A DIOS ROGANDO...
Jesús, en su camino hacia Jerusalén, se detiene a visitar dos bellas mujeres, Marta y María. En esta visita amable y familiar de Jesús, se oponen dos actitudes de esas “matronas” del Evangelio: Marta, modelo de anfitriona y María, modelo de discípula. Una sigue con diligencia las normas de la hospitalidad, está atareada por atender a Jesús. La otra está sentada a los pies de Jesús. ¿En qué consiste acoger a Jesús? Simplemente en escuchar su Palabra.
La suave represión (la repetición del nombre así lo indica) de Jesús a Marta no es una descalificación del servicio, más bien indica que el servicio, si no es fruto de haber escuchado con atención la palabra del maestro, puede acabar con precauciones desmesuradas y fuera de lugar.
A lo largo del camino, el auténtico servidor no es el que vive agasajando al Señor, sino saber escuchar su Palabra. Marta anda preocupada e inquieta con tantas cosas para que Jesús esté bien servido, pero Jesús se identifica con el que sirve y sirve a los que se han preparado en la escucha de la Palabra. El que escucha de verdad la Palabra de Jesús es aquel que se la toma en serio y por lo tanto, actúa de acuerdo con su Palabra. Si nos ponemos a servir, pero no escuchamos la Palabra de Jesús, perderemos lo esencial. El discípulo manifestará su hospitalidad (su buena acogida) a Jesús si ofrece todo su tiempo para escucharlo.
No se trata de oponer una y otra actitud. Son dos acciones necesarias. Nuestro peligro es crear disyuntiva a eso o a aquello. El verdadero mal es la ansiedad. Y puede haber tanta ansiedad en escuchar como en atender. En el fondo de cualquier realidad humana siempre debe existir la actitud de la acogida gratuita y generosa del otro, del visitante, es decir el amor. María simboliza un escuchar la palabra que se tiene que traducir necesariamente en amor, es decir, en servicio hacia el otro. Solo porque Dios me ha revelado toda la fuerza de su amor, me puedo convertir en fuente de amor para los otros.
La escucha de Jesús puede determinar un tipo de existencia cristiana que profundiza especialmente el don de la fe. Tal sería el fundamento de la contemplación, que no está basada en un proceso ascensional de la mente que tiende hacia Dios, sino en la auténtica obediencia del que escucha la Palabra y vive inmerso en el gozo y exigencia que ella nos produce.