Generación

Luto en la comuna 13: la caricia más suave, duele

El año cultural de Medellín comenzó con la noticia de la muerte de Juanda, el hijo de Jeihhco. La vida del muchacho estuvo tejida con la de Casa Kolacho, el templo del hip hop comunitario.

Loading...
hace 17 minutos

En memoria, Juan David Castaño Vargas (2005 – 2026).

¿Puede haber para un mortal un dolor mayor que ver a sus hijos muertos? Eurípides

Cuando hablamos de mortalidad, estamos hablando de nuestros hijos. Joan Didion

En los alrededores de la estación San Javier, en la Comuna 13 de Medellín, palpita acongojado el corazón de un barrio que llora la muerte de uno de sus hijos. Allí donde la ciudad aprendió a mirarse sin bajar los ojos —en el lugar más visitado, el que más habla de la historia reciente y de los traumas que no se nombran— un dolor inédito se instaló como una humedad persistente. A una manzana del metro está Casa Kolacho, sede de la corporación cultural que en la última década convirtió el rap y el grafiti en lengua franca contra la estigmatización y la violencia. Ese templo popular, pintado con lengüetazos de fuego naranjas y rojos, arde a media luz la noche de la novena por la muerte de Juan David Castaño Vargas.

Juanda —así lo llamaban todos— murió en un accidente de motocicleta la madrugada del 2 de enero, a pocas cuadras de su casa. Tenía veinte años. La misma edad que tenía Jeison Castaño, Jeihhco, el reconocido líder de Casa Kolacho, cuando lo tuvo. Un palíndromo trágico: enterrar al hijo a la misma edad en que se convirtió en su padre. Quizás por eso lo primero que publicó en sus redes ese día más tarde fue: “Hoy murió mi Juanda, mi Ñaña y con él he muerto yo. Hasta siempre amor de mi vida”. ¿A quién estábamos velando? ¿A Juanda? ¿A Jeihhco? A esa edad, él también pudo haber muerto arrebatado por manos guerreras, como les tocó a tantos raperos de su generación. Héctor Pacheco, Kolacho, asesinado en 2009; Elider Varela, El Duke, asesinado en 2012. Espíritus que iluminaron el trabajo de Jeihhco y la crianza de Juanda.

En el cobertizo negro donde normalmente se dictan talleres y se mantiene viva la memoria de la comuna, unas cien personas escuchan el sermón en silencio. Al fondo, ramos enviados por líderes y organizaciones culturales; y tres fotografías de gran formato: Juanda con gorra negra, Juanda con toga y birrete de grado, Juanda saludando. Un muchacho hermoso. Un hijo.

Jeihhco controla un computador conectado a una pantalla de televisor en el que pone fotografías viejas, recordatorios de Facebook, mensajes de WhatsApp, mientras invita a los presentes a pasar al frente para decir o leer algo. Las imágenes de Juanda se suceden: en una playa en Necoclí, con sus amiguitos en una calle del barrio, pintando las rejas de la primera casa donde se estableció la corporación en honor a Kolacho en 2014, cuando él tenía nueve años.

La voz de Jeihhco es suave, pausada, serena. En el centro del cobertizo parece un monje vestido de rapero —gorra amarilla, camiseta ancha, sudadera y tenis negros—, como un tronco centenario al que todos se arriman para no caerse. Los muertos —¿él está vivo?— siempre han sostenido al barrio.

En los parlantes suena un audio con la voz de Juanda: hablaba de un barro “el hijueputa” que le había salido en la cara y le pedía un microporo a su abuela. Una carcajada contenida desde hacía días se suelta. La risa también es una forma de rezar.

Juanda era hijo de una cultura comunitaria que entendió que pintar muros cubiertos de miedo, girar tornamesas en esquinas que conocieron la sangre y expulsar rimas con rabia y fuerza cotidianas podía parecerse a una vida “normal”, al menos una en que esperar la muerte no fuera costumbre. Era la realización de un proyecto, hijo de una generación que con arte había recuperado la alegría.

*

¿Cómo se despide uno de su único hijo, de uno mismo? Para Jeihhco, la manera es hablar de Juanda. Lo dice sentado en una sala de reuniones de Casa Kolacho, con dos celulares sobre la mesa: el suyo y el de su hijo, un iPhone 17 Pro Max color “naranja cósmico” que le regaló por Navidad. La perrita Laika —bulldog francés— interrumpe, pasa entre las piernas, rastrilla un rincón. “Pude darle el celular mío a él, y dije, no, para mi ñaña, él primero que yo en todo”, dice.

El cosmos digital de Juanda está intacto en ese aparato. En YouTube quedaron los canales de fútbol —Cracks—, los videos de casas lujosas en Medellín, el sueño de viajar a Irlanda cuando terminara la carrera. Los recuerdos se encadenan enrevesados como los grafitis de la cuadra. En 2015, Juanda con aerosoles usados haciendo una barrera para el jardín de la primera casa de la corporación. “Le gustaba mucho el graffiti cuando era cachorro”, dice Jeihhco. Antes, en 2013, conoció el mar. Flaquito, un tatuaje precoz, “la inmensidad del amor”.

