Medellín

El Palacio de la Cultura y sus más de 100 años de historia y patrimonio en Medellín

La memoria histórica, fotográfica y hasta documental de Antioquia reposa en sus instalaciones. Es la obra que no duerme.

Loading...
hace 17 minutos

Si usted ha montado alguna vez en metro, ha llegado desde el norte o sur a la estación Parque Berrío y, por supuesto, tiene un oído atento, sabrá distinguir esa voz grabada hace años que dice: “Estación cercana al Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe”. Puede que no se le haga importante, ni tampoco levante la mirada para apreciar tal majestuosidad, pero esa edificación tiene más historia y más anécdotas de las que pueda imaginar.

Antes conocido como el Palacio de Calibío (nombre que explicaremos más adelante) y construido hace ya 100 años, este magno imponente en el centro de Medellín ha sido la sede de entidades públicas y culturales.

Muchos dicen que la construcción quedó inconclusa de acuerdo con lo diseñado en un primer momento, otros que sí se completó pero no con la idea original que trajo un distinguido profesional desde Bélgica, y algunos señalan que todo salió según el plan inicial. Y bueno, desde su opinión y formación será respetable cada apreciación, pero lo que no se puede discutir es que el actual Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe es ícono y faro de la patria y de Antioquia por el legado que representa.

De la idea a la ejecución

Desde finales del siglo XIX y según los registros históricos, surgió la idea de una construcción de un palacio en Medellín que pudiera funcionar como sede de la Gobernación de Antioquia y, paralelamente, aportar al crecimiento de una ciudad que estaba en pleno desarrollo.

A pesar de que las intenciones de los dirigentes de la época eran buenas, sus esfuerzos se vieron disminuidos, primero, por la Guerra de los Mil Días que se extendió hasta los primeros años del siglo pasado, y después, por un evento que si bien no tuvo una repercusión tan directa como en los países implicados, sí frenó los intereses y postergó el inicio de la obra: la Primera Guerra Mundial, que finalizó en 1919.

Luego de superar todas esas trabas, en 1920 el entonces gobernador de Antioquia, el general Pedro Nel Ospina, fue quien dio el aval para iniciar con el diseño y la construcción. Que en principio no estuvo a manos de un arquitecto local, sino de un extranjero tan sagaz como cuestionado, del que en breve sabrán.

La decisión de Ospina de nombrar a un profesional foráneo como encargado de una de las obras más importantes y emblemáticas de Antioquia no fue al azar. Resulta que durante el tiempo de su exilio en Europa –debido a la persecución política a su persona por la derrota de las fuerzas liberales en la Guerra de los Mil Días– más o menos entre 1901 y 1908 según data en los registros, se dedicó a estudiar y a ampliar su formación en ingeniería, pues él junto con su hermano, Tulio Ospina, ya se habían graduado como ingenieros de minas a finales del siglo XIX de la Universidad de California, Berkeley, en Estados Unidos.

De acuerdo con el historiador Luis Fernando Molina, quien trabajó en la restauración del hoy Palacio de la Cultura, hubo un momento en que ambos hermanos también estudiaron en Bruselas, capital de Bélgica. Fue ahí cuando Pedro Nel conoció el trabajo de uno de los hombres más distinguidos y recordados en Medellín por sus diseños y obras que marcaron un antes y un después en la infraestructura paisa: el arquitecto Agustín Goovaerts.

El hombre de la polémica

“El Sr. Gobernador comisiona al Dr. Ed Champeau para que contrate, un arquitecto francés. Puede contratarlo para que venga a esta ciudad, haga el estudio del terreno, de los materiales de que se dispone, de la capacidad de los obreros, de las necesidades del Departamento, y con todos estos datos acopiados volverá a Francia a construir los planos y entregarlos con todos los detalles, de manera que uno de los constructores de Medellín pueda ejecutar la obra”.

Entérese: Los artistas del departamento se toman el Palacio de la Cultura con la “Vuelta a Antioquia”

Así, textualmente, quedó consignado en la edición de EL COLOMBIANO del 20 de febrero de 1916, una clara evidencia de que la intención del gobierno departamental en hacer un palacio venía en firme desde mucho antes del inicio de su construcción.

Lo curioso es que el arquitecto que terminó siendo contratado por Pedro Nel Ospina no fue un francés, sino un belga, Goovaerts, quien en 1920 arribó a la capital antioqueña y, sin pensarlo, terminaría dejando su huella en un centenar de elementos arquitectónicos de Antioquia.

Aunque Goovaerts presentó los planos ese mismo año y desde que llegó quiso ponerse manos a la obra, incluso, tasó el valor del Palacio en $611.000 pesos de la época, las trabas continuaban y la excusa era que el presupuesto no estaba listo. Entre retraso y retraso los trabajos empezaron en 1924.

Su estilo neogótico flamenco, desde un principio, fue criticado por figuras políticas que discrepaban de su teoría arquitectónica, y decían que los diseños que él había elaborado para el Palacio de Calibío no eran acordes a la arquitectura pública, y que esas “ideas tan extravagantes” no iban a funcionar.

