Medellín

Claustro Comfama tiene el hallazgo arquitectónico más antiguo de Medellín

Comfama entregó la segunda del Centro Cultural, el tesoro arquitectónico que cuenta la historia de los últimos dos siglos de la ciudad. Por allí han pasado desde 2023 más de 2 millones de personas.

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Comunicador social-periodista de la Universidad del Quindío y magíster en Hermenéutica Literaria de la Universidad Eafit. Sus textos han aparecido en revistas como Gatopardo, El Malpensante, Soho, Don Juan y Arcadia. Autor de los libros Volver para qué (Eafit, 2014) y La fuerza de esta voz (Tragaluz, 2022).

hace 1 hora

Doscientos veintidós años después aún está de pie el complejo arquitectónico San Ignacio —el Claustro, el Paraninfo, la Plazuela, las dos ceibas, las dos palmas reales y el piñón de oreja, que fueron sembradas en 1875—, sobrevivió a la demolidera que hace más de cincuenta años se puso de moda en Medellín para construir nuevos edificios que apuntaran con su diseño a una ciudad del futuro. Ahora, en el futuro, miramos al pasado para entender mejor la historia, reconstruirla y echar a caminar sobre ella.

Hace un par de semanas se presentó en el imponente Patio Teatro —con su frontis de ladrillo cosido y el fondo del escenario, simulando un laberinto de arcos que llevan a otros mundos— del claustro la obra “Lobo”, de la compañía bogotana Los Animistas, una pieza maestra donde jugaron grandes actuaciones, los títeres y la música; una obra construida por la voz de un personaje que había sobrevivido de alguna manera a las guerras partidistas del Tolima. Se miraba al pasado, en ese lugar donde hace casi doscientos años se presentó la primera obra de teatro de Medellín, o al menos de la primera que se tiene registro: “Las víctimas del amor”, de Don Gaspar de Zavala y Zamora.

La historia la supe el jueves 27 de noviembre en la mañana, cuando Comfama presentó en ese Patio Teatro los avances de la recuperación del Claustro, que tomará en total diez años y una inversión de unos cien mil millones de pesos. La obra ha sido una cuesta empinada por varias razones: porque el edificio tiene varios materiales de construcción: tapia, ladrillo, concreto; porque algunos de esos espacios no están hechos a escuadra; porque se trata de una Mona Lisa, una obra única que tiene ánima. El director de Comfama, David Escobar, recordó que por esas paredes ha pasado una historia particular, pues allí funcionó un colegio-convento, el primer observatorio, hubo un cuartel, una cárcel y el Colegio de Antioquia.

Tras una breve presentación de Pablo Restrepo, responsable de mediación cultural del Claustro Comfama, pasamos al descubrimiento que fue noticia: en la excavación del patio cercano a la entrada de la calle Pichincha se encontraron los vestigios del primer acueducto que tuvo Medellín, con estructuras originales del antiguo edificio que fueron. Allí están ahora, abiertas al aire de doscientos años después.

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Lo que se encontró es una pequeña parte de lo que era el sistema de drenaje y de provisión de agua que se construyó en la primera década del siglo XIX. Luego del recorrido hablé con Luis Fernando González —profesor titular de la Escuela del Hábitat de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín—, quien dijo: “La gente debe recordar que el agua llega al recinto urbano, lo que hoy es el centro de la ciudad a principios del siglo XIX, porque el primer acueducto que se hizo en Medellín es de la época de 1790. Ese acueducto, que es desde la toma —por eso se llama el barrio La Toma—, conducía agua a la plaza principal, donde se instaló la primera pila. Ese fue el momento en que Medellín introdujo el primer plan de agua a la villa. Antes tenían que ir a las fuentes, en ese momento empezaron a trasladarla hacia el interior de la villa y comenzaron a distribuirla en las principales casas y en los primeros recintos. El Claustro del Convento del Carmen fue uno de los primeros en pedir una derivación hacia allá, que es lo que ahora conocemos como el Claustro Comfama”.

Hay que recordar que los franciscanos desarrollaron tres espacios: uno para la educación (el Paraninfo), otro era la Iglesia franciscana, y el otro es el de enseñanza, que fue secular, el Claustro Comfama de hoy. Además, lo que se conocían como claustros son los patios interiores. El hallazgo se hizo entonces en el segundo patio, donde se derivó parte de ese acueducto que llegó trece años después de que empezara el plan de agua. Por ese tiempo, ya había allí recintos, aulas, y los sacerdotes franciscanos que estaban a cargo del convento vivían ahí.

Luego del recorrido que hicieron el jueves con la prensa, Comfama compartió en un comunicado de prensa: “El hallazgo arqueológico transformó el diseño original del patio central de esta etapa, lo que sería un área verde con zonas de encuentro, se convirtió en una sala expositiva a cielo abierto de 170 m² donde conviven un guayacán preservado con vestigios restaurados del acueducto, piezas en piedra limonita, tabletas de barro, fundaciones y acequias del siglo XIX.

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Un equipo de arqueólogos, arquitectos y equipos técnicos trabajaron desde abril de 2023 hasta septiembre del 2024 en el proceso de excavación, levantamiento, conservación y restauración. Este trabajo riguroso le valió al proyecto un reconocimiento por el manejo responsable de un hallazgo de gran importancia para la historia patrimonial de Medellín otorgado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH)”.

