50 años de Singapur. ¿Milagro trasplantable?
En 1.947, cuando Singapur era todavía una colonia inglesa, Winston Churchill dijo en la Cámara de los Comunes: “Muchas formas de gobierno han sido juzgadas y serán juzgadas en este mundo de pecado e infortunio. Nadie pretende que la democracia sea perfecta u omnisciente. De hecho, se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás formas que han sido probadas de vez en cuando”. Churchill murió meses antes de la independencia definitiva de Singapur, el 9 de agosto de 1.965, y sería interesante saber que diría 50 años después si viera que el PIB per cápita de su excolonia, con un territorio menor al 0,3% de su isla, es 30 % mayor, e igualó su esperanza de vida al nacer hace 25 años, y hoy incluso es superior.
Singapur es de esos fenómenos que provocan en occidente, admiración y tormento simultáneamente. Admiración porque es un ejemplo de que sí se puede salir de la pobreza y por maneras distintas al camino fácil pero insuficiente de explotar recursos naturales, como seguimos insistiendo en América Latina. También es una muestra de cómo conseguir que el sector público sea honesto, dedicado, eficiente y tan o más competitivo que el sector privado, así como sus salarios puedan ser equivalentes sin tener que robar. Un país al que no le da miedo repensarse periódicamente y que aprendió a abandonar el pasado inútil y lanzarse sin miedo a lo nuevo que garantice el bienestar futuro.
A Singapur se le critica desde occidente y sus democracias liberales, que a pesar de su vertiginoso crecimiento económico y de muchas otras variables, tiene un pecado mortal: sus restricciones a ciertos derechos políticos de los ciudadanos y su libertad de expresión. Que son dictaduras meritocráticas que maquillan su falta de libertad diciendo que son “democracias dirigidas”.
Pero por esto mismo para nosotros en “occidente”, Singapur se vuelve un martirio porque nos hace dudar de cosas que supuestamente teníamos claras, como Churchill, y provoca una cascada de preguntas sin respuesta: ¿Será que la democracia no es la vía menos mala de todas? ¿Será que Singapur es una aproximación a la tan cacareada “Tercera Vía?¿Será que tantos derechos a la libertad del individuo son como esas prendas a la moda que son bonitas para tomarse fotos pero no se puede trabajar con ellas?¿Será que la explicación a este milagro del sudeste asiático es tener confucianismo en el ADN, o como sugieren Berggruen y Gardels, es que “las Ciudades-Estados son unidades políticas más eficientes y ágiles que las naciones, que son más pesadas, torpes y de reacciones lentas a la hora de ajustarse a la movilidad eternamente cambiante del capital, la tecnología y las tareas productivas”?
La duda de si hay que privilegiar la libertad al crecimiento resurge cuando se mira a Singapur. Nadie sabe cuál es la proporción correcta y tal vez nunca lo sabremos, porque la diferencia entre remedio y veneno es la dosis, pero los que creemos en la democracia aceptamos que aunque en ella todo es más difícil, vale la pena, así haya que levantarse más temprano y acostarse más tarde.