Medio Ambiente

El fotógrafo amazónico que documenta la muerte de la selva

Andrés Cardona, fotógrafo nacido en San Vicente del Caguán y explorador de National Geographic, presenta su trabajo sobre deforestación en la exposición Voces de la Amazonía, en la Biblioteca Virgilio Barco de Bogotá, en el marco de la FILBo 2026.

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Cubro historias de Tecnología, Arte y Cultura en la sección Tendencias. Fui editor en Semana, El País de Cali y Blu Radio. Me apasiona explorar cómo el mundo digital moldea nuestra sociedad.

hace 1 hora

En medio de la selva se levanta una humareda. Lo que arde, tardó cientos de años en crecer. La Amazonía tiene una cantidad casi incalculable de especies de animales, vegetación y tonos de verde, pero en medio del fuego la madera calcinada se vuelve uniforme, negro carbón.

Sin embargo, hay un árbol que sigue en pie. Desnudo, con las ramas sin hojas, parece extender los brazos hacia el cielo. Detrás, una densa y redonda columna de humo, por un instante, parece el follaje del que fue despojado por las llamas. Es una imagen que resume la deforestación del bosque tropical más grande del mundo, una fotografía de Andrés Cardona.

La tomó en Las Damas, San Vicente del Caguán, en 2022, en el punto exacto donde la cordillera cede ante la jungla. Es una de las imágenes que expone en Voces de la Amazonía, una muestra inaugurada en la Biblioteca Virgilio Barco de Bogotá, en el marco de la FILBo 2026, que reúne el trabajo de ocho fotógrafos amazónicos de Colombia, Brasil, Ecuador y Perú.

Cardona es explorador de National Geographic, ganador del Premio Gabo en 2024 y del POY Latam en 2023, y su trabajo ha aparecido, entre otros, en medios como Time, Vogue, The Washington Post, The New York Times y Al Jazeera. Ha navegado el río Amazonas desde Colombia hasta su desembocadura en el Atlántico. Pero nada de eso explica por qué sus imágenes se sienten distintas a las de otros fotógrafos que han documentado lo mismo.

Lo que distingue su trabajo es que ese es su hogar. Conoce a la gente que prende el fuego y entiende por qué lo hace. Antes de la inauguración de la exposición, conversó con EL COLOMBIANO sobre su trabajo en la cuenca Amazónica.

¿De dónde viene su conexión con la Amazonía?

“Soy del Caquetá, uno de los lugares donde el Estado colombiano promovió históricamente la colonización dirigida: en los años 50, en los 70, en los 90. Vengo de un territorio que es el foco de la deforestación amazónica colombiana. Allá le decimos la puerta de la Amazonía, pero es también la puerta de la deforestación. El Caquetá es un cúmulo de muchas cosas: el conflicto armado, porque en su época albergó a casi la mitad de las Farc, pero también la entrada de la deforestación, la ganadería extensiva, y una sucesión de booms: el caucho, la madera, la pasta base de coca, las pieles. Es una región que ha sido históricamente saqueada.

Entro a esta exposición porque estaban buscando fotógrafos de la Amazonía, de puntos específicos, y uno de esos puntos era el Caquetá. La idea era reunir fotógrafos indígenas y mestizos que narremos la Amazonía desde diferentes focos”.

Su proyecto en la muestra es sobre deforestación. ¿Cómo empezó a buscar estas imágenes?

“Todo empezó cuando estaba en Florencia, la capital del Caquetá, y empiezo a ver que en las mañanas, en época de verano, el amanecer se tornaba naranja y los atardeceres estaban muy opacos. El aire era difícil de respirar. Dije: algo está pasando.

