Medellín

Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) cumple 90 años: de una Facultad de Derecho a forjar el barrio Laureles

Hoy, 15 de septiembre de 2026, la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) cumple 90 años. Nueve décadas después de aquel decreto de 1936, la institución no solo ha formado a más de cien mil profesionales: también le dio forma, casi literalmente, a uno de los barrios más queridos de Medellín.

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hace 11 minutos

En 1936, las reformas educativas del gobierno liberal de Alfonso López Pumarejo y el eco de la Guerra Civil española encendieron los ánimos en la Universidad de Antioquia, que entonces tenía la única Facultad de Derecho de la ciudad. Un grupo de profesores y estudiantes conservadores y católicos, que se sentían perseguidos por sus ideas, decidió no volver a las aulas. Encabezados por el profesor Alfredo Cock Arango —a quien un ministro llegó a señalar en el Senado de liderar una «conspiración» contra el Gobierno—, acudieron al arzobispo de Medellín, monseñor Tiberio de Jesús Salazar y Herrera, con una idea: fundar su propia universidad católica.

Salazar y Herrera acogió la propuesta y, el 15 de septiembre de 1936, firmó el decreto que dio vida a la Universidad Católica Bolivariana, la primera universidad privada de Antioquia y la primera «bolivariana» de América Latina. Arrancó con 78 estudiantes y 25 profesores, y una sola carrera —Derecho—, en tres locales del Pasaje Bolívar, en el sector de Guayaquil, que el industrial Alejandro Ángel Escobar cedió gratis mientras la naciente institución encontraba su lugar. Su primer rector fue monseñor Manuel José Sierra. Al día siguiente, los estudiantes fundadores decidieron dedicarla al Libertador: de ahí el «espíritu bolivariano» que la universidad reivindica hasta hoy.

De un pasaje del centro a una universidad nacional

El proyecto creció rápido. En 1938 abrió la primera Facultad de Química Industrial del país; en 1943, la de Arquitectura, segunda en Colombia y primera privada. En 1945, la Santa Sede le concedió el Sello Pontificio —el decreto del papa Pío XII se leyó en la Catedral Metropolitana— y la universidad tomó su nombre actual: Universidad Pontificia Bolivariana. Con los años llegaron la emisora Radio Bolivariana, la sede de Robledo y la Clínica Universitaria Bolivariana, y las seccionales de Bucaramanga, Montería, Palmira y Bogotá.

Hoy la UPB reúne decenas de pregrados y posgrados, acumula más de cien mil egresados y fue la primera universidad de Latinoamérica en certificarse como Carbono Neutro. Bajo el lema «Sin límites», su rector general, el padre Diego Marulanda, ha resumido estos 90 años en tres palabras: una universidad «humanista, científica y transformadora».

La universidad que dibujó un barrio

Pero quizá el legado más visible de la UPB no está en sus aulas, sino en las calles que la rodean. Cuando la universidad compró, en 1937, los 460.000 metros cuadrados de la finca La Palestina para levantar allí su campus, ese terreno era casi un descampado en la zona centro-occidental de la ciudad, una antigua pradera de fincas conocida como Otrabanda. La construcción de la ciudadela universitaria se convirtió en uno de los motores de un ambicioso proyecto urbano.

El encargado de trazarlo fue el maestro Pedro Nel Gómez —el mismo de los murales—, que había ganado el concurso para el prediseño del campus. Inspirándose en París, Gómez dibujó un barrio distinto a todos los de Medellín: en lugar de la cuadrícula tradicional, delineó avenidas, glorietas y calles circulares que giran en torno a la universidad y sus parques, en una retícula radial que todavía desconcierta y encanta a quien la recorre. La UPB quedó, así, en el centro geométrico y simbólico del sector.

El proyecto había nacido con otro nombre y otro sueño: La Ciudadela del Empleado, una ciudad obrera concebida bajo ideas cooperativistas. Ese plan no prosperó como estaba pensado —Gómez abandonó el encargo en 1940—, pero de él quedaron el trazado y los árboles de laurel que terminaron dándole el nombre definitivo al barrio: Laureles. La universidad, que durante décadas siguió funcionando en el centro y solo completó su traslado al campus en 1988, fue el eje alrededor del cual Laureles creció, se llenó de casas, teatros y cafés, y acabó convertido en uno de los sectores más apetecidos de la ciudad.

Noventa años después, la relación sigue intacta. Los estudiantes que entran cada mañana por la Circular 1.ª caminan sobre una idea que nació de un desacuerdo, se refugió en un pasaje del centro y terminó dibujando un barrio entero. La UPB no solo enseñó en Medellín: ayudó a construir la ciudad que la rodea.