Juanda se nutrió de todo lo que la corporación había creado para ofrecerles otro rumbo a los pelados de la comuna. Cuando el Graffitour creció y Jeihhco viajó con Mapa Teatro a Brasil y México, Juanda lo acompañó: Sao Paulo, Ciudad de México, San Luis Potosí. Museo de Pelé, fútbol en la playa, tacos al pastor. Entendió que el mundo era más grande que el barrio, pero que el barrio también podía ser mundo.

Cada momento era un triunfo colectivo. Sus cumpleaños se volvieron eventos culturales. A los seis, Laberinto cantó en un bar de San Javier y Juanda hizo el coro de Bohemio. A los siete, el Circo Medellín. A los trece, Esk-lones. Después pidió celebrar en intimidad. Empezaba a tomar sus decisiones.

También tenía sus propios sueños. Fue futbolista del barrio: jugó en el equipo Semillas de Vida y Paz, Pony Fútbol, torneos de la Liga. Jeihhco no faltó a un solo partido. Guardó medallas. Al final del bachillerato, entre las exigencias de la media técnica en electricidad y un dolor de espalda, dejó el fútbol. Eligió estudiar Negocios Internacionales y entró a la Universidad Católica Luis Amigó. “Trabajá conmigo —le dijo el padre—, esta es tu empresa; pero si eso querés, le hacemos”. Alcanzó a cursar cuatro semestres y aplicaba lo aprendido en Casa Kolacho, apoyando el Graffitour. Con su pago semanal compraba ropa de marca —negra y blanca—, gorras, cadenas. Tenía acceso a lo que Jeihhco no tuvo a su edad. Su vida era otra, aunque los muros no olviden.

*

“Entonces uno hila muy delgadito”, me dice Jeihhco. El 1 de enero fue raro. Por primera vez en trece años no organizó la fiesta usual de Casa Kolacho, con la que recibían el año con papayeras, chirimías, grupos de rap, una tradición en la comuna. Jeihhco estaba “maluco”, no enfermo: bajoneado. Repetía “no quiero nada”. Pensaba en la salud, en dejar el alcohol. Hace tiempo le cuesta dormir: “siento que no voy a despertar”. La muerte ha rondado su vida —tíos asesinados, uno desaparecido sacado de una fosa en Urabá— y ese miedo era su mayor miedo a la vida.

En el celular quedó la última frase que intercambió con su hijo: “Hágale que yo ahora voy”, le dijo un rato después de haber salido de la casa para seguir parchando en la fiesta de la barbería a la vuelta de la esquina. Jeihhco le dijo que se hidratara. Se abrazaron. Tres besos. Durmieron juntos hasta que Juanda estuvo grandecito, ñañas el uno del otro, besos, abrazos, manotazos de parceros. Esperar la muerte era costumbre. No la de Juanda.

A las 3:28 a. m. sonó el teléfono. “Jei, Juanda se accidentó aquí a la vuelta”. Salió en chanclas y pantaloneta, por si había que llevarlo al hospital. Vio la ambulancia, el cerramiento. Supo. Miró a un paramédico y caminó en dirección opuesta, respiró: “Esta es la vida”, pensó. “Esto es lo que yo estaba esperando hoy”.

Sindy Roldán, su esposa, llegó corriendo enloquecida. El padre de su hijo había muerto también en un accidente de moto. Llegaron la mamá de Juanda, la suegra, la madre de Jeihhco. La perrita Laika merodeaba. Jeihhco la cargó y la llevó hasta el cuerpo para que lo oliera. El conductor sobrevivió. El cuerpo de Juanda fue llevado a Medicina Legal.

*

“No era el tiempo ni la forma”, dice Jeihhco. La violencia, en el barrio, se ha vuelto pedagógica: enseña a entender balas, riñas, venganzas. Un accidente de moto deja un ardor distinto. No hay enemigo claro. Hay vacío. Y una sospecha: lo que uno construyó para proteger a un hijo también puede perderse en un segundo.

Le incomodaba que le dijeran que su hijo estará ahora en un lugar mejor. “No hay un lugar mejor que aquí conmigo”, dice. Juanda quería ser cremado, pero no se pudo: el caso se entiende legalmente como homicidio. En el segundo día de la novena, Sindy tenía más de 250 mensajes sin leer y escribió una frase: “La caricia más suave, duele”. Ver a la madre llorar, a Laika temblar, dolía como nunca.

El duelo fue colectivo. La ciudad cultural acompañó: ministerio, secretarías, artistas. Hubo globos, palomas, aerosoles, canciones ofrecidas. Jeihhco dijo que sí a todo. “Soy un tejedor”. Quería ser puente para que el barrio tramitara su dolor. El día del entierro, tomó la pala y echó tierra. “No porque él estuviera ahí, sino por dignidad. Hay familias que no pueden enterrar a los suyos”. Se sintió tranquilo: todo había sido para darle una mejor vida.

¿Qué queda cuando muere un hijo? Queda el cuerpo del padre como puente. Queda el ejemplo. Queda una comunidad que se reconoce. La cultura —esa palabra gastada— se vuelve oficio del duelo. Juanda fue hijo de la cultura de la ciudad: muchos no lo trataron, pero lo vieron crecer. Por eso duele.

Cuando hablamos de mortalidad, hablamos de los hijos. Y cuando mueren, algo se afloja: el miedo. No para arriesgarse, sino para vivir. Seguir mejorando la vida, la salud, el cuidado. Seguir tejiendo. En la Comuna 13, la caricia más suave duele, pero también sostiene.