Columnistas

A CAMILA CÁRDENAS, QUE ESTA VEZ VOLÓ MUY LEJOS

10 de enero de 2016

Camila Cárdenas Vélez (1997 – 2015).

A ella me unía una gota de sangre heredada de parientes lejanos, pero nos acercamos hace unos meses, cuando me honró con una solicitud en mi buzón de correo: “Soy estudiante de comunicación social en la Universidad de Antioquia, seccional Turbo, necesito hacer una investigación sobre un columnista y quisiera hacerle algunas preguntas sobre su trabajo, el medio donde publica, su experiencia profesional, su familia, su vida, entre otras”.

Accedí gustosa a esta tarea, como cuando otros estudiantes me lo han solicitado. Y más aún por ser Camila cercana a mi familia. Empezamos así un cruce de correos en los que se preciaba de ser una seguidora fiel de mis artículos, “aunque solo tengo 17 añitos”, recalcaba siempre. “Ya casi 18”, agregaba.

Un día de diciembre pasado se sintió mal. “Tengo mucha fiebre”, le dijo a su novio en una nota de voz. “Tanta, que en mi piel podría hacerse una papita frita”. El diagnóstico inicial fue el socorrido virus de los médicos cuando están de afán (o sea casi siempre) y el medicamento indicado no pudo ser más inocuo: acetaminofén y vitamina C. Sentía que las venas de sus piernas se reventaban por dentro, mientras algunas partes de su cuerpo se pusieron moradas. Así, entre desmayos, incapacidad para mantenerse en pie (aunque la autoritaria médica insistía), vómitos y fiebres, pasaron cinco días de la casa al hospital, donde murió tres horas después de que por fin, pero demasiado tarde, ordenaran el examen que daría el diagnóstico de su deceso: Leptospiroris, una enfermedad causada por la bacteria Leptospira interrogans, que es recurrente en zonas endémicas como Urabá, donde vivía Camila, y cuyo antibiótico cuesta la mísera suma de dos mil pesos colombianos.

No quiero señalar culpables ni lanzar juicios de incompetencia, negligencia y falta de humanidad de algunos médicos que no ven más allá de la pantalla del computador, pero es inevitable pensar que Camila, a sus 18 añitos recién cumplidos, murió en manos de este sistema de salud, tan indolente y paquidérmico, donde las enfermedades van a mil pero los diagnósticos se buscan en reversa.

Copio estas palabras de Sergio Alejandro Ruíz, su compañero de clases, para despedirla de este mundo:

“Tímida mariposa, dulce y vital ¿a dónde vas y por qué? Tu ausencia pesa sobre nosotros, y mucho. Ayer sonreías y hoy, mariposa, resulta que no estás. Salen preguntas sueltas hacia ti, mariposa. Preguntas que, quizás, estés respondiendo. Pero nosotros ya no podemos escucharte. Quiero creer que vos a nosotros sí. Por eso te mandamos un abrazo y un te queremos. De todas formas —y es mi autoconsuelo— allá en el cielo serás lo que fuiste acá, un ángel. Tímida mariposa, hoy sí que volaste lejos”.

Camila cumplió su misión. Ya no será más el lazarillo de su padre casi ciego y en el corazón de su madre será solo un sollozo de hija única, víctima de otra forma de injusticia social menos ruidosa que los ataques con cilindros en los pueblos pequeños y alejados, pero tan destructiva como ellos: Una atención médica mediocre que a veces no funciona como debería y que clama celeridad y oportunidad para que la vida no se apague entre las horas lentas y pesadas de una sala de espera, donde hasta la esperanza, a veces, muere antes de tiempo.

¿Cuánto más puede doler?.