Es este el hallazgo arquitectónico más antiguo que se conserva en Medellín, doscientos años de historia, un encuentro casi fortuito, como de película de Indiana Jones. Ahí se encuentra no solo la conducción de aguas, sino las cimentaciones de lo que era la primera etapa del claustro franciscano; están también las masas de unas columnas aisladas, de unas arcadas, del recinte de lo que fueron los muros de tapia. Para dicha construcción se usó piedra volcánica —como la de la iglesia de la Veracruz— y una piedra verde —como la portada de la iglesia de San Francisco, hoy San Ignacio—. Dijo González: “Estos son los primeros trabajos de canteros que extraían el material: unos de la quebrada La Palencia (cerca de la Santa Elena) y otros traídos de las canteras del Cerro del Volador, e incluso de Hato Viejo. Esto es interesante porque detrás también hay una historia social de cómo llegaron esos materiales para la construcción de los cimientos”.

Después de ver el antiguo acueducto, llegamos al segundo piso, al recinto donde estaba la capilla donde en su época recibían eucaristía los monjes de clausura. Se trata de un espacio de altos muros, con vitrales en la parte más alta, que ahora sirve de pequeño teatro. Detrás del fondo del escenario aún se conservan los nichos donde estuvieron expuestos los santos. En esta segunda etapa también se renovaron las bibliotecas general e infantil (más de 31 mil títulos en su colección; más de 80 mil préstamos al año), la mediateca (más de 7 mil títulos), los talleres de oficios con contenidos en joyería, cerámica, carpintería y artes gráficas y cocinas para prácticas culinarias.

Mientras recorríamos los pasillos del Claustro, decenas de ciudadanos se movían por las bibliotecas como “Pedro por su casa”; en el boletín que compartió Comfama estaba el testimonio de María del Carmen Holguín, licenciada en Educación y Artes Plásticas de 65 años: “Yo paso la mitad de mi tiempo en el Claustro, mi relación con Comfama viene desde 1975, cuando muy cerquita a esta sede jugaba tenis de mesa después de salir del colegio. Luego, desde el 2008, después de un diagnóstico de salud, decidí disfrutar más mi tiempo de ocio y leer más, aquí me inscribo a todos los talleres de lectura y escritura, he leído con intensidad a García Márquez, Sara Carvajal y Albert Camus, por solo nombrar algunos, también voy a teatro, leo tranquila, converso con algunas de las personas que trabajan aquí, es un lugar mágico”.

Más allá de las apreciaciones subjetivas, de las miradas rápidas, hay cifras. Fue en 2023 cuando se entregó la primera etapa de recuperación del claustro —de ella hicieron parte el Patio Teatro, salas para edición de audio y video, espacios museográficos, cafés, terraza y nuevas aulas—, según datos de Comfama, desde ese momento se han beneficiado de cursos y servicios más de dos millones de personas, mientras que 86 mil se han matriculado en “cursos de educación para la vida”. Por ahora se han invertido 45.000 millones de pesos, una cifra que se queda pequeña para el impacto que tiene en la vida cotidiana de la ciudad.

No es poco esto para un edificio que cuenta la historia política, social, económica, técnica y material de la ciudad en más de 200 años, que comenzó como un recinto franciscano y, producto de las guerras civiles del siglo XIX y la expulsión de los jesuitas, por ser bien “de manos muertas”, pasó a ser parte del Estado, que lo destinó para diferentes actividades, entre ellas, la de cuartel. Luego se les entregó a las comunidades religiosas, pero ya no a los jesuitas, por lo que pasó a ser el Claustro de San Ignacio en las últimas décadas del siglo XIX.

Dijo González de esa época: “Ahí hay una cosa bien interesante, porque los sacerdotes que tomaron el mando introdujeron las primeras prácticas higienistas para los estudiantes. Introdujeron el agua a través de un ariete, lo cual permitió tener las primeras duchas y así se enseñaba la higiene del cuerpo, a bañarse en una ducha y no ir al río”.

Le pregunté al profesor por el trabajo de restauración de Comfama y dijo: “Ha sido fabuloso, porque ante la desmemoria generalizada, es muy significativo que un edificio conserve huellas, rasgos y elementos técnicos de todo su proceso. Yo sé que esto les ha causado dolores de cabeza a la junta directiva que querían terminar, pero ellos se ganaron un premio en la Bienal de Quito a raíz de esa incorporación histórica en la arquitectura. Eso es un logro fundamental para una ciudad de Medellín donde el principio fundamental es el de demoler. Aquí se transformó sin dejar las huellas, y hay una memoria fundamental para la ciudad”.

Volvamos a la historia: durante casi cien años el Claustro fue un edificio de tapia, sencillo, pero con elementos de cantería: las puertas y portadas de la iglesia, del convento y del claustro eran en piedra, lo que les daba categoría y valor. Con las reformas que comenzaron en 1910, muchos de los elementos originales desaparecieron. Horacio Marino Rodríguez estuvo encargado de la modernización arquitectónica de Medellín; él diseñó toda la composición para los dos recintos de ambos extremos de la iglesia (el Paraninfo y el Claustro). “Rodríguez hace gran parte del Paraninfo y la primera parte del Claustro, hasta que llegó Agustín Goovaerts en 1920, quien hizo la segunda parte y la tercera, y por eso se ven cambios estéticos. Goovaerts construyó el segundo patio, el tercer patio y el tercer piso (pues inicialmente era de dos pisos), incluyendo la torre del observatorio, que terminó en 1925”.

Con el trabajo en el Claustro —donde Medellín ya tiene bibliotecas, talleres, espacios para el teatro y el cine—, Comfama también escribe una nueva historia de la ciudad, una donde no se demuele, donde la modernidad no se lleva el pasado por delante; podemos decir que en cien años una generación de la que no podemos imaginar nada podrá ver los vestigios de su historia y no solo tantearla, como nos tocó a nosotros.