Empiezo a mirar los mapas de focos de calor y la selva estaba prendida. Hago los primeros viajes a documentar lo que pasaba y me encuentro con varias cosas: la selva deforestada, la gente prendiendo fuego, la ganadería, personas habitando dentro de parques naturales como el Tinigua, Picachos y Chiribiquete. Pero con una doble mirada, porque uno se pregunta: ¿quiénes están deforestando? En su gran mayoría, por un lado, gente con grandes intereses económicos en la ganadería extensiva. Pero por otro lado, miles de campesinos que huyeron de la guerra, que no tienen tierra, que la mala distribución agraria de este país empujó a la selva en busca de dónde hacer su casa, criar a sus hijos, tener una vida que en la ciudad no les es posible. La selva es esa posibilidad: abrir trochas, tumbar selva para tener unas hectáreas de pasto o sembrar coca para literalmente mandar a sus hijos al colegio.

Llegué y me encontré gente con malas intenciones, sí, pero también gente que no tiene otra posibilidad. El proyecto habla de eso, de la deforestación amazónica sin generar un juicio moral sobre quién protege y quién no protege la selva”.

¿Qué tiene de particular esta exposición frente a otras muestras de la Amazonía?

“La Amazonía no solo ha sido un lugar de extracción de plantas, maderas y recursos naturales: también ha sido un lugar de extracción visual, antropológica, científica, literaria.

Lo que esta exposición plantea es una cuestión democrática: ¿quiénes pueden contar un lugar? ¿Quiénes pueden contarlo mejor si no las personas que lo habitan? Hay una mirada moral que se ve históricamente en muchos cubrimientos retratados por ojos externos, ciertos prejuicios del ojo extranjero. Esta iniciativa llama fotógrafos que son de la cuenca amazónica, que logran capturar desde su propia identidad y desde el conocimiento del territorio cosas que un lente extranjero suele pasar por alto”.

¿Existe una identidad amazónica común entre Colombia, Brasil, Ecuador y Perú?

“Hay puntos que nos conectan y hay algo que nos desconectó: las fronteras políticas. La gente de Colombia solo se preocupa por la Amazonía colombiana, los ecuatorianos por la suya, y en Brasil mucho más todavía porque hablan portugués, lo que nos distancia enormemente. Pero hay muchos puntos en común: la dependencia de los ríos es uno. La minería ilegal también, está en el río Caquetá, en el Napo en Ecuador, en toda la cuenca. Y hay comunidades protegiendo, hay iniciativas conservando selva en todos esos países.

Cuando navegué todo el río Amazonas dije: necesitamos conversar más entre nosotros, las personas que documentamos esto. El imaginario de afuera es que la Amazonía solo es Brasil, y no es así. La Amazonía no es nada sin los Andes. Toda la conexión desde la cordillera hasta Belém do Pará, hasta el delta donde desemboca en el Atlántico, está totalmente conectada.

Los ríos sedimentados que vienen de Colombia, Ecuador y Perú, los bosques de arena blanca de Perú, las tierras prietas de Brasil: todo conectado. Y lo que llega hasta el Atlántico alimenta el Caribe. Hay una conexión que toca el planeta entero”.

¿Qué mitos sobre la Amazonía hay que derribar?

“Uno es pensar que la selva es tierra de nadie, un lugar inexplorado del que cualquiera puede sacar lo que quiera. Esa tierra tiene dueño. Y hay teorías científicas actuales que comprueban que la selva amazónica no nació porque sí, ni nació por sí sola: fue plantada por los pueblos indígenas. Hay conocimiento de cómo se crea un ecosistema completo a partir del ser humano.

El otro mito es creer que la selva y el ser humano son cosas separadas. Nosotros somos parte del ecosistema. Mucha gente piensa que la solución es sacar a todo el mundo de ahí: a los deforestadores, a los extractivistas. Hay cosas que hay que sacar, el mercurio, el petróleo... sí, pero la gente tiene que habitar ahí. ¿Cómo hacer un plan de protección del bioma amazónico con la gente? Porque es la gente la que tiene la solución de la conservación del planeta.

Y algo que hay que entender también es que cuando llegaron los europeos a la selva, en ella ya habitaban diez millones de personas. ¿Por qué en ese tiempo no estaba deforestada? Porque era otra civilización, otra forma de relacionarse con el bosque. Los mitos amazónicos de creación son tan importantes como los mitos griegos. La forma de vivir en la Amazonía es tan importante como vivir en una ciudad. Hay que aprender de eso”.