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A la hora señalada

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23 de octubre de 2016

A la hora señalada es una película de Frank Zimmerman que cuenta la historia de un sheriff que el día de su retiro, cuando ya se dispone a irse a disfrutar del trabajo de una vida, se encuentra con que un criminal al que condenó está libre y a punto de regresar a cobrar venganza. El nuevo sheriff aún no llega a la ciudad, de modo que si él se va deja al pueblo desamparado, a merced de un criminal sin escrúpulos y vengativo. La película dura una hora y media, el tiempo real que tiene el sheriff para acumular fuerzas y diseñar una estrategia junto a los habitantes del pueblo para repeler el ataque del agresor que llegará sin duda en el tren del mediodía.

Poco a poco al sheriff le van cerrando las puertas. Uno a uno los habitantes del pueblo encuentran razones para encerrarse en sus casas o en sus bares o en sus iglesias y no defender al pueblo. Principalmente por miedo, pero también por una sensación de indolencia con el personaje del sheriff o de resentimiento frente a quien durante años puso orden, haciendo un trabajo que no le hizo popular.

El sheriff pasa partes de la película paseando de casa en casa. Discutiendo. Escuchando evasivas. Excusas. Se escucha a la misma gente tratando de convencerse a sí mismos de que lo que sucede es algo personal y que no les incumbe como ciudadanos. Incluso reconocen que la muerte del sheriff es inminente, que no hay forma que pueda hacerle frente al criminal y que lo más probable es que luego de su muerte el pueblo caiga en desgracia y se vaya a pique. Queda uno a la expectativa de si la certeza de una destrucción inminente logrará moverlos o si el sheriff cederá ante las constantes tentaciones de quienes le empujan a irse y pregunta de por qué dar la cara sin un motivo concreto. ¿De dónde parte ese impulso?

La película de 1952 se siente vigente porque la sociedad actual está marcada por una inmensa apatía. Es como si después de las grandes guerras del siglo XX nos hubiesen convencido de que ya éramos un mundo feliz, justo, perfecto, igualitario. Políticos graduando niños, cumbres de Naciones Unidas, mujeres liberadas, democracias estables porque el voto era universal y en algunos casos hasta obligatorio. Conflictos pequeños en algunos países, pero nunca a gran escala. Al menos eso nos hacen creer hasta que nos toca vivir de frente la violencia, como en Colombia. Como en Venezuela.

Desde occidente estábamos convencidos de que se dominaba a un mundo que quien no lo entendía o cuestionaba era ignorante o simplemente inferior. Generaciones enteras crecieron desdeñando a sus antepasados, negando sus orígenes sin siquiera hacer el menor esfuerzo por conocerlos o comprenderlos.

El ser humano aún sigue ignorando cosas básicas sobre la vida. Nuestro pensamiento sigue siendo corto. El mundo va gobernado por bárbaros, carentes de ideas, de verdaderos planteamientos de evolución. Pero no vale solo echarles la culpa porque son también el reflejo de una sociedad idiotizada.

Las cosas son mucho más complejas y si queremos ser humanos tan educados como creemos serlo hay que pensar en ello. En el mundo sigue habiendo dictadura, muerte, chivos expiatorios, hipocresía e injusticia y no es cierto que es culpa solo de los poderosos, es responsabilidad también de los ciudadanos que a la hora señalada, hemos inventado una excusa, dado evasivas a la hora de dar una opinión o nos la hemos formado sin reflexionar realmente en lo que estamos decidiendo, pensando con las emociones sin razonar, luego hemos alegado un detalle y hemos dejado al sheriff solo. El que realmente quiere paz, un buen presidente, sencillamente un mundo mejor, tiene que empezar por reconocer que llegado el momento también le toca dar la cara.