precio es alto. En otra vuelta, se fija en una del Stoke City de manga larga que cuelga como una piñata en la oscuridad del parqueadero.
Con un poco más de orientación y luego de un par de rondas por los puntos de venta elijo un par que me gustan. Me decido por pocas. Una de ellas es la camiseta de Huracán de 2025, es blanca, con sus habituales detalles en rojo, en el globo y el cuello, es la única que llama mi atención en un punto de expositores argentinos ambientado con cumbias. La tengo en mi lista, el recuerdo por Los ángeles de Cappa como llamaron al Huracán que dirigió Ángel Cappa en 2009 es una razón de peso, damos una vuelta, aguantamos un poco, cuando regresamos la busco desesperado, nadie da razón, hasta que uno de los vendedores confirma que ya se vendió. Era obvio me dice mi amiga, le digo que claro, se me fue como un globo entre las manos, es un chiste malo como todos los míos que solo yo entiendo. Decido entonces volver a un perchero que tiene camisetas de Corinthians, de Cruzeiro, del São Paulo. Ahí reposa una de El Club de Regatas Vasco da Gama, es hermosa, con la cruz roja y la banda blanca cruzada, la bajo, pregunto su precio otra vez para confirmar que no hay especulación. El expositor es un simpático brasilero llamado Henrique, me dice que me la mida, me pierde de vista, se va fresco, no es muy grande pero que me queda, justo para mi colección de camisetas negras.
Terminamos la jornada, no quiero ver más. Antes de salir, regreso, llevo un tiempo queriendo un muñeco de Max Caimán, he visto algunos en los puestos. Pregunto el precio, el vendedor subraya que son copias de la época, no discuto, finjo creerle y le pago.