“Uno de los méritos que tenía el belga es que era un tipo muy diplomático e inteligente. Fue él quien pilló toda esa ‘estupidez montañera’ en una cantidad de gente ignorante opinando de una arquitectura que ni siquiera conocían, por lo que con el apoyo del gobernador Pedro Nel empezó a hacer piecitas y más piecitas”, dijo Molina.

Entre sus intervenciones, Goovaerts demolió una vieja casona ubicada entre la carrera Bolívar y la calle Calibío, que era el corazón de la ciudad en ese entonces y por ese mismo motivo adquiere su nombre el palacio, para construir allí 16 locales y habilitarlos como oficinas departamentales para dependencias del Archivo y la Asamblea.

El belga siguió con sus labores, hasta que llegó un punto álgido del que, incluso en la actualidad, aún se discute. Según varios registros de la época, en 1926 a Goovaerts lo habrían sacado de todas las obras públicas que adelantaba en su momento, precisamente por el debate que su estilo generaba entre los altos mandos políticos, y uno de sus colegas más allegados en ese entonces, Jesús Mejía Montoya, habría continuado con la construcción del palacio.

Otras versiones, como la expuesta por el profesor de arquitectura de la Universidad Nacional, Luis Fernando González, indican que eso no fue cierto, que fue Goovaerts quien cumplió su contrato y decidió partir en 1928 hacia otros proyectos. Además, hace énfasis en que ese mito que se replica una y otra vez alegando que el Palacio de Calibío es una obra inconclusa y solo se hizo un 25%, es falso.

Le puede interesar: Palacio de la Cultura, de puertas abiertas para todos los artistas de Antioquia

“Yo lo escribí en un libro que pronto va a salir, señalando que es la lucha entre el palacio ideal y el palacio real. A Goovaerts le tocó, frente a la idea que él traía en su mente y que plasmó recién llegado, entenderse con la realidad económica que en ese momento atravesaba Antioquia y construir el palacio real, no el que él soñaba”, señaló González.

De las versiones encontradas no se puede confirmar una verdad absoluta ni tampoco determinar quién o quiénes tienen la razón sobre lo que realmente pasó con Goovaerts. Lo que sí es que la obra siguió su curso. Sin embargo, a finales de la década de 1920, el proyecto iba a dar otro frenazo producto de la Gran Depresión que se originó en Estados Unidos en 1929.

A raíz de la crisis, disminuyeron las exportaciones de dos de los productos insignias de la época en Colombia: el oro y el café, por lo que se dejaron de percibir divisas, se empezó a paralizar el transporte y los países que dependían del mercado norteamericano sufrieron un ‘coletazo’ inesperado.

“Colombia es de los países que mejor enfrentó la crisis de los 30’s porque estaba en pleno desarrollo de su mercado interno, pero de todas maneras el sector público dependía de las exportaciones y de los recaudos de impuestos para poder hacer obras”, precisó el historiador Molina.

Pasaron los años, se calmaron las aguas y en 1932 se reanudaron las obras. Para ese momento y producto del trabajo previo de Goovaerts y las intervenciones adicionales de Mejía Montoya, ya el edificio contaba con cielos rasos, escaleras de granito, pisos y zócalos de madera. Luego, durante los siguientes tres años se construyó la unidad octagonal del edificio, el ala oriental, las escaleras y balcones sobre la carrera Bolívar, y adicionalmente se dio inicio al revoque ajedrezado de la fachada.

Tras años de interrupciones, discusiones y debates, el Palacio de Calibío se terminó en 1937. Allí funcionó la Gobernación de Antioquia hasta 1987 aproximadamente, año en el que se trasladó a las nuevas instalaciones del Centro Administrativo La Alpujarra. Ya finalizando el siglo pasado y bajo ordenanza, se declaró al edificio, antes Palacio de Calibío, como el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, por lo que era necesaria una restauración, que por cierto tardó casi 11 años y demandó cerca de $3.000 millones.

El presente del Palacio

Actualmente, funciona como la sede administrativa del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia, que llegó allí tras ser creado en 2011. En sus instalaciones reposa la memoria histórica, fotográfica y documental de Antioquia.

Hay otros patrimonios artísticos y culturales muy valiosos que se pueden encontrar en el Palacio, entre ellos obras de reconocidos artistas colombianos como Francisco Antonio Cano y Bernardo Vieco. También hay espacios culturales como la Fonoteca Departamental Hernán Restrepo Duque y la Biblioteca Departamental Carlos Castro Saavedra.

El Palacio de la Cultura, además de su importancia histórica, se ha convertido en un atractivo turístico a gran escala. Ahora la tarea es captar a las nuevas generaciones y, de paso, mostrarles lo que significa este emblema de ciudad. Para ello, el ICPA lidera la estrategia Agenda Palacio.

“Es una estrategia que acerca a niños, niñas, adolescentes, jóvenes, adultos, instituciones educativas, grupos organizados y comunidades en general a experiencias vivenciales alrededor del arte y el patrimonio. Por medio de talleres, recorridos guiados, actividades interactivas y procesos de mediación cultural”.

El Palacio ha tenido varios nombres, pero la esencia sigue siendo la misma. Si usted pasa por el centro de Medellín, sea en metro, en bus o caminando, regálese un momento para apreciarlo, así se dará cuenta de que las obras, por más antiguas que sean, siguen valiendo su peso en oro.