Medellín

La historia de Dilia Sabugara: la traductora indígena de 111 madres en Buen Comienzo

Acompaña a familias emberas katío, chamí, dobidá y eyábida matriculadas en el programa de Medellín.

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hace 2 horas

Con solo escuchar el acento de Dilia se puede deducir de dónde viene. El español lo habla claro, bien pronunciado, quizá le queda faltando una que otra palabra para conectar alguna oración, pero lo hace con una naturalidad que asombra, incluso, ya acude a términos paisas tan comunes como “juepúchica” y “mejor dicho”.

Con esa misma naturalidad les traduce a las más de 100 madres indígenas que hacen parte de la modalidad familiar del programa Buen Comienzo en Medellín, uno que le abrió las puertas y en el que actualmente resalta por su sencillez y entrega.

Dilia Sabugara —o Sabúgara, porque así es como lo pronuncia— tiene 43 años. Proviene de una de las comunidades indígenas embera dobidá del Medio Baudó, Chocó; siendo apenas una niña recaló en Istmina, municipio de ese mismo departamento, donde empezó a trabajar en una casa de familia, pero solo con un propósito: poder costear su propio estudio.

Y es que, a diferencia de otras mujeres de su comunidad, Dilia siempre quiso estudiar y no se iba a rendir hasta lograr su cometido por más difícil que fuera su infancia.

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Según cuenta, el trato que recibía en la casa donde se hospedó por varios años no fue el mejor, razón que casi la obliga a devolverse a su tierra natal, sin embargo, su padre, quien conocía mejor que nadie las intenciones de su hija, le sugirió no hacerlo, pues lo único que iba a conseguir al volver era un marido, y los objetivos que se había trazado quedarían truncados.

Así las cosas, Dilia siguió adelante y en Istmina conoció a una mujer que trabajaba como secretaria y le abrió una esperanza laboral en la ciudad.

Su llegada a Medellín

La hoy traductora indígena de Buen Comienzo ya podía tachar uno de sus objetivos a corto plazo: viajar a la capital de Antioquia. Lo logró con ayuda de la secretaria, paisa por cierto, que tuvo el privilegio de conocer en Chocó. Ella le dio posada en su casa, lo que le permitió terminar su bachillerato y graduarse.

Poco después conoció a Jhonier Franklin Puchicama, su esposo. Ahí hubiera terminado su sueño de estudiar, pero sucedió lo contrario: fue él quien la aconsejó para continuar sus estudios e incluso, le presentó a varias personas que la guiaron.

Una de ellas era profesora en la Universidad de Antioquia y le comentó que necesitaban con urgencia un traductor para un programa de inclusión a poblaciones indígenas, dado que estaban recién llegadas a la ciudad y no entendían ni una palabra. Esa fue la primera experiencia laboral de Dilia y duró seis meses.

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Lo hizo siendo apenas una bachiller, sin aún tener pleno conocimiento del español, pero con las ganas intactas del que quiere enseñar y aprender. Eso la hizo darse cuenta de lo buena que era para la traducción y para trabajar ayudando a los demás, así que decidió empezar una técnica en educación para la primera infancia con el fin de mejorar lo aprendido, adquirir habilidades y, además, perfeccionar su español y expresión oral.

A la par, como caída del cielo, le llegó una nueva oportunidad laboral, esta vez por medio de la Fundación FAN, con quien hizo el enlace final con Buen Comienzo.

El programa requería de los servicios de una traductora debido a la cantidad de indígenas que estaban llegando a Medellín, más que todo al barrio Niquitao en el centro de la ciudad. Dilia aceptó con gusto.

“Mientras trabajaba, estudiaba mi técnica, y así me fui yendo hasta que me gradué. Ahí estuve 5 años como auxiliar pedagógica y traductora, aprendí mucho y las personas, maravillosas, me enseñaron bastante”, dijo Sabugara.

Una vez terminó ese contrato, apoyaba proyectos cada seis meses con las comunidades indígenas que de a poco iban llegando a la capital antioqueña: los acompañaba en recorridos guiados y les traducía, algo que, según ella, la hace feliz, pues tiene la posibilidad de transmitir lo que ella, en su momento, tampoco entendía.

La valentía para quedarse

Llegó 2025 y Dilia se quedó sin empleo. Ya viviendo en el barrio la Libertad con su esposo y tres hijos —un adolescente de 14 años y dos niñas de 6 y 3 años— la necesidad empezaba a crecer, y la paciencia a agotarse. Jhonier es artesano y con lo que hacía y vendía sostenía el hogar. Ella también le ayudaba y a la par seguía aplicando a vacantes relacionadas con lo que estudió, hasta que a finales del año pasado algo repuntó a su favor.

Si bien necesitaban a una docente y traductora profesional, una profesora de Buen Comienzo que ya había tenido la oportunidad de trabajar con Dilia la recomendó, dando fe de su labor y su amor por lo que hace. Tras analizar su hoja de vida, además de su experiencia con comunidades indígenas, no dudaron en contratarla.

La esperanza que Dilia ya había perdido retornó a ella en forma de oportunidad, una que hasta ahora aprovecha a diario con las madres indígenas que hacen parte de la modalidad familiar de Buen Comienzo. No solo les traduce, también las apoya y aconseja, y se ha convertido en un enlace casi que obligatorio durante el proceso.

Un programa multienfoque

Diana María Carmona Henao es la directora de Buen Comienzo. Destaca que el papel que cumple Dilia con las comunidades indígenas va más allá de lenguas y conceptos.

“Esa traducción de lenguas evita las barreras y permite que podamos atender a niños, niñas y a mujeres indígenas gestantes y lactantes. Nosotros somos muy respetuosos por su cultura, creencias y tradición, y bajo ese mismo respeto los incluimos y asesoramos”, dijo Carmona Henao.

Dilia continuará abriendo caminos y cerrando brechas a través de su labor. “Soy auxiliar docente y traductora para la población indígena, sin distingo de su comunidad”, afirma. En su día a día, acompaña a familias emberas katío, chamí, dobidá y eyábida; aunque sus lenguas difieren, la similitud en sus estructuras y sonidos permite que, con una escucha atenta y ajustes mínimos, la comunicación fluya sin